• La actual crisis mundial que estamos viviendo ha puesto sobre la mesa el debate sobre su significado y consecuencias.

Por Roberto Saenz

“(…) Naomi Klein señala que cualquier respuesta seria a la crisis climática debería ‘recuperar el dominio de un arte denostado durante los decenios de férreo liberalismo: el arte de la planificación”.

Michael Löwy, “Planificación y transición ecológica y social”, Viento Sur

La actual crisis mundial que estamos viviendo ha puesto sobre la mesa el debate sobre su significado y consecuencias. Toda una serie de “filósofos” vienen dando opiniones muchas veces sin bases reales en hechos comprobables. Sin embargo, al ser un acontecimiento de semejante magnitud “histórico-universal”, es lógico que se haya desatado una reflexión de amplios alcances, reflexión que versa, en definitiva, sobre el estado del mundo actual1.

Esta circunstancia también ha vivificado el debate en el seno del marxismo expresado en los más diversos portales, blogs, notas y ensayos de diverso tenor, etcétera, que expresan el análisis y la búsqueda de respuestas al acontecimiento histórico que estamos viviendo, búsqueda de la cual hace parte también nuestra corriente y portal.

En realidad, es muy difícil anticipar el mundo que viene. Sobre todo cuando estamos tratando de entender, en primer lugar, el mundo en el que nos encontramos en este mismo instante. Es difícil aventurar las perspectivas en medio de un evento extraordinario que tiene varias caras y cuya dinámica depende de todo un conjunto de factores.

Y aun así intentaremos analizar en las siguientes líneas las perspectivas abiertas.

Pandemia y crisis económica

Lo primero es el evento sanitario en el que estamos inmersos. El coronavirus está dando la vuelta al mundo con cerca de un tercio de la humanidad en cuarentena: 2.500 millones de habitantes; un hecho inédito en la historia al cual hay que sumarle el cómputo de 1.200.000 infectados y 75.000 fallecidos hasta el momento.

Si bien la “gripe española” es el antecedente inmediato de la actual pandemia, cien años atrás la población mundial era menos de un tercio de la actual y, además, no se puso en cuarentena a la población de la manera que se está haciendo hoy; es como que el mundo, que venía girando a enorme velocidad, haya sufrido un “frenazo” en simultáneo con todas las consecuencias implicadas en el asunto.

En la medida que no hay vacuna y que la misma tardará en aparecer al menos un año o año y medio, como mínimo, todas las medidas que se pueden tomar actualmente son de contención y mitigación, pero no de cura de la epidemia2.

Se conoce todavía poco del virus más allá de su impacto sobre las personas mayores. Pero también se está cobrando vidas jóvenes y nadie puede denegar que impacte diferente en ambientes diversos (se dice que las cepas son distintas según las regiones).

En ausencia de cura se especula que el virus podría impactar como lo hizo la gripe española: hasta dos y tres veces, teniendo al mundo en este “baile”, en esta situación absolutamente extraordinaria por largo tiempo.

Combinado a lo anterior están las consecuencias económicas de la pandemia. La crisis económica venía procesándose ya como consecuencia de la mala recuperación económica del 2008. La no resolución de los problemas de arrastre –entre ellos, la insuficiente destrucción de los capitales sobrantes- venía lastrando la economía en partes enteras del globo.

Con la perspectiva de que China no crezca este año más allá de un escaso 2% (una caída histórica que se verá qué consecuencias sociales tiene en el gigante oriental), y los Estados Unidos cayendo a cero o yendo directamente a una recesión (subrayemos los 10 millones de trabajadores que se anotaron las últimas dos semanas para recibir el seguro de desempleo), no existe locomotora sustituta en la economía mundial (el crecimiento de la Unión Europea y Japón viene siendo escaso); se ha dado comienzo así a una recesión que podría ser histórica: “La novedad de la situación actual reside en la mecánica infernal que se ha desencadenado. En 2008 fue la esfera financiera la que encendió la mecha, que después se trasmitió a la esfera productiva. Hoy es todo lo contrario: la actividad económica está en parte estancada y este brutal frenazo vuelve, como un bumerán, a golpear las finanzas. Y esta implosión de las finanzas profundizará la recesión”. (Michel Husson, “Neoliberalismo contaminado”, izquierdaweb)

Muchos economistas hablan que la recuperación luego de las cuarentenas sería “rápida; en forma de V”. Sin embargo, marxistas como Michael Robert alertan, más bien, una L potencial. Es decir, una gran caída y luego un largo período “ahí abajo”, transformando la recesión en depresión…

En realidad, no nos interesa hacer aquí de “gurús económicos” pero sí señalar que las perspectivas de la crisis que estamos viviendo dependerá, en definitiva, del mix de estas dos variables que, en el fondo y primeramente, será consecuencia de la velocidad que se tenga para erradicar la enfermedad, la cantidad de contagiados y muertes que genere y cuántas veces golpee hasta desaparecer del mapa.

