Economía mundial: hoy inflación, ¿mañana recesión?

El anuncio a principios de mayo de la Reserva Federal de EEUU, largamente esperado, del aumento de la tasa de interés en medio punto (esto es, un 0,5%, lo que es muchísimo para una tasa que venía en niveles cercanos a cero) no fue más que la confirmación “oficial” de un dato por todos conocido: el regreso de la inflación global, a un nivel como no se veía desde los años 80.

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Con la ventaja de la mirada retrospectiva, ahora muchos se suben al carro de castigar a la Fed por su falta de previsión, siendo que hasta poco antes de la pandemia economistas, bancos centrales y “expertos” teorizaban sobre la “nueva economía sin inflación”. Pero es verdad que la Fed no se ha lucido mucho que digamos.

Al principio, la Reserva Federal se atuvo al criterio ortodoxo de ignorar los shocks de oferta temporarios como el originado por la guerra en Ucrania a la hora de evaluar su impacto sobre la inflación (y, por ende, la eventual respuesta de la Fed). Pero asumir que la perspectiva inflacionaria de largo plazo seguía siendo “estable” demostró ser un error.

La autoridad monetaria yanqui, todavía en diciembre pasado, calculaba una suba total de la tasa de interés para 2022 de sólo el 0,75% –y en junio de 2021 creía que no iba a hacer falta subirlas en absoluto–, cifra que ya ha alcanzado en mayo y que debería llegar a fin de año a por lo menos 2,5 puntos por sobre el nivel de 2021. Pero ya hay extendidas dudas de que incluso esa suba sea suficiente para poner en caja a la inflación estadounidense y global.

No es sólo la Reserva Federal, aunque se trate por lejos del banco central más influyente. El Banco de Inglaterra subió las tasas a su mayor nivel desde 2009. El Banco de Australia, que hasta no hace mucho predicaba tasas casi en cero hasta 2024, subió un cuarto de punto, después de once años. En Europa, en tanto, a despecho de la reciente relativa nivelación de los niveles de riesgo entre los países miembro, volvió a extenderse la brecha entre la tasa de la deuda de Alemania y la de Italia (obviamente, en detrimento de la última). En contraste, la persistente tasa baja del banco central de Japón ha puesto al yen en su valor más bajo respecto del dólar desde los años 70. Como sintetiza The Economist, “mientras que 2021 marcó el cenit del ‘todo sube’, cuando subían los precios de todos los activos, 2022 podría marcar el comienzo de un ‘todo se desploma’, con el fin de las tasas bajas posibles gracias a la baja inflación” (“The rate fate that awaits”, TE 9295, 7-5-22).

Ocurre que, cada vez más, crece el consenso de que incluso un nivel de tasas de la Fed del orden del 3% no será suficiente para contener el avance de la inflación. Y ya con tasas del 3%, con su correlato de “superdólar”, “fuga a la calidad”, dificultades crecientes para el servicio de deuda –tanto la soberana, de países emergentes y no tanto, como la privada de compañías “zombies”– y más restricciones financieras en general, “hay más sufrimiento por delante” (ídem).

Hay un parámetro muy gráfico del movimiento de las tasas de interés: hace menos de tres años, el 40% de la deuda emitida por los estados (con clara preponderancia de la de los países desarrollados) ofrecía tasas negativas; esa proporción ha caído ahora al 10%, y remite casi exclusivamente a títulos europeos o japoneses de corto plazo.

¿Hasta dónde puede llegar la suba de tasas? Los antecedentes de brotes anteriores de inflación –todos en el siglo XX, aclaremos–remiten a una suba por encima del “nivel neutral” (entre el 2 y el 3%, al que hace años la Fed no llega) hasta quizá el 5 o el 6%. Pero semejante nivel de tasa de interés global generaría mucho más que una recesión en EEUU o incluso global: dispararía, con toda seguridad, una catarata de crisis de deuda soberana en países con serios problemas de relación entre su deuda y el tamaño de su economía, para no hablar de los afectados negativamente por los altos precios de la energía y las commodities. Los ejemplos de Líbano en 2021 o Sri Lanka hace semanas pueden perfectamente multiplicarse en cantidad y tamaño, como desarrollaremos más abajo.

