• La pandemia agravó las contradicciones sociales en Brasil, abriendo un nuevo momento político en el que se plantea la lucha por echar a Bolsonaro del gobierno.

Por Antonio Soler

 

El actual brote epidémico mundial (pandemia) se configura como un acontecimiento de dimensiones y repercusiones planetarias sobre la vida económica y política. En Brasil eso no es diferente. Desde que comenzó el brote en el territorio nacional, se abrió un importante cambio en la coyuntura nacional con repercusiones dramáticas para la realidad nacional.

El capitalismo no va más. La pandemia del nuevo coronavirus (Covid-19) es un acontecimiento histórico mundial comparable sólo con las grandes guerras mundiales, las revoluciones del siglo XX, la Gran Depresión del 29 y la Caída del Muro de Berlín. Un acontecimiento de incalculable impacto en la vida social y en los acontecimientos políticos de los países y del mundo.

Podemos decir sin miedo a errar que raramente en la historia, la frase “todo lo sólido se desvanece en el aire” (K. Marx en El Manifiesto Comunista) fue tan representativa de lo que ocurre en la actualidad.

Los números de las víctimas son estremecedores y tienden a crecer mucho más. Cerca de 2 billones de personas en todo el planeta están en situación de confinamiento, sectores importantes de la economía de los países están parando, los mercados financieros están en una situación pavorosa y el neoliberalismo, hasta ahora consagrado en la mayor parte del mundo, está siendo sustituido, al menos momentáneamente, por el “intervencionismo” estatal.

En relación al contagio, hasta ayer (24/03) teníamos registrados 372 mil casos de contagio y 16.231 muertos. Los casos de contagio que ya alcanzaron 194 países, tienen a China aún al frente con el mayor número de casos (81 mil), seguida de Italia (70 mil), Estados Unidos (50 mil) y España (40 mil).

Como se conoce poco la dinámica biológica del SARS- Cov-2, además de que es un virus de gran capacidad de diseminación y letalidad entre la población mayor, no se tienen estimaciones precisas de los estragos que esta pandemia irá a causar en la población mundial. Pero, ciertamente, la tendencia es que hasta el final de la pandemia millones de personas serán alcanzadas por la enfermedad y cientos de miles (o incluso millones) morirán – principalmente los sectores de las masas trabajadoras y de países con menos infraestructura médica y hospitalaria – si no hay un cambio drástico en la política de enfrentamiento de este brote de dimensiones planetarias. Un cambio de política que sólo puede ser impuesto por la movilización obrera y popular.

Como en las dos grandes guerras, la sociedad es desgarrada por los acontecimientos. La política «de clase» (capitalista) de los gobiernos hace que las víctimas preferenciales del virus sean en la amplia mayoría los casos, los trabajadores, las mujeres, los negros y la juventud; es decir, los explotados y oprimidos.

Ese escenario de terror en que muchos países ya se encuentran irá a empeorar mucho más en los próximos meses. Con esto, las contradicciones sociales tienden radicalizarse con acciones políticas. Lógicamente que esta no es una dinámica mecánica, pasaremos por procesos de conmoción socio-político de las masas y habrá desigualdades en su reacción.

Las condiciones para una nueva crisis económica mundial ya estaban dadas, pero la pandemia ha entrado en escena acelerando y agravando la situación, creando una tormenta perfecta, las condiciones para una recesión/depresión de dimensiones planetarias.

Además de ese escenario económico de crisis, una serie de países en el mundo vive un proceso de rebelión popular aún inconcluso que, a partir de la pandemia, irá a tomar rumbos diversos, pudiendo incluso radicalizarse.

En los países donde no había procesos de gran polarización política, por el miedo de contagio viral, desarticulación social y expectativa en los gobiernos, el impacto de la pandemia está dejando a las masas atónitas inicialmente. Sin embargo las medidas de los gobiernos burgueses y de la clase dominante ante la pandemia pueden crear condiciones explosivas que podrían llevar a nuevos procesos convulsivos con características de rebeliones populares en muchas otras partes del mundo.