El ritmo vertiginoso de los acontecimientos a pesar de los encierros con marchas, contramarchas y zig zags, con su lógica extraordinaria, seguirá presente dificultando previsiones que se separen demasiado del terreno real de los desarrollos: “Será difícil para el sistema económico volver a su funcionamiento anterior a la crisis. Las cadenas mundiales de valor están desorganizadas, las empresas habrán hecho quiebra, está cuestionada la forma de gestión de los gastos públicos, especialmente en materia de salud. Se puede ver en ello la posibilidad de una reorientación fundamental del sistema. Pero no tendrá nada de espontánea: con la suspensión de capítulos enteros del Código de Trabajo, se aprecia claramente que algunos preparan ya el golpe para después.

Luego vendrán los discursos sobre el necesario saneamiento financiero, cuya puesta en práctica tendrá el riesgo de engendrar una réplica recesiva, como en 2010. Y sobre todo la vuelta a la ortodoxia tendrá por efecto atrasar todo proyecto de Green New Deal: ¿cómo en efecto imaginar que después de haber derramado millones de euros, las instituciones financieras querrán dedicar las considerables sumas necesarias para la lucha contra el cambio climático?”. (Husson, ídem)

¿Estado policial?

En el marco anterior, nos dedicaremos a adelantar algunas de las tendencias políticas posibles. Se aprecian pronósticos apocalípticos así como livianamente optimistas. Por nuestra parte, preferimos movernos entre esos dos límites en la medida que ambos tienen sustento en tendencias contrapuestas de la realidad.

Un matiz agudo aunque escéptico lo introduce Enzo Traverso cuando señala que “no existe nada nuevo en el mundo actual distinto a lo que se venía”. Es consciente que la pandemia es algo nuevo. Sin embargo, es verdad que opera sobre las tendencias preexistentes; no inventa un mundo a imagen y semejanza salido de ninguna parte.

Estas tendencias preexistentes reenvían al giro a la derecha pero también a la “bipolaridad” que venía expresándose en materia de los desarrollos políticos con gobiernos reaccionarios y rebeliones populares en obra.

Las tendencias derechistas se amparan en los Estados de excepción en los cuales se traviste la cuarentena en muchos lados, en la vigilancia cibernética de los ciudadanos acrecentada con la excusa de la epidemia, en los decretazos autoritarios de Estados de sitio incluso desvergonzadamente, rechazando dejar a las personas en cuarentena “para que no se caiga la economía” y desarrollos por el estilo: “(…) si nos distanciamos un poco de la contingencia actual para pensar la crisis desde una perspectiva más amplia, tratando de detectar las tendencias históricas, esta pandemia corre el riesgo de llegar a los límites extremos del liberalismo: la sociedad modelada y transformada por la pandemia hace de nosotros mónadas [seres individuales] aisladas.

El modelo de sociedad que emerge de la misma no se basa en una vida en común, sino en la interacción entre individuos aislados con la idea de que el bien común no será sino el resultado final de estas interacciones; es decir, la culminación final de los egoísmos individuales. Es la idea de libertad que defiende alguien como Hayek. En la post-crisis, se puede anticipar que se desarrollará la enseñanza a distancia lo mismo que el trabajo a distancia y esto tendrá considerables implicancias tanto sobre nuestra sociabilidad como sobre nuestra percepción del tiempo. La articulación del biopoder [el poder estatal sobre los cuerpos y la salud] y el liberalismo autoritario abre un escenario aterrador”. (Enzo Traverso, “El estado de emergencia sanitario corre el riesgo de ejercer un control total sobre nuestras vidas”, Viento Sur)

Lo más grave aquí, aunque este elemento también tenga su contrapartida, ya lo veremos, es como se atrofia -por las medidas de “distanciamiento social”- la acción colectiva de las sociedades. Este desarrollo es particularmente reaccionario porque la coyuntura mundial inmediatamente anterior al coronavirus estaba marcada por una nueva ola de rebeliones populares.