Para darle una dimensión al problema, consideremos la evolución del índice de precios anual (estimado) para las 15 principales economías del mundo, por volumen de PBI (agregamos la zona euro), comparando los datos de hace sólo dos años –cuando los cráneos de la teoría económica capitalista todavía discutían si la inflación era un “fenómeno económico en desaparición”– con los de hace un año y los de este mes. Las cifras son las publicadas en la muy conocida tabla de indicadores macroeconómicos para 42 países que cierra cada edición de la revista The Economist; téngase en cuenta que las 15 economías seleccionadas representan en conjunto el 75% del PBI mundial:

Fuente: elaboración propia s/ datos de The Economist 4-7-20, 15-5-21 y 14-5-22.

Estas proyecciones siguen la evolución mensual, y no necesariamente indican un pronóstico para la inflación anual “punta a punta”, esto es, enero-diciembre, que pueden tener variaciones hacia arriba o hacia abajo. Por ejemplo, el Bank of America estima la inflación para este año en EEUU en el 7%, y en el 6% para la zona euro, algo inferiores a las aquí estimadas, mientras que Standard & Poor’s calculó un 2% para Japón, muy por encima del 1,2% de esta tabla y probablemente un récord en los últimos años para ese país.

Hecha esta salvedad, la tendencia principal es inequívocamente ascendente, y a un ritmo no visto en décadas, sobre todo teniendo en cuenta que estamos hablando de las economías más grandes. Es un error mirar sólo el dato de EEUU, por importante que sea, o incluso EEUU más Europa. Países que hace décadas venían con inflación mínima, cero o deflación (por fuera de Japón), como Canadá, Corea del Sur y Australia, rondan entre el 5 y el 8%; en el Reino Unido el último dato es del 9%, el mayor en 40 años; Brasil y Rusia duplicaron o triplicaron sus índices y ya están por encima de los dos dígitos; una vez más, sólo China parce ajena a la tendencia global. Pero el gigante asiático tiene sus propios problemas de otra índole, que merecen un tratamiento separado que hacemos en otro texto.

En el caso de EEUU, probablemente el foco de atención de la evolución global de la inflación, uno de los motivos de preocupación es la ampliación de la base sobre la cual se acumulan las subas de precios. No se trata sólo de que los índices de precios son más elevados allí (8,3% en abril) que en la zona euro (7%) o el Reino Unido (7,5%), muy por encima de las metas previas de los bancos centrales respectivos. Lo que enciende luces amarillas es que decididamente ya no hay manera de atribuir la mayor inflación exclusivamente al impacto de los combustibles y los alimentos básicos. El índice de inflación “núcleo”, que justamente excluye ambos rubros y toma en cuenta sólo los demás bienes y los servicios, fue en marzo, en EEUU, del 6,5% (“Pervasive problems”, TE 9292, 16-4-22). En cambio, el mismo índice para la zona euro da el 3%, en virtud de que en el Viejo Continente la influencia del aumento de precios en energía y alimentos es mucho mayor (casi tres cuartos del aumento).

En Europa, entonces, ya se siente ese impacto en los precios de la energía, tanto en los ingresos de los hogares como en la tasa de inflación. Las expectativas de una desaceleración a mediano plazo, que eran lugar común en las primeras dos semanas de iniciada la invasión rusa a Ucrania, ya no son patrimonio siquiera de los optimistas. En primer término, porque tras el exagerado triunfalismo de uno y otro bando de la guerra, empieza a establecerse como perspectiva compartida por ambas partes un probable empantanamiento militar en Ucrania, con una extensión en el tiempo de la ocupación parcial rusa de territorio ucraniano sin un claro horizonte de fin próximo del conflicto. Y en segundo lugar, porque precisamente a instancias de ese pronóstico cuestiones como la eventual interrupción de la provisión de energía rusa a Europa pasan cada vez más a primer plano. Los cortes de suministro a Polonia y Finlandia no generaron demasiado impacto, en parte por esperados y en parte porque esos países tienen vías alternativas. En cambio, un cierre de tuberías ruso contra Alemania podría generar una disrupción completa en el esquema de precios (¡y en la vida cotidiana!) a nivel de toda Europa.

