El peligro bolsonarista y las tareas de la izquierda en la actual coyuntura

La actual campaña electoral es la más importante desde la “redemocratización” de mediados de los años ochenta.

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Traducción del portugués por Luz Licht

La actual campaña electoral es la más importante desde la “redemocratización” de mediados de los años ochenta. La polarización crece día a día, principalmente porque la extrema derecha bolsonarista siembra un clima y actitudes de desestabilización en las instituciones y en las calles. Pese a que el imperialismo y los sectores hegemónicos de la burguesía brasileña no apoyan una salida golpista, eso no descarta que Bolsonaro y sus hordas neofascistas intensifiquen las provocaciones y ataques físicos directos antes, durante o después de las elecciones. O sea, no se puede descartar que intenten una aventura golpista (escenario difícil pero no imposible). Por eso, es fundamental construir un frente de la izquierda radical y anticapitalista en las calles para afrontar las provocaciones de la ultraderecha y realizar una campaña de exigencia a la burocracia desde la base – lugares de trabajo, los barrios y lugares de estudio – para impulsar las luchas de la clase trabajadora y de los sectores explotados y oprimidos.

Una campaña de provocaciones golpistas en curso

Hace ya varios meses que Jair Bolsonaro comenzó una campaña de cuestionamiento de las próximas elecciones de octubre. Primero, denunció la posibilidad de fraude en las urnas electrónicas y, por eso, exigió una auditoria sobre los resultados electorales. Además de eso, en agosto declaró que él tenía tres opciones a futuro: ser enviado preso, morir o ganar. Por último – y para no dejar dudas -, el lunes anterior (18 de julio) reunió a un grupo de embajadores en Brasilia para reiterar sus denuncias de fraude electoral, atacar a Lula y las autoridades del Supremo Tribunal Federal (todo eso utilizando las instalaciones y recursos estatales).

Nadie cree en la veracidad de las calumnias de Bolsonaro, sin embargo, tiene importancia porque estimulan a las bases de la ultraderecha e intimida a sus adversarios. La retórica golpista de Bolsonaro es una táctica para mantener la ofensiva, agitar a su base golpista y ensayar escenarios golpistas en medio de la campaña electoral, aunque esté abajo en la intención de votos ante Lula. Así, pone a las instituciones electorales a la defensiva, alimenta a sectores de las fuerzas armadas más reaccionarios e instala la idea en las masas de que sólo perdería las elecciones con un fraude del PT avalado por el STF. [1]

De paso, recientemente sectores del bolsonarismo pasaron de las palabras a los hechos, impulsando ataques con bombas caseras contra los actos de campaña del PT y, aún más grave, asesinando a Marcelo Arruda, dirigente local de ese partido en Foz de Iguazú. También hubo un ataque contra un comité de campaña de Freixo en Río de Janeiro encabezado por el diputado bolsonarista Rodrigo Amorim, que después declaro cínicamente que fue blanco de “agresiones” por parte de los seguidores de Freixo. Aunque estos ataques se den a escala local, no se puede descartar que, en breve, sean la punta de lanza para otros a nivel nacional.

Este es un recurso clásico de la ultraderecha, el cual se asemeja – con las distancias históricas debidas – a las “expediciones punitivas” del fascismo italiano en los años veinte del siglo pasado: agresiones físicas o armadas a pequeña escala contra las organizaciones obreras, partidos y figuras de la oposición, consideradas el “enemigo interno”, con el objetivo de crear miedo entre los adversarios y esconder los problemas sociales y económicos de fondo. [2]

Pero, también, Bolsonaro impulso la aprobación de la PEC 15 o “PEC de la Urgencia”, con la cual contará con recursos para elevar por unos meses el auxilio de emergencia de 600 reales, una medida claramente electoralista que busca reducir la diferencia de votos con Lula y favorecer su relato de fraude electoral en caso de una derrota en octubre (tal como indican las encuestas hasta ahora).