Sin embargo, tampoco es real que esto vaya a desaparecer como por arte de magia del escenario, más allá que de momento sea una tendencia mediatizada. Es importante subrayar esto porque, en general, la intelectualidad incluso de “izquierda” es ciega ante los desarrollos desde abajo.

Con la apreciación de que las tendencias en obra no han desaparecido mágicamente por la pandemia, se puede esperar que las tendencias a la irrupción desde abajo reaparezcan.

Sin embargo, de momento las cuarentenas sirven ideológicamente a inocular masivamente reflejos como el miedo, el rechazo al otro, el mirar con mala cara al vecino y cuestiones así, que se multiplican con la legitimación en muchas sociedades del control electrónico de las personas: “(…) los logros de la Revolución Informática se colocan al servicio de la opresión de clase y la súper explotación del trabajo. Reconocimiento facial (…) observación de las personas en las escuelas, en el trabajo, en las calles dan lugar a un control totalitario (…) sistemas impersonales de disciplina y control producen cierto conocimiento del comportamiento humano independientes de cualquier consentimiento”. (Kees van der Pijl, “Democracy, ecology and Big Data. ¿Can they be combined into a 21 st-century socialism?”, Monthly Review)

Hacer de este dato un absoluto sería un fetiche. Pero es verdad que muchas de las imágenes más “distópicas” repiquetean en las cabezas de las personas sobre todo, quizás, en aquellos países donde la pandemia avanza de manera más descontrolada.

Esto tiene, incluso, una cara psicológica de lo mal que hace el encierro. Los seres humanos somos seres sociales en el sentido que la sociabilidad es connatural a nuestra existencia. La propia psicología no es un evento de tipo solamente individual sino un mix exquisito de lo individual y lo social. Y es harto evidente que los traumas psicológicos se incrementan en condiciones de aislamiento.

El atrofiarse de la acción colectiva, el control policial y electrónico y los coletazos psicológicos (¡atención que la acción colectiva tiene propiedades curativas!), son elementos que van para el lado reaccionario.

También la tendencia de los gobiernos y los Estados a hacerse cargo en exclusiva desde arriba de los asuntos, de manera de anular a la sociedad civil. En casos como China la sociedad civil, como tal, se pretende que directamente no exista: se está en presencia de un Estado autoritario “que lo es todo y la sociedad nada”…

Pero más allá de China, la lógica de “hacerlo todo desde arriba” recorre el mundo. Los gobiernos instrumentalizan la epidemia para atrofiar la acción desde abajo.

Y sin embargo, más allá del impresionismo de muchos “filósofos”, la acción colectiva tiene resortes materiales que no se pueden eliminar y que de alguna u otra manera volverán.

Ayuda mutua

Junto a las tendencias anteriores están las que van en sentido contrario. En editoriales de varios medios imperialistas se ha señalado que “el capitalismo no podrá seguir como está”… No deja de ser significativo que esta sea la conclusión, por ejemplo, de un editorial del Washington Post, por ejemplo, más allá que cualquier tendencia que se consolide hacia la izquierda dependerá no sólo de la duración e intensidad de la actual crisis sino, sobre todo, y como siempre, de la lucha de clases.

A priori, la mayor parte de las personas piensan que la crisis actual es un evento puramente “natural”: “¿qué tendría que ver un virus con el capitalismo?”.

Lógicamente, el sentido común pesa y mucho. Si el capitalismo es visto como algo social, que lo es, el virus, la enfermedad del Covid-19, es apreciado como un evento irreductiblemente “natural”, cosa que es falso; por lo tanto, nada tendría que ver con el sistema…

Sin embargo, la pandemia no impacta en un mundo “inmaculado”, por así decirlo, sino en uno que venía movilizándose ya por el cambio climático. Y el cambio climático sí es percibido como un evento que depende de la acción humana.

De nuevo: quizás entre amplias porciones de la población la acción humana es percibida como algo meramente “individual”, como que “todos hacemos daño a la naturaleza”, y no como algo del sistema.

Sin embargo, la percepción de la acción destructiva del capitalismo sobre la naturaleza ha crecido en los últimos años con lo cual la traslación de dicha circunstancia a la actual pandemia, los vasos comunicantes entre ambos eventos, eventualmente no hagan más que crecer.

