• El triunfo de Arauz, candidato de Correa, con apenas un poco más del 32% le impone una segunda vuelta en abril, que disputará con un líder indígena o un banquero de derecha.

Redacción

Los resultados son de un sorpresivo giro impuesto por la rebelión de 2019. Los resultados muestran un escenario sumamente fragmentado pero girado a la “izquierda”, de rechazo a todo lo que huela a la vieja derecha neoliberal y a la nueva derecha de Lenin Moreno (y casi nadie más).

Sin embargo, el “socialismo del siglo XXI” de Correa es notoriamente más débil que sus aliados regionales: con apenas el 32% de los votos, Arauz es más una primera minoría que una mayoría. El candidato Lasso, ex banquero de la derecha tradicional, está apenas por encima del 19% (cayendo un 9% respecto a cuatro años antes), disputando voto a voto el segundo lugar con el candidato de las organizaciones originarias Yaku Pérez. El ballotage está previsto para el próximo 11 de abril. Ecuador confirma en la fría estadística electoral que la situación política latinoamericana cambió rápidamente en el último año y medio.

Fue en las rutas, los campos y las calles de Ecuador que el 2019 parió una nueva situación política en la región. Hasta entonces, los Macri y Bolsonaro triunfantes de toda la región miraban los años venideros con ojos optimistas, venían de sucesivos triunfos electorales que parecían anticipar largos años de la derecha en el poder. Las convulsas calles de las rebeliones de menos de dos décadas antes estaban llenas de rutina y pasividad.

Lenin Moreno, el candidato y ex vicepresidente de Correa, se alineó rápidamente a la nueva realidad pos progresista y, para sorpresa de nadie menos la estupefacta militancia progresista de toda la región (que hasta bromeada confiada con el nombre “Lenin”), impuso un pronunciado giro a la derecha en la orientación política del gobierno. Rompió rápidamente con todos los funcionarios del correísmo y usó el mismo método de la derecha del resto de la región para sacarse de encima a Correa y los suyos: las maniobras y condenas judiciales por corrupción, que llevaron al exilio al ex presidente, fueron su manera de lidiar con quienes había compartido gobierno durante largos años. Trajo de nuevo al FMI al país, reconoció a Guaidó como “presidente encargado” de Venezuela, echó a Julian Assange de la embajada de Ecuador en Londres y lo entregó al imperialismo: su alineamiento derechista fue completo.

Lenin Moreno había llegado a un acuerdo con el FMI que incluía los tradicionales paquetes de ajuste. La gota que rebalsó el barril de crudo fue el acuerdo de eliminación de subsidios a los combustibles, que desató una rebelión callejera que hizo suya las ciudades de Quito y Guayaquil, con largas marchas de miles de indígenas venidos de los campos de los alrededores. El septiembre ecuatoriano le abrió el camino al octubre chileno, que a su vez fue el preludio inmediato del noviembre boliviano de resistencia al golpe de estado. La oleada de luchas callejeras masivas en los últimos meses del 2019 latinoamericano tomó el mazo con sus cartas, lo arrojó a un costado y derribó la mesa del juego de una patada. El golpe recibido por los gobiernos conservadores del momento fue duro, y las rebeliones distorsionadamente permitieron el regreso de los gobiernos de retórica progresista. Si Ecuador fue el primero en las calles, es ahora el último (hasta ahora) en expresar esta nueva situación electoralmente y se pone en sintonía con los triunfos de Fernández en Argentina, de Arce en Bolivia, etc.

El 2020 fue el golpe de gracia para el gobierno saliente. La crisis económica no sólo se profundizó, sino que la sabiduría neoliberal de Lenin Moreno hizo de Quito un cementerio en la pandemia. A la hora de votar, la imagen de los muertos por coronavirus sin enterrar abandonados en la calle, de los hospitales y cementerios colapsados, debe haber sido una difícil de borrar.

Sin embargo, el triunfo del correísmo está lejos de estar garantizado. Buena parte de la vieja base de Correa parece haber votado ahora por Yaku Pérez (del movimiento Pachakutik), que alcanzó algo más del 19%, y por Xavier Hervas, un empresario de “Izquierda Democrática” que conquistó otro 15%. Entre los pueblos originarios sigue pesando el balance de que el gobierno de Correa impulsó la depredación extranjera de los recursos naturales del país, reprimió brutalmente a los movimientos que se oponían, no hizo nada por revertir la estructura dependiente del país (como la dolarización de su economía), etc. El de Correa fue uno de los más “normales” de los gobiernos progresistas de la primera década del siglo.

Está aún por verse quien disputará en abril la presidencia con Arauz. En el caso en que fuera Lasso, el correísmo tiene casi asegurada la vuelta al poder, pues difícilmente la vieja base social correísta originaria se incline por él. Más probablemente votarán con la nariz tapada por Arauz.

Si llegara a la segunda vuelta Yaku Pérez, estaríamos frente a un escenario mucho más impredecible e inédito. Sería la primera vez que el representante directo de un movimiento social de masas disputa la presidencia del país. Pachakutik es el ala electoral de la Conaie, la organización originaria que encabezó la rebelión de 2019. Sin embargo, su estrato dirigente (al que pertenece Yaku Pérez) es heterogénea y muchas veces cumple un papel conservador. En 2019 lograron detener las movilizaciones en pleno auge llegando a un acuerdo con Lenin Moreno. Antes habían apoyado al gobierno de Correa pero rompieron con él tempranamente y el propio Pérez apoyó la candidatura del ultra conservador y reaccionario banquero Lasso con el que ahora se disputa el segundo lugar. Los gobiernos correístas lograron estabilizar el país luego de años de gobiernos inestables e impopulares: Pachakutik llegó a tener tres ministros en uno de ellos. Y, a pesar de todo, sus candidatos no son orgánicos del sistema político y su crecimiento es altamente significativo.

¿Y Lenin Moreno? Debe ser uno de los casos más notables en los que un mandatario en el poder se retira sin intentar la reelección, ni pelear con candidato propio y afín, ni dejar un legado, ni construir partido propio, ni opinión propia. A ningún diario se le ocurrió preguntarle a qué candidato votará, a nadie le importa la opinión de un cadáver político.

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