La cuestión es que este nuevo escenario mundial no impone inmediata y automáticamente un cambio en la coyuntura política con explosiones de masas en todos los países en los cuales la pandemia se hace sentir. La nueva realidad mundial sólo puede provocar cambios en las coyunturas políticas (principalmente referidos a la correlación de fuerzas entre las clases) a partir de la combinación del escenario mundial con los elementos progresivos y regresivos preexistentes al interior de los países.

De esta forma, no podemos tener una expectativa mecánica/esquemática, pues es necesario seguir cada coyuntura nacional a luz de la evolución de sus contradicciones, al interior de este nuevo escenario mundial de pandemia, crisis económica y polarización política crecientes.

Ruptura política de las masas

La pandemia llegó a Brasil en una situación nacional reaccionaria, marcada por una ofensiva generalizada contra los derechos de los trabajadores: recortes presupuestarios, destrucción de las conquistas de periodos anteriores y aumento de la violencia policial contra las mujeres y el conjunto de los oprimidos.

Esa ofensiva sólo pudo desarrollarse debido a la traición de la burocracia sindical, que hace que las luchas no puedan enfrentar de forma más radical y duradera los ataques del gobierno y del conjunto de la clase dominante. En este primer año de Bolsonaro, la acción política se dio principalmente por arriba, sin contar con la acción efectiva de las masas.

A partir de la mitad del año pasado, las direcciones “centristas” crearon el “parlamentarismo blanco”, que se traduce en un frente parlamentario para hacer pasar las reformas ultra liberales, tener un mayor control sobre el presupuesto y hacer frente a la ofensiva bonapartista sobre el Congreso.

Pero la coyuntura nacional entre el final del año pasado y en el inicio de este, estuvo impactada por las rebeliones populares que atravesaron los países de América Latina, por la cronicidad de la crisis recesiva, por el recrudecimiento del frente de batalla entre el gobierno y el parlamento por el control del presupuesto, por la huelga nacional de los petroleros y por el amotinamiento de las policías.

Lo que volvió la coyuntura aún más conflictiva a medida que se demostró abiertamente una fisura al interior de la clase dominante, fue la clase obrera que, a través de la huelga de los petroleros, comenzó a asomar la cabeza para protagonizar procesos. Entre tanto, el gobierno foguea a las masas protofascistas contra el parlamento. Así, todo ya indicaba en el comienzo del 2020 que iríamos a un año decisivo en relación a la dinámica política nacional, con el gobierno presionando cada vez más para imponer un régimen (semi) bonapartista, en que el parlamento y el poder judicial nacional fueran tornándose piezas cada vez más decorativas. Justo es en ese momento, la pandemia comenzaba a tocar de forma directa la realidad nacional.

Con el inicio de la transmisión comunitaria del coronavirus en Brasil, las autoridades sanitarias recomendaron cambios de hábitos de higiene, aislamiento y políticas públicas para que el sistema de salud pudiese controlar el impacto del brote. Pero Bolsonaro se comportó como otros líderes de la extrema derecha por el mundo, negando la importancia del coronavirus, diciendo que la pandemia no pasa de una fantasía, que las preocupaciones por la diseminación del virus son histeria colectiva, y que es sólo una “gripecita”.

El punto alto del momento previo al cambio coyuntural fue el mantenimiento de las manifestaciones contra el Congreso y en apoyo al presidente el día 15 de marzo. Además de mantener y convocar estos  actos, aún después del anuncio de la prensa de que varios de sus asesores próximos estaban con coronavirus, Bolsonaro se aproximó, saludó y se sacó selfies con sus  simpatizantes que estaban ante el Palacio de la Alborada. Ese fue el momento en que parte importante de la opinión pública, de los sectores que aún tenían expectativa en que el gobierno podía cambiar de orientación, llegó a la conclusión de que Bolsonaro no va más.