En el mismo sentido, y más concretamente, va incluso la desigual aplicación de la epidemia según la clase social a la cual se pertenezca. La destrucción de los sistemas de salud pública, el que ricos y famosos se puedan ir en sus helicópteros a pasar una cuarentena paradisíaca en sus mansiones en regiones alejadas de las urbes y la mayoría trabajadora deba hacinarse en casas precarias con guardias pretorianas vigilando sus barrios, son elementos que despiertan conciencias.

Incluso la precariedad con la cual debe enfrentar la enfermedad el personal de la salud –médicos/as y enfermeros/as-, es un factor adicional de un eventual despertar de la conciencia clasista, por no hablar de todos aquellos expuestos al contagio en los servicios esenciales o en las fábricas que reinician la producción en salvaguarda de las ganancias empresarias.

Sumándole a todo esto tenemos un factor clave: la ayuda mutua. El concepto de ayuda mutua tiene su historia en el movimiento obrero y remite, en términos generales, a la acción colectiva: movilizaciones, huelgas, colaboración solidaria en el lugar de trabajo, comités de salud e higiene o lo que sea.

Esta tendencia se expresa, incluso, en esa terra incógnita que desde muchos puntos de vista sigue siendo China: “A pesar de todo, la ciudadanía china se ha movilizado para adquirir y donar equipos de protección a los hospitales y personal sanitario, y personas voluntarias de ayuda mutua han apoyado a los sectores más vulnerables de la sociedad. Una campaña lanzada por feministas contra la violencia machista ha ayudado a dar a conocer una cuestión que el confinamiento no hace más que agravar. Este es sin duda un momento de despertar político de la gente, especialmente de la gente joven. La magnitud de la pandemia y la pérdida innecesaria de un gran número de vidas ha convertido todo, inevitablemente, en un asunto político, como ha sucedido también en otras partes. Si la gente joven es capaz de dirigir su energía hacia actitudes progresistas después de la crisis, puede que veamos el renacimiento de unos movimientos que se han visto debilitados durante muchos años”. (Entrevista a Kevin Lin, “Cómo China contuvo el Covid-19 y el peligroso mundo que nos espera”, izquierdaweb)

Sin embargo, nos interesa remitirnos al aspecto más conceptual de la cosa. Porque el concepto mismo de ayuda mutua tiene una larga tradición de disputa con el social darwinismo, que es una visión reduccionista de la biología y un traslado aún más reduccionista y mecánico de las supuestas “leyes naturales” a la sociedad.

En términos generales, podríamos decir que en la naturaleza como en la sociedad, hay tanto competencia como solidaridad. Podríamos agregarle, incluso, que si una de las leyes principales de la evolución es la “selección natural”, donde el ambiente cambiante determina de alguna manera el paso evolutivo cambiante de las especies, la antropología marxista enseña que en la evolución humana –aunque dicha evolución no sea algo mecánico ni independiente de la lucha de clases- se hacen valer los mecanismos sociales que van en un sentido contrario, por así decirlo, de la selección natural. (Ver “Engels antropólogo –o un abordaje materialista de la evolución humana”, izquierdaweb)

El humanismo (socialista) sería una suerte de “anti-selección natural” más allá que, atención, repetimos, esta no sea una evolución “natural” de las sociedades, sino solamente una de sus tendencias potenciales a desarrollarse al calor de una durísima lucha de clases contra las leyes capitalistas de la explotación del trabajo y el mercado.

En suma, lo que se pueden apreciar son tendencias contradictorias que dependerán de la evolución de la actual crisis. En lo inmediato, las coyunturas universales tienden a ser reaccionarias. Pero tampoco esto es mecánico: los desarrollos dependen del punto en que estaban en cada país.