El hecho de que Europa se aproxime al verano, el período de menor demanda de energía, hubiera sido un aliciente algo mayor si no fuera porque, contra las previsiones iniciales, como acabamos de señalar, la guerra en Ucrania no tiene visos de ser asunto concluido antes del próximo invierno boreal. Esta incertidumbre paralela sobre, por un lado, la extensión en el tiempo de la guerra, y por el otro, sobre las medidas de represalia (o negociación) que podría adoptar el Kremlin está en la base del crecimiento de las expectativas inflacionarias en Europa.

A estos riesgos para la economía global se le agrega, para completar el cuadro, la preocupante evolución de la pandemia en China. Las eventuales consecuencias de una desaceleración de China son un elemento clave de toda la ecuación, en razón del peso de su comercio exterior en la demanda mundial, de la proporción que representa en el crecimiento económico global y del potencial disruptivo de sus cuellos de botella logísticos para las cadenas de suministro globales.

No es todavía la tormenta perfecta, pero, lejos de aclarar, el cielo se pone francamente cada vez más oscuro.

La economía “aterriza”; la Bolsa y los salarios, también

Una parte esencial de la anterior política “expansiva” de la Reserva Federal fue lo que se conoció como “alivio cuantitativo” (quantitative easing, o QE), esto es, la compra de activos (en general bonos) como forma de generar liquidez adicional, facilitar el crédito e impulsar el crecimiento. Ahora, la Fed anunció el comienzo de su inversa, el “ajuste cuantitativo” (quantitative tightening, o QT); en este caso, por la vía de dejar vencer esos bonos sin renovarlos. De esta manera, se complementa el menú contractivo iniciado con el aumento de las tasas de interés de referencia de la Fed, de medio punto (0,5%) a principios de mayo, que será continuado por al menos dos más que podrían llegar al total de dos puntos porcentuales (con un punto de partida de casi el 0%).

El QT tiene una hoja de ruta definida: a partir del 1º de junio la Fed empezará a reducir su cartera de 5,8 billones de dólares de bonos del Tesoro (además de otros 2,7 billones en activos garantizados por hipotecas), y para septiembre se estima que estará reduciendo el monto de sus activos en unos 60.000 millones de dólares mensuales en bonos más otros 35.000 millones en los bonos basados en hipotecas.

El resultado de este ajuste monetario en términos de control de la inflación está por verse. Lo seguro es que aumenta exponencialmente los riesgos de recesión económica y que ya está teniendo un efecto de desinfle de la (irracional e insostenible) euforia bursátil del período anterior, incluida toda la pandemia.

Sucede que el citado contexto de “todo sube” tenía, en los mercados financieros, el correlato de lo que se llama “baja dispersión”, es decir, un rendimiento relativamente parejo de todos los bonos y activos, independientemente de su nivel de riesgo. El cambio del viento de cola al viento de frente hace que nuevamente se verifique una “alta dispersión”, esto es, una marcada diferencia de rendimiento por tipo de bono, según cada uno esté expuesto al riesgo de default (bonos de deuda soberana de emergentes), de reducción del consumo como consecuencia de la inflación (compañías privadas de bienes o servicios) o de problemas en la cadena de suministros (tecnológicas, automotrices), por no hablar de simples burbujas.