En tanto, fue el último miércoles (18/03), durante una audiencia pública de Bolsonaro con ministros, que comenzaron las primeras manifestaciones contundentes contra el gobierno a través de cacerolazos en todo el país, manifestaciones que desde entonces ocurren diariamente, y que muestran un claro cambio de coyuntura, marcada por la ampliación de la división entre Bolsonaro y sectores de la clase dominante por la rápida ruptura de sectores de la clase media y su paso a la oposición y por el lento retorno de la acción directa de los trabajadores en defensa de sus intereses.

Desde los cacerolazos del día 18/03 se instaló una nueva coyuntura en Brasil. Es difícil prever todas sus consecuencias, pero, de cualquier forma, es indudable que hay un intenso agravamiento del escenario anterior.

La pandemia del coronavirus, en el escenario creado por la tensión social latente, creó un escenario cualitativamente distinto. Una nueva coyuntura que se distingue por el cambio en la dinámica total de la vida (sanitaria, social, económica y política) provocada por la crisis epidémica, por la radicalización de la polarización política y por la entrada en  escena de la acción de las masas contra el gobierno – elemento de la realidad nacional que quedó en segundo plano en los últimos años pero que tiene un potencial profundamente transformador y puede ser decisivo de aquí en más.

Como componentes de esta nueva coyuntura tenemos la tendencia a una polarización política cualitativamente superior, marcada por fisuras al interior de la clase dominante, y que se amplifican por la rápida ruptura de los sectores medios que giran a la oposición al gobierno y por el posible  protagonismo de la clase trabajadora, que se viene manifestando de forma aún diluida a través de los cacerolazos, que entraron con fuerza en los barrios obreros, pero también en las luchas en defensa del empleo, del salario y por el derecho al aislamiento.

Esta nueva coyuntura plantea enfrentamientos más duros entre sectores de la clase dominante con el gobierno y entre este y los sectores de masas. Obviamente que no podemos esperar de la clase dominante y de sus representes que lleven la lucha contra este gobierno hasta el final, sólo la clase trabajadora y sus organizaciones independientes pueden hacerlo, pero las fisuras al interior de la clase dominante son elementos decisivos para que la clase trabajadora pueda asumir el necesario protagonismo político para volver la situación a su favor.

Tenemos, por otro lado, un gobierno aún más beligerante – con el apoyo político-electoral de aproximadamente el 30% de la población – que intentará imponer su política de bonapartización del régimen, para imponer un nivel enorme de destrucción de las condiciones de vida de las masas – y de la propia vida si consideramos su política negacionista ante la actual pandemia.

Para eso va a agitar su peligrosa política reaccionaria, calcada del imperialismo yanqui, en una fracción de la clase dominante nacional, en sectores de las fuerzas armadas, en la pequeña-burguesía y en los sectores más lumpenes de la sociedad.

Entramos, así, desde la llegada de la pandemia, en una situación más dramática, más peligrosa y, también, con mayor potencial de transformación. En tanto, la inclinación de la balanza a favor de la clase trabajadora depende en última instancia de la acción política de las masas, lo que no es un proceso simple, pues la clase trabajadora en Brasil tiene un enorme atraso político en relación a la formación de partidos socialistas independientes que puedan ser un factor subjetivo de movilización popular, pues el lulismo – que sistemática e invariablemente traicionó la movilización popular independiente – sigue siendo un importante freno para la acción independiente de las masas.

Pero tampoco es correcto afirmar que las explosiones populares no puedan ocurrir de forma espontánea. Las rebeliones populares que han acontecido en el mundo no cuentan con una dirección centralizada, los partidos reformistas quedaron a la derecha y fueron totalmente sobrepasados o se diluyeron en los movimientos. Las organizaciones revolucionarias  son muy pequeñas y no tienen la capacidad de dirección de los procesos nacionales, lo que traza para las rebeliones populares un claro límite político y organizativo, aunque no las impida.

Estamos hablando sólo de una tendencia a la polarización política nacional que, al contrario del año pasado, podrá contar con una participación popular más amplia y más activa. Ese es un elemento nuevo que precisa ser valorado e impulsado con todas nuestras fuerzas.