Y la realidad es, al menos de momento, que las recetas más social darwinistas de priorizar la economía sobre la salud pública están sufriendo rechazos masivos de las opiniones públicas, como se puede ver en las crisis que atraviesan gobiernos como el de Trump, Bolsonaro o el mismo Johnson internado a estas horas en terapia intensiva…

Será la lucha de clases, en definitiva, la que marque los rumbos de las cosas y nuestra previsión es que a partir del giro reaccionario del péndulo por la pandemia, el mix del impacto de la crisis económica más el crecimiento de las percepciones anticapitalistas y la cólera que eventualmente crecerá en las poblaciones como subproducto de esta experiencia, se puede adelantar una lucha de clases incrementada en perspectiva: “En una China en cuarentena, empezamos a vislumbrar tal paisaje (…): calles vacías del final del invierno desempolvadas por una mínima película de nieve intacta, rostros iluminados por teléfono que se asoman por las ventanas, barricadas atendidas por unas cuantas enfermeras, policías, voluntarios de repuesto o simplemente actores pagados encargados de izar banderas y decirles que se pongan la máscara y vuelvan a casa. El contagio es social. Por lo tanto, no debe sorprender que la única manera de combatirlo en una etapa tan tardía sea librar una especie de guerra surrealista contra la sociedad misma. No se reúnan, no causen el caos. Pero el caos también se puede construir en el aislamiento. Mientras los hornos de todas las fundiciones se enfrían hasta convertirse en brasas que crepitan suavemente y luego en cenizas heladas, las muchas desesperaciones menores no puede evitar salir de esa cuarentena para caer juntos en un caos mayor que un día, como este contagio social, podría ser difícil de contener”. (Chuang, “Contagio social: lucha de clases microbiológica en China”, izquierdaweb)

Una forma bastante poética e inspirada de anticipar que a la vuelta de esta crisis extraordinaria podría “pudrirse todo”; porque esta es también una de las tendencias de la realidad.

Capitalismo, socialismo y planificación

Dicho lo anterior, queremos continuar acá con la elaboración respecto de algunas cuestiones de la lógica capitalista: la irracionalidad creciente de un sistema basado en la ganancia, su anarquía y falta de planificación, el pasaje de fuerzas productivas en destructivas, etcétera, temáticas que la pandemia ha puesto nuevamente sobre la mesa.

En nuestra nota anterior (“El capitalismo como sistema de irresponsabilidad ilimitada”) rozamos la cuestión de la planificación socialista pero no terminamos de desarrollarla. Una problemática que está retornando, como se expresa en la cita que da inicio a este artículo.

El abordaje marxista de la economía capitalista se basa en la crítica a la explotación del trabajo y la forma peculiar que la misma adquiere bajo el capitalismo: la mercancía. Dicha forma encierra “dos órdenes de racionalidad”, por así decirlo, que son contradictorios. Para que la economía funcione debe satisfacer las necesidades humanas; necesidades que se apoyan en el componente “útil” o valor de uso de los productos.

Pero la producción capitalista, como tal, no tiene por objetivo específico satisfacer las necesidades humanas, sino estrujar el trabajo humano. Es decir, explotar el trabajo, lo que se expresa no en el valor de uso sino en el valor de cada mercancía y se aprecia en el mercado como valor de cambio (o precio) de cada mercancía.

Dicho valor, en realidad, encierra dos partes: la parte que corresponde al trabajo necesario o valor de la fuerza de trabajo y la parte que expresa un trabajo excedente, no pagado, que se llama plusvalor. Y a la producción específicamente capitalista, en el fondo, lo único que le interesa es acumular trabajo no pagado sobre trabajo no pagado, plusvalor sobre plusvalor, que es lo que da base material a la ganancia capitalista.

Simultáneamente, en la medida que la producción capitalista se expresa no bajo la forma de “un solo capital social general” sino como muchos capitales en competencia, la producción que es social aparece sin embargo como “individual”. Y su factor mediador es el mercado, no admitiéndose ninguna planificación de conjunto.

En realidad, en las guerras y graves crisis, el Estado aparece regulando determinados desarrollos, determinadas producciones e intercambios.

Pero de cualquier manera, la propiedad privada capitalista subsiste y la “planificación” que opera el Estado capitalista es siempre una realizada desde arriba sin cuestionar la propiedad privada.

¿Pero qué ocurre cuando la propiedad capitalista es expropiada luego de la revolución socialista? Sobre todo las grandes unidades productivas pasan a manos del nuevo Estado obrero, razón por la cual se hace presente la necesidad de una planificación de conjunto.

Es decir: si el grueso de las empresas más importantes industriales, agrícolas, del transporte y las comunicaciones son expropiadas, el Estado deberá manejarse como trust único y, como consecuencia, la producción deberá ser planificada a esa escala.

