El discurso de Biden: excusas para ocultar el fracaso de 20 años de intervención

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  • El discurso de Biden intentó atenuar daños ante un retroceso evidente, eximirse lo más posible de culpas y descargando la responsabilidad sobre un gobierno afgano que fue articulado por el propio EE.UU. El fracaso político, militar y hasta ideológico es indisimulable.

Renzo Fabb

Los hechos se precipitaron mucho más rápido de lo que Estados Unidos esperaba. El Presidente Biden tuvo que cancelar sus vacaciones para dirigirse a todo el país y el mundo. La crisis en Afganistán estalló en la cara del imperialismo yanqui, confiado en sus informes de inteligencia que auguraban varios meses de resistencia del gobierno afgano antes de caer en manos del Talibán. Pero fueron sólo cuestión de días.

Es lógico que las miradas estén puestas en un país que interviene militarmente en Afganistán hace dos décadas. Eso es lo que explica que el discurso de Biden haya sido extremadamente a la defensiva: se encargó de minimizar la responsabilidad de EE.UU., culpar a las autoridades afganas y defender el retiro de tropas que, de todos modos, ya era un hecho. No había muchas más maniobras discursivas posibles para disimular lo que a todos luces es un fracaso estratégico de los intereses estadounidenses en la región.

«El objetivo nunca fue construir una nación democrática, sino luchar contra el terrorismo». La frase de Biden resonó como una especie de premio consuelo difícil de creer. Según el líder demócrata, el objetivo de la intervención militar en Afganistán era desarticular a Al Qaeda y a Osama Bin Laden, un objetivo logrado hace 10 años. Pero entonces… ¿Por qué las fuerzas norteamericanas continuaron en Afganistán durante otros diez años si, supuestamente, el objetivo ya se había cumplido? Biden, en esos casos en donde aclarar es en realidad oscurecer, explicó que se debió a que «la amenaza terrorista ha rebasado ampliamente Afganistán y llegado a otros países». La confesión de un fracaso.

Los huecos argumentales que deja el discurso no son más que la expresión de los fracasos reales que dejan 20 años de intervención militar «tiradas a la basura» en los últimos tres meses, cuando comenzó el avance Talibán en consonancia con el inicio de la retirada de las fuerzas yanquis.

Dicho fracaso no es exclusivo de la administración Biden. En estos 20 años, EE.UU. gastó 83.000 millones de dólares para la formación y entrenamiento de más de 300.000 efectivos de las Fuerzas Armadas afganas. Y unos 2000 soldados norteamericanos murieron en los combates.

Como para ponerle la frutilla al postre, los Talibán han elegido como cabeza del naciente Emirato Islámico a Abdul Ghani Baradar. Se trata de un líder Talibán liberado nada más ni nada menos que por Donald Trump, y el elegido para llevar adelante las «negociaciones de paz» con EE.UU. El año pasado, incluso, llegó a reunirse con el entonces Secretario de Estado, Mike Pompeo. Un año después, encabeza un gobierno Talibán en Afganistán. Puede fallar.

Desconcierto

Pero el corto período de Biden en la Casa Blanca no lo exime de responsabilidades en el fracaso. Y no sólo por el hecho de haber sido el vicepresidente de Barack Obama durante ocho años.

En horas de la mañana del domingo, Anthony Blinken todavía aseguraba que Kabul resistiría durante varios días. Pero la capital cayó esa misma tarde. Biden admitió que el colapso «fue mucho antes de lo esperado», aunque eso se debió «a la falta de voluntad de las autoridades afganas». El pequeño detalle que se le escapa a Biden es que las autoridades afganas fueron, durante todo este tiempo, un gobierno títere de Estados Unidos.

Las justificaciones de EE.UU. echando culpas al gobierno local tienen hasta ribetes de provocación hacia los afganos. Biden aseguró que «las tropas estadounidenses no pueden librar una guerra que las propias fuerzas afganas no están dispuestas a dar». La frase tiene, al menos, poco tacto: más de 60 mil soldados afganos murieron durante estos 20 años en hechos de combate contra el Talibán.

Esta «frialdad» en el discurso de Biden se entiende mejor si se lo lee desde la política interna yanqui, que ha jugado un papel determinante en la decisión de retirarse de Afganistán, impulsada por Trump pero ejecutada y continuada por Biden. Más allá de los intereses estratégicos de EE.UU. en la región, no es fácil justificar una guerra de más de 20 años ni en términos humanos ni económicos, sobre todo cuando no estaba para nada claro para el estadounidense «de a pie» cual era el objetivo de permanecer en Afganistán, al menos luego del asesinato de Bin Laden. Paradójicamente, Biden se retira derrotado de Afganistán al grito trumpista de «America first».

Pero las eventuales y para nada aseguradas ganancias a nivel doméstico no superarán el estadio de mero premio consuelo ante el retroceso estratégico a nivel de política exterior para los intereses del imperialismo yanqui. La posibilidad de que Rusia y/o China encuentren en el régimen Talibán un aliado (ambos ya coquetean con la idea, pero aun habrá que esperar para ver si esto es así) significaría un duro golpe para la influencia política de EE.UU. en esa región y un fortalecimiento de sus competidores estratégicos.

El discurso de Biden intentó atenuar daños ante un retroceso evidente, eximirse lo más posible de culpas y descargando la responsabilidad sobre un gobierno afgano que fue articulado por el propio EE.UU. El fracaso político, militar y hasta ideológico es indisimulable.

Los voceros de la Casa Blanca se pasean por los medios explicando que Kabul no es Saigón. Probablemente tengan razón. El problema es andar por la vida teniendo que ir aclarándolo.

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