De forma inmediata, con la cuarentena masiva impuesta en todo el territorio nacional, con parte significativa de la clase desempleada/precarizada y con miedo ante un crecimiento exponencial del contagio y de las víctimas fatales, con los principales dirigentes sindicales y políticos sin presentar una alternativa nacional de los de abajo ante la crisis instalada – la línea de las centrales burocráticas es la de exigir que sean llamadas negociaciones y la del lulismo es la de criticar puntualmente al gobierno en sus medidas sin presentar una alternativa – la tendencia es que la disputa con el gobierno aun siga a través de los cacerolazos, por las redes sociales y la superestructura.

Pero comienzan a haber importantes experiencias de resistencia entre los trabajadores de la industria, del telemarketing y de otros ramos, como demuestra la victoriosa huelga de los obreros de Caoa Chery, en San José de los Campos, que después de la huelga de un día (19/03) revertieron temporariamente el despido de 70 trabajadores. Experiencias como esa tienden a ampliarse y precisan contar con solidaridad  y acciones que las nacionalicen de forma tal de impactar en la realidad nacional.

Bolsonaro redobla la apuesta del negacionismo genocida

El gobierno federal hasta ahora tomó medidas extremadamente tímidas para contener el avance de la epidemia en el territorio nacional y para articular la acción entre los estados luego de una gran presión. En verdad, toda la política de Bolsonaro ha ido en el sentido de negar la gravedad y los riesgos de la pandemia para la salud de las masas, y seguir su discurso negacionista en sintonía con parte de la clase dominante, pero que va a contramano de todos los consensos científicos.

Las medidas de mayor impacto del gobierno están muy lejos de combatir efectivamente el avance del virus, pues se ha dedicado a medidas de reducción de impuestos para las grandes empresas, la suspensión temporaria de la deuda de los estados y municipios, la transferencia de recursos al Ministerio de Salud y la liberación de depósitos  de los bancos hacia el Banco Central para ampliar la oferta de crédito, para los trabajadores el gobierno ofrece  una ayuda financiera de 200 reales para pensionistas y jubilados.

O sea, es un plan de recambio de divisas y aumento de la liquidez en relación al cual casi ni un real de la economía se destina al combate directo de la pandemia. Para tener una idea de las (des)proporciones, en Alemania la previsión de gastos es del 37%, en el Reino Unido y España del 17% e en los EUA probablemente llegará al 11%, el dudoso plan de combate del coronavirus de Bolsonaro no suma más que un 4% del PIB.

Además de no actuar de forma rápida y no atender las necesidades concretas de contener la pandemia en Brasil, lo que fue mantenido como política va a multiplicar por millares la cantidad de víctimas fatales de esa enfermedad y crear un colapso del sistema de salud y procesos de degradación social inauditos. Bolsonaro y su base de sustentación quieren aprovechar la pandemia para imponer relaciones de superexplotación para toda la clase trabajadora.

El gobierno emitió el domingo (22/03) una Medida Provisoria (MP 927) que posibilita la suspensión de los salarios por 4 meses sin compensación alguna, excluyendo al Covid-19 como accidente de trabajo y excluyendo a los sindicatos de la representación de los trabajadores.

A pesar de haber reculado con parte de esa MP, la suspensión sin remuneración ni compensación después de una lluvia de críticas, los demás aspectos de la medida provisoria se mantuvieron. Además de eso, el gobierno está preparando una MP para reducir la jornada y el salario de los empleados públicos. Se trata de atacar esa masa de trabajadores que garantiza el funcionamiento de los hospitales públicos, de las escuelas, las obras públicas y de los demás servicios.

Con el desdoblamiento del actual escenario, el aislamiento masivo – medida que es de consenso entre comunidad científica internacional para contener/disminuir el ritmo de propagación de la pandemia – impuesto por los gobiernos estaduales y municipales y la consecuente desaceleración de la economía, no se podrá mantener la misma política económica de recortes sistemáticos de los gastos públicos. Al contrario, es necesaria una política de ampliación de los gastos, de reasignaciones presupuestarias drásticas, de suspensión de gastos con la deuda pública, impuestos al gran capital y etc.