Todo eso configura un escenario muy peligroso, pues Bolsonaro lleva meses procurando normalizar su retórica golpista, a la cual ahora suma los ataques físicos contra actos y figuras de la oposición. Queda claro que no va a aceptar una derrota electoral en octubre ni va a asumir el papel de oposición “responsable”, típico de los partidos de derecha tradicional. Al contrario, va a cuestionar los resultados; la única duda es hasta dónde pretende llegar y, para eso, está “tanteando el terreno” con su campaña de provocaciones y “expediciones punitivas” a pequeña escala.

La izquierda debe estar a la altura de la situación

La ofensiva bolsonarista abrió un debate entre las corrientes trotskistas sobre el carácter de los ataques y cómo enfrentarlos. Las posiciones de las organizaciones son diferentes, pero tienen un elemento en común: nadie –  excepción de la corriente Socialismo o Barbarie – llama a conformar un frente de izquierda con todas las candidaturas (sin renunciar a ninguna de ellas) para ser un polo de referencia de la lucha independiente ante los patrones y la burocracia para derrotar al bolsonarismo en las calles.

Comencemos con la Resistencia, corriente que es parte de la derecha del PSOL y capituló ante la presión del frente amplio con Lula-Alckmin, justificándose en el peligro neofascista de Bolsonaro (un hecho cierto, que no justifica ser parte orgánica de un frente burgués, al contrario perjudica directamente la táctica de salir a las calles). Eso explica su política ante la coyuntura, pues ellos llaman a “multiplicar en las calles la campaña por Lula”, una propuesta limitada al plano de las elecciones (ver No aceptar la intimidación: multiplicar en las calles la campaña por Lula).  Es una táctica en la cual no existe ninguna propuesta de lucha para después de octubre, un error peligroso dado que la ultraderecha no va a desaparecer aunque pierdan las elecciones y, además, porque el próximo gobierno – aun si Lula gana – va a favorecer a los grandes empresarios y atacar las condiciones de vida de la clase trabajadora. Además de eso, es muy sectaria porque no dialoga con el amplio espectro de las organizaciones de la izquierda que no forman parte de la campaña de Lula. Resistencia propone una “campaña movimiento” para dar un barniz “rojo” a la candidatura de Lula-Alckmin, a pesar de que el programa que defienden es burgués (como va a ser un eventual gobierno de Lula) y requiere de la pasividad de la clase obrera y de los sectores explotados para aplicarlo.

En el caso del MES, también se queda en el PSOL y, por eso mismo, su política comparte los mismos límites de la Resistencia. Por ejemplo, el MES llama a la movilización porque sin “una acción histórica consciente, que coloque a millones en las calles, no se podrá detener el plan golpista de Bolsonaro” (ver ¿Como responder à política golpista de Bolsonaro?). Sin embargo, no levanta ninguna propuesta concreta para organizar la lucha con un frente de izquierda socialista para superar el bloqueo que impone la burocracia lulista a la lucha concreta y en las calles contra el golpismo.[3] Así, su convocatoria a las calles es una apelación abstracta a la unidad de acción, lo que no es muy diferente a cuando llama a cerrar filas por Lula en octubre y votar a sus figuras que, de acuerdo con ellos, van a agitar  el programa de la izquierda del PSOL (en realidad reformista y con muchas limitaciones).

El MES y la Resistencia llaman a una campaña en las calles por Lula, pero es una exigencia sin sentido. Existe una relación entre forma y contenido y, por eso, la campaña de conciliación de clases de Lula no impulsa la lucha contra el fascismo en las calles; por el contrario, su énfasis está en ampliar aún más – ahora están aproximándose a Michel Temer – la conciliación con los sectores de la burguesía a partir de una oferta muy agradable para ellos: Lula y el PT – con el apoyo del PSOL, todo indica – a través del control de los aparatos sindicales, van a controlar el descontento del movimiento de masas para que este no interfiera con la gobernabilidad burguesa.