Es obvio que desde las intuiciones geniales de Marx y Engels hasta nuestros días, muchísima agua ha corrido bajo el puente. Sobre todo la experiencia de los países no capitalistas del siglo pasado a comenzar por la ex URSS, donde a partir de un ensayo inicial de dictadura proletaria, de planificación democrática en esa instancia aún muy incipiente, la burocratización de la revolución llevó a una degeneración del proceso y a una planificación burocrática cuyos objetivos fueron opuestos a lo pregonado (es decir, estuvieron colocados en una acumulación burocrática y no en la satisfacción de las necesidades humanas): “No necesitamos discutir sobre los logros o fracasos de la experiencia soviética para saber que se trataba, sin ninguna duda, de una forma de ‘dictadura sobre las necesidades’ (…): un sistema no democrático y autoritario que otorgaba el monopolio de las decisiones a una reducida oligarquía de tecno-burócratas. No fue la planificación la que llevó a la dictadura; fue la creciente limitación de la democracia en el seno del Estado soviético y la instauración de un poder burocrático totalitario tras la muerte de Lenin la que condujo a un sistema de planificación burocrática totalitaria (…)”. (Löwy, ídem)

Si bien es largo desarrollar acá toda esta historia crítica, podemos señalar dos cuestiones. Primero, el objetivo último del socialismo es colocar la producción al servicio directo de las necesidades humanas: una “economía comunista” es aquella donde no se producen más mercancías, la unidad de valor de uso y valor, sino, simplemente, valores de uso: productos útiles puestos directamente al servicio de las necesidades humanas y, por añadidura, que no destruyan la naturaleza; que sean ecológicamente sustentables3.

Sin embargo, pasar de la economía capitalista a una lisa y llanamente comunista, requiere de un proceso de transición que tiene dos condiciones: la revolución mundial (es decir, vencer al capitalismo en todo el mundo) y, segundo, que la clase trabajadora se apropie de esta base productiva mundial colosal de fuerzas productivas que ya caracteriza al sistema hoy y que se revierte a cada paso en fuerzas destructivas, como muestra la pandemia. Esto, precisamente, para satisfacer las necesidades, producir directamente valores de uso y pasar a lo que se llama el “reino de la libertad”: una sociedad en que estén reducidas al mínimo –aunque no puedan eliminarse- las condicionalidades de escasez material; una sociedad de abundancia dentro del marco de las relaciones metabólicas con la naturaleza.

Repetimos, entre la sociedad capitalista actual –con todas sus desigualdades entre países imperialistas y países dependientes o semi-coloniales- y el futuro comunista media, como señalara Lenin en El Estado y la revolución-, el pasaje de una en otra: la dictadura del proletariado, la clase obrera organizada como clase dominante4.

A dicha dictadura del proletariado -¡y atención que Lenin colocaba bien el orden de prelación! – le corresponde la economía de transición que, groso modo, debe combinar en grados diversos la planificación democrática, el mercado y la democracia obrera.

El que más claro dejó esta formulación como subproducto de su aprendizaje en la experiencia, fue Trotsky. La planificación económica de los grandes trusts del Estado obrero debe combinarse con las “señales” que den los consumidores en el mercado de compra-venta y resolverse, en última instancia, en las decisiones macro que se tomen a nivel de las instituciones de la democracia obrera: “El plan se verificará, y en gran medida se realizará, por intermedio del mercado. La regularización del mercado debe manifestarse sobre las tendencias que en él se manifiesten cada día. Los organismos anteriormente citados [Trotsky se refiere a los organismos económicos del Estado obrero] deben demostrar su comprensión económica por medio del cálculo comercial. El sistema de la economía transitoria no puede ser enfocado sin el control del rublo. Esto exige, por tanto, que el rublo sea igual a su valor. Sin la firmeza de la unidad monetaria, el cálculo comercial no sirve más que para aumentar el caos”. (“El fracaso del plan quinquenal”, Ese editor, Buenos Aires, 1973)

Lo que nos plantea, por otra parte, que las relaciones de valor, el mercado, no podrá ser simplemente tirado por la borda durante la transición socialista en la medida que siga existiendo la economía en el sentido más craso de la atribución de recursos escasos para necesidades insatisfechas, por así decirlo; pero este es otro tema que no podemos abordar aquí in extenso.

Una combinación dialéctica que no excluye, a la vez, la planificación micro hecha en los lugares de trabajo por sus colectivos de trabajadores, aunque siempre en correspondencia con los planes macro resueltos por toda la sociedad.