Pero, Bolsonaro va a contramano de esa orientación intervencionista que los gobiernos en todas partes del planeta vienen tomando para que las propias bases estructurales de las sociedades puedan mantenerse. Eso fue  evidenciado de forma cabal en su tercer pronunciamiento sobre la pandemia a la nación, en la cadena nacional de radio y televisión que Bolsonaro hizo este martes (24/03). Queriendo seguir la orientación de Trump, anunció querer que la economía vuelva a funcionar normalmente en los próximos 20 días.

En resumen, dice que el gobierno quiere contener el “pánico y la histeria”, que los medios de comunicación “esparcen miedo y pavor”, que “nuestras vidas tienen que continuar”, que tenemos que “volver a la normalidad”, que los gobernadores tienen que “abandonar el concepto de tierra arrasada”, que si un grupo de riesgo es el de “personas encima de los 60 años”, «¿por qué cerrar las escuelas?”, que el Covid-19 es una “gripecita o resfriadito”.

El pronunciamiento de Bolsonaro redobla la apuesta en el negacionismo, la irresponsabilidad para con la vida de las masas, el genocidio de parte de la población más relegada y la política (necro política) que escoge quien debe y quien no debe sobrevivir a la pandemia.

Todo eso, evidentemente, está en sintonía con el imperialismo yanqui y con los sectores de la horrenda clase dominante local para quien este gobierno ultra reaccionario cumple la función de mantener sus elevadas tasas de ganancia gracias a retrocesos históricos de las conquistas de los trabajadores.

Se engaña  quien piensa que Bolsonaro no tiene un método de acción y objetivos claros. Es un psicópata, genocida, reaccionario e irresponsable, que hace una apuesta política arriesgada para salvar a su gobierno totalmente inepto ante la pérdida creciente de popularidad, de crisis económica y de la espiral epidémica que traerá efectos devastadores.

Esa táctica puede llevar al gobierno a ganar algunos puntos, si no hay una reacción a la altura. Si las medidas tomadas por los gobernadores funcionan y reducen el ritmo del contagio, se podrá decir que estaba en lo cierto en negar la gravedad y, con el probable avance de la recesión, va a decir que la responsabilidad sobre la situación es de los gobernadores y sus políticas de aislamiento social.

Además de esos objetivos más inmediatos, está el querer crear las condiciones para imponer un régimen político en el cual los poderes presidenciales estén de alguna forma por encima de los demás poderes (un bonapartismo reaccionario). Junto con la táctica de des responsabilizarse por los efectos económicos, sociales y sanitarios más inmediatos, queriendo establecer un estado de semi-caos social para crear pretextos que le permitan avanzar sobre el funcionamiento del régimen, colocándose por encima de los demás poderes para  reducir  las garantías democráticas.

Para esto, dispone de la simpatía del imperialismo estadunidense, de un amplio sector social que aún le es fiel, de parte del empresariado y de un importante sector de las fuerzas represivas.

Superar al economismo y el posibilismo – reinventar a la izquierda

Para entrar en el  tema de la política de la izquierda socialista para el actual escenario, en primer lugar, es necesario decir que en medio de la crisis orgánica (total) abierta con la pandemia, la necesidad de presentar una salida alternativa para la realidad es cuestión de vida o muerte – inclusive en el sentido literal del término.

Ciertamente las consignas y los sistemas (pequeños programas hechos para un momento coyuntural) que creamos con ellas, en relación al contenido y la correlación de fuerzas más estructurales, deben responder a las necesidades más sentidas de las masas. En relación a la forma, la política socialista revolucionaria también nos enseña que las consignas deben responder al nivel de conciencia de las masas. No deben ser jeroglíficos inentendibles para los trabajadores y sectores populares.