Otro caso son las posiciones de Lucha Socialista y de Alternativa Socialista, que también se quedaron en el PSOL, aunque no apoyen la candidatura Lula-Alckmin. Eso ya denota el carácter confuso de esas corrientes. Dicen que son “independientes” del lulismo, sin embargo, son parte de un partido que capituló ante la presión frenteamplista y que, ahora, es un socio menor del PT (en realidad carece de una identidad política propia). De acuerdo con ellos, Bolsonaro y sus seguidores no tienen condiciones para protagonizar una aventura golpista, pues no cuentan con el apoyo del imperialismo y de amplios sectores de la burguesía; por eso, sólo alertan sobre los ataques del gobierno contra las libertades democráticas.

Esa postura se expresó en las plenarias de “Povo na rua” («Pueblo en las calles») y en sus textos conjuntos (vea El gobierno de Bolsonaro aumenta la pobreza, el hambre, el odio y la violencia…). Se trata de un análisis característico de corrientes sindicalistas o economicistas, donde los peligros de la ofensiva de Bolsonaro se diluyen en las adversidades de la situación objetiva. Así, estas corrientes pierden de vista que la ultraderecha bolsonarista tiene iniciativa propia y, mientras no cuente con las mejores condiciones para un golpe, es un error desastroso cerrar la posibilidad de una aventura golpista de Bolsonaro en medio de la actual situación del país, donde la clase trabajadora y los oprimidos no están a la ofensiva. Aún cuando llamen a las calles para defender las libertades democráticas, su política no es del ajustada porque no parte de apuntar con claridad a la envergadura del peligro que representa la ultraderecha bolsonarista.

Por último, tenemos al Polo Socialista Revolucionario. Este es un espacio de confluencia de diferentes corrientes de izquierda independientes del lulismo (del cual nosotros desde Socialismo o Barbarie somos parte). Sin duda, es un acierto nuclear a los sectores de la izquierda que no capitularon a la presión frenteamplista de la alianza Lula-Alckmin y presentar candidaturas con las consignas democráticas en torno a la legalidad del PSTU. Pero eso no basta en la actual coyuntura, porque es preciso avanzar en la unidad de la izquierda en las calles para derrotar al bolsonarismo, tarea sobre la cual, hasta ahora, el Polo se muestra sin una propuesta concreta para la articulación de los sectores independientes.[4] Nuestro llamado fraterno a las corrientes que conformamos el Polo es para revertir eso, es para impulsar la constitución de un frente de izquierda para la unidad con independencia de clase, llamando a todas las candidaturas de la izquierda para sentarse a la mesa y trazar conjuntamente un plan de lucha para enfrentar al golpismo. De lo contrario, la experiencia del Polo Socialista Revolucionario será de un frente electoral con independencia de clase, el cual es valioso, aunque totalmente insuficiente en la actual coyuntura.

Nosotros desde SoB, por medio de nuestra campaña de la Bancada Anticapitalista (Tribuna Anticapitalista), aprovecharemos las elecciones para hacer ese llamado en las facultades, en los lugares de trabajo y en las comunidades para alertar sobre el peligro de las provocaciones golpistas de Bolsonaro y ante la necesidad de impulsar la lucha unificada en las calles, retomando, así, la experiencia histórica de la lucha antifascista del siglo XX (en la cual Brasil cuenta con un importante capítulo como fue La experiencia del Frente Único Antifascista en Brasil (1933-34)).


[1] En una nota reciente de The Economist, explican que el grupo de cyber-defensa del ejército envió ochenta y ocho consultas al STF sobre las fallas de las urnas electrónicas, basadas en las calumnias de Bolsonaro (Might Bolsonaro try to steal the vote?, TE 16 de julio 2022).

[2] El historiador Pierre Broué, en su libro «História da Internacional Comunista», relata la indiferencia de la mayoría de los partidos y dirigentes socialistas ante el comienzo de la violencia fascista, pues no fueron capaces de comprender el nuevo fenómeno que representaba (con excepción de Gramsci). Algo similar pasa con varias corrientes de la izquierda en Brasil.

[3] El oportunismo del MES no tiene límites, pues en los campamentos de la juventud mandelista en Europa, dicen que están contra la candidatura de Lula.

[4] Ninguna corriente de Polo – a excepción de SoB – participó en la protesta del 16 de agosto de «Povo na rua», un error porque dejaron toda la iniciativa a las organizaciones estalinistas (UP, PCB…).

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