Una planificación realizada democráticamente, colocada bajo el control de los consumidores en el mercado y decidida a nivel global por la sociedad en sus organismos de democracia obrera, será el mecanismo social para reemplazar tanto la anarquía como la irracionalidad capitalista.

Y no solamente será en potencial, sino que se trata del duro aprendizaje histórico recorrido el siglo pasado a partir de la degeneración burocrática de los Estados obreros de la cual debemos sacar lecciones críticas.

La planificación burocrática fue extensiva y no intensiva; privilegió la cantidad sobre la calidad. La planificación burocrática privilegió la rama I de la producción de medios de producción, sobre la rama II de medios de consumo; la población sufrió escasez crónica. La planificación burocrática llevó adelante una acumulación de Estado que explotó a los trabajadores y campesinos y no tuvo por objetivo la satisfacción de las necesidades humanas.

De ahí también, y lógicamente, que se haya negado y puesto de espaldas a cualquier control democrático tanto en las instancias del Estado proletario (que por lo demás, había dejado de serlo), como del propio mercado, una herramienta subsistente inevitable durante la transición donde, repetimos, todavía no hay abundancia (al menos en los países dependientes; en los imperialistas habrá que ver cómo serán las cosas).

En cualquier caso, la experiencia histórica se levanta contra ambos “modelos”: el capitalismo del siglo XXI con su súper-explotación, su desigualdad tremenda, sus pandemias y por qué no sus guerras, y la degeneración burocrática de las revoluciones del siglo pasado: “(…) el óptimo de la planificación no es la máxima tasa de crecimiento considerada en abstracto, como tampoco la prioridad automática a la rama I de la producción. Estos son los rasgos de la acumulación burocrática, no de la socialista. Por el contrario, la planificación socialista debe realizarse en función del respeto a ciertas proporcionalidades de la economía que, por un lado, tiendan a una industrialización y acumulación crecientes y al fortalecimiento del sector estatizado de la economía, y por el otro, no pierdan de vista la creciente satisfacción de las necesidades humanas y la tendencia a la liquidación de todo resto de explotación del hombre por el hombre” (“La transición al socialismo y la economía planificada”, izquierdaweb), a lo que le agregamos también el cuidado a la sana relación metabólica de la producción con la naturaleza.

La actual pandemia y la crisis ecológica comienzan a recolocar debates que parecían clausurados. Se cuestiona al capitalismo y retorna el debate sobre la planificación democrática de la economía. Esto es también parte del apasionante mundo que viene.


1 Los filósofos e intelectuales sin vinculación con organizaciones militantes, sin raíces entre los explotados y oprimidos, suelen ser impresionistas y ni hablar frente a acontecimientos como los actuales, de semejante magnitud.

2 Un elemento de la irracionalidad y anarquía del capitalismo es que no existe ninguna coordinación de los diversos laboratorios que a nivel mundial están trabajando en la vacuna del Covid-19, el insumo más esencial hoy para toda la humanidad…

3 “(…) el problema no está en el consumo excesivo en abstracto, sino sobre todo en el tipo de consumo dominante cuyas características principales son: la propiedad ostentosa, el despilfarro masivo, la obsesiva acumulación de bienes y la adquisición compulsiva de pseudo-novedades impuestas por la moda. Una sociedad nueva orientaría la producción a la satisfacción de las verdaderas necesidades, comenzando por las que se podrían calificar de bíblicas: agua, alimentación, vestidos y vivienda, e incluyendo servicios esenciales como la salud, la educación, la cultura y el transporte”. (Löwy, ídem)

4 Pierre Kahlfa, sindicalista socialdemócrata francés y miembro de ATTAC, afirma lo siguiente: “(…) ¿cómo toma realmente posesión la sociedad de los medios de producción? El hecho de expropiar a los detentadores del capital no quiere decir que la sociedad posee los medios de producción. Existe enorme distancia entre la nacionalización/estatización [de dichos medios] y la socialización, esto es la diferencia entre un cambio jurídico de la propiedad y la toma a su cargo efectiva de los medios de producción por la sociedad entera y en primer lugar por los asalariados en su globalidad. Como ha escrito Laure Després, ‘los ejemplos de acaparamiento del Estado por intereses particulares incluyendo las economías planificadas, son innombrables’”. (“Questions sur la planification”, 3 de abril 2020, ATTAC France)

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