Adecuar las consignas sólo al nivel de la consciencia política sin considerar las necesidades y la correlación de fuerzas estructural lleva al oportunismo – al economicismo y al electoralismo – que no presenta salidas globales por la negativa y por la positiva para ser tomadas por las masas. De otra forma, no considerar el nivel de consciencia de las masas y la correlación de fuerzas estructural lleva al sectarismo, al maximalismo, que presenta salidas políticas incomprensibles y de tal dimensión que son inalcanzables en la coyuntura dada.

Hacemos ese preámbulo para dialogar con compañeros de la izquierda socialista (radical) que dentro y fuera del PSOL mismo, ante la nueva coyuntura de cacerolazos masivos, de división de la burguesía, de ruptura de la clase media y del crecimiento de la acción colectiva de los trabajadores en defensa de sus vidas y de sus empleos, que se niegan, o tardan, en adherir a la consigna de “Fuera Bolsonaro” combinada con todas las demás consignas que deben levantarse para un combate anticapitalista ante la proliferación de la pandemia en Brasil.

En el momento anterior podíamos trabajar con consignas políticas al final de los sistemas, tales como “Derrotar a Bolsonaro en las calles”, “Por una salida de los trabajadores y de los oprimidos para la crisis” o “Basta de Bolsonaro”, con el objetivo de politizar las acciones que se daban directamente en defensa de esta o de aquella reivindicación.

O sea, las consignas más generales sirven para preparar acciones políticas futuras cuando nuevas correlaciones de fuerzas surgen. Método de “educación”, de preparación para la acción, que el economicismo presente al interior de ciertos sectores también rechaza.

La posición contraria del PT en relación a la agitación del “Fuera Bolsonaro” no se da por economicismo, pero si por posibilismo (actuar solamente en los estrechos límites de la institucionalidad burguesa), una política directamente reformista y electoralista. No defienden el “Fora Bolsonaro” porque la salida, para ellos, debe ser totalmente defensiva y respetando las instituciones del régimen. Así, “Dictadura nunca más”, “Defensa del estado de derecho de 1988”, “Lula Libre” y etc., son sólo para desgastar al gobierno y derrotarlo «democráticamente» en 2022, sin convulsiones sociales y políticas, en los estrechos límites de las instituciones burguesas, y de sus plazos y ritmos.

Si en momentos menos convulsivos no se presentan salidas políticas (nacionales) necesarias, dentro de las posibilidades de la correlación de fuerzas más estructurales y comprensibles para las masas, es un error economicista (una concepción pre-política que no contribuye a unificar las demandas parciales de los trabajadores) que no sirve para armar a la clase obrera en su enfrentamiento contra la burguesía. Una política que siempre trabaja con formulaciones políticas parciales (por la negativa o positiva). Mantener esa postura hoy, cuando sectores de masas se posicionan a izquierda, es un desastre político que significa estar totalmente atrás de los acontecimientos.

¡Bolsonaro, basta!

¡El pueblo tiene que decidir! A pesar de haber entrado en una nueva coyuntura de mayor polarización, de división al interior de la clase dominante, de ruptura de un sector de la clase media y su pase a la oposición y en la cual la clase trabajadora tiende a ser más activa, este es un gobierno extremadamente peligroso que debe ser derrotado cuanto antes.

Para imponer sus objetivos tácticos y estratégicos debería de contar con la unidad al interior de la clase dominante, el  apoyo de la clase media, de los medios de comunicación y de las fuerzas armadas. Pero como vimos, hay división por arriba, ruptura política de la clase media y una mayor actividad de la clase trabajadora. Como sabemos, es la evolución de este último elemento el más importante para que el cuadro político evolucione de forma favorable, por eso debemos apostar todas las fichas para su evolución.

En un contexto en el que ya tenemos 2.433 casos confirmados de contagio del coronavirus y  57 muertes, estamos aún muy lejos del pico del espiral ascendente. Sin parar todo el país, poner en aislamiento a las centenas de millones de habitantes, invertir billones en el testeo de casos sospechosos de contagio, insumos, equipamientos y personal médico para ampliar en millares los números de lugares en condiciones de recibir pacientes, no se podrá aminorar de forma significativa el impacto de la pandemia en el territorio nacional.  Es necesario aplicar la receta que dio resultados en países como Singapur, Corea del Sur y China.

Así, luchar por un programa de emergencia para la contención del virus a través del aislamiento, de la garantía de un salario integral para los trabajadores que dejan momentáneamente sus puestos de trabajo, de un ingreso igual a un salario mínimo para los desempleados/precarizados, de equipamientos, insumos y condiciones de trabajo para que el personal médico pueda salvar vidas y de condiciones básicas para las comunidades que viven en condiciones sanitarias totalmente precarias, es fundamental para la supervivencia de decenas/centenas de millares de trabajadores. Se trata, así, de la supervivencia física de aquellos que no quieren ir al matadero.

Ese es un programa que sólo puede ser financiado por la suspensión del pago de la deuda pública, por los impuestos a las grandes fortunas y por el fin de los subsidios a las grandes empresas. Programa de emergencia para el combate de la pandemia, que sólo puede ser conquistado si luchamos de forma combinada por el Fuera Bolsonaro y Mourão, y por Elecciones generales democráticas.

Es la conjunción de las tareas de lucha por un programa de los trabajadores, para contener la pandemia y para expulsar a Bolsonaro del poder ya, lo que hoy es percibido por amplios sectores de masas. Así, en tanto socialistas, debemos luchar para que esa percepción se consolide y que sea tomada de forma activa entre la mayoría de la clase trabajadora. Para eso sirven los partidos socialistas: para identificar e impulsar las dinámicas más progresivas de la lucha de clases, de lo contrario, seríamos comentaristas de la realidad, formuladores de escenarios políticos y propagandistas estériles.

Como tareas centrales, pensamos que debemos combinar la lucha por el Fuera Bolsonaro y Mourão y el Elecciones generales democráticas, con las campañas que ya están siendo tomadas espontáneamente por las masas, como los cacerolazos diarios en todo el país, que hacen  que los amplios sectores que están en aislamiento puedan tener mínimamente una vida política activa.

Por otro lado, debemos apoyar a los trabajadores que están luchando por el derecho al aislamiento y en defensa del empleo y del salario ampliamente amenazado. En San José de los Campos, los metalúrgicos liderados por el Sindicato afiliado a la CSP-Conlutas realizaron una huelga a partir del lunes (22/03) que consiguió imponer ceses de actividades remunerados para 24  mil metalúrgicos.

Luchas como esta se están desenvolviendo en otras partes del país y deben ser rodeadas de solidaridad para que ganen protagonismo nacional y la clase trabajadora se anime a ser cada vez más protagonista de las movilizaciones contra el gobierno y por una salida obrera para enfrentar la pandemia. Lo que comienza a permitir la agitación de consignas como “Unificar las luchas por medidas contra la pandemia”, rumbo a la “Construcción de la Huelga General para derrotar a Bolsonaro y su gobierno”.

Así, además de la militancia virtual, de los cacerolazos diarios y el apoyo efectivo a los sectores en lucha, precisamos de forma responsable y con todos los cuidados sanitarios, desarrollar otras experiencias, como la agitación a través de autos con parlantes y sonido, megáfonos y otros medios. Una experiencia interesante de auto-organización para atender las necesidades de los habitantes, y de la organización de Comités de Solidaridad que pudieran llevarse a las comunidades, lugares de trabajo y demás espacios sociales.

Para finalizar, estamos apenas en el comienzo de una nueva coyuntura que, ciertamente, tendrá desarrollos aún más dramáticos. Así, nos parece que lo fundamental es aprovechar este momento político para crear de forma unificada un amplio movimiento para derrotar a Bolsonaro, expulsarlo del poder e imponer medidas de combate a la pandemia que garanticen la existencia física, social y política de los sectores más vulnerables de la clase trabajadora y de las masas en general.

 

Traducido por Luz Licht para Izquierda Web

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