Pongamos datos y cifras al descalabro financiero. Empecemos por el índice líder de las acciones de Wall Street, el Standard & Poor’s 500, que cayó un 18% desde su techo de enero, al borde de lo que se denomina bear market, o mercado “oso” en desplome del 20% (lo contrario del “mercado toro”, o bull market). En tanto, el índice estrella de los últimos tiempos, el NASDAQ, donde cotizan las grandes compañías tecnológicas, se derrumbó un 29%, con una caída estrepitosa en particular de los activos más dudosos, especulativos y/o que venían de una burbuja de valuación. Las 100 más grandes del NASDAQ (el índice NDXT) cayeron en un tercio; así, se evaporaron 2,8 billones de dólares de su valuación de mercado conjunta. El Bitcoin cotiza en la mitad de su valor de noviembre; las otras cuatro mayores criptomonedas cayeron un 70% desde su último pico. Las acciones de otras dos tecnológicas rutilantes, la coreana Coupang y la argentina MercadoLibre, perdieron entre un tercio y la mitad de su valor en menos de 40 días. Facebook perdió desde enero un 44% de su valor; Netflix, un 65%. Hasta las aparentemente intocables Amazon, Alphabet (Google), Microsoft y Meta (ex Facebook) cayeron un 25% desde noviembre. En conjunto, los mercados bursátiles globales están un 11% por debajo desde comienzos de año.

En resumen: los inversores serán, de ahora en más, muchísimo más cuidadosos que en la era en que todo rendía, y, sobre todo, el costo del intento de control de la inflación será con toda seguridad alguna forma de “aterrizaje” de la economía. Es decir, descender de los índices de crecimiento anteriores –que, recordemos, incluían un rebote desde el desplome de la pandemia– a una suba del PBI promedio mucho menor… o un estancamiento, o una recesión.

La gran pregunta entre los analistas económicos es de qué orden será el “aterrizaje”. ¿Cómo será el descenso del índice de inflación que busca ahora la Reserva Federal (Fed) con la suba de tasas y el “ajuste cuantitativo”: “suave” o “forzoso”? El soft landing implica una baja de la inflación sin comprometer seriamente el crecimiento económico; Jerome Powell, el titular de la Fed, se entusiasmó con los ejemplos de 1964, 1984 y 1993. Inclusive, la Fed proyecta un retorno a una tasa “normal” de inflación del orden del 2,3% para 2024. Pero, como señalaron inmediatamente analistas más escépticos sobre esa “desinflación inmaculada”, en ninguno de los casos citados por Powell la inflación había llegado a las cifras actuales, y menos con la velocidad con que ocurrió en 2022. Por lo demás, esos tres ejemplos han sido los únicos “aterrizajes suaves” desde 1945; todos los demás terminaron en recesión.

Acaso el antecedente histórico más apropiado sea la implacable política restrictiva de la Fed bajo Paul Volcker en los 80, que domó la inflación al costo de una recesión que llevó el desempleo a casi el 11% en EEUU (“Late to disinflate”, TE 9290, 2-4-22). Claro que en la era Volcker la Fed no daba tanta prioridad como hoy al compromiso de la preservación del empleo y el crecimiento, metas en ese entonces claramente supeditadas a la inflación. Es probable que Powell tenga mucho menos margen para tomar medidas en ese sentido, o bien que su costo político sea sensiblemente mayor.

En realidad, todos los precedentes apuntan a que el control de la inflación se va tomar revancha sobre el crecimiento económico, generando una recesión en EEUU –que para Bill Dudley, ex director de la Reserva Federal de Nueva York, es “inevitable” (Bloomberg, 29-3-22)– y también a nivel global. De hecho, en el primer trimestre de este año la economía yanqui se contrajo levemente, un -0,4%, si bien otros indicadores económicos como el gasto de empresas y hogares siguen en terreno positivo.

En parte esto último se debe a un rasgo distintivo de la coyuntura inmediata luego de la fase más virulenta de la pandemia: la recuperación del empleo luego de la crisis generada por el covid también en ese terreno. EEUU, Canadá, Alemania y Francia tienen registros muy positivos de tasa de empleo; en el conjunto de la OCDE (club de 38 países en su mayoría desarrollados) hay 20 millones de empleos más que los diagnosticados en junio de 2020.

Esta “estrechez” del mercado laboral ya está induciendo al pensamiento mainstream capitalista a hablar de “recalentamiento laboral” y de “aumentos salariales excesivos”. Sin embargo, en las economías del G-10 (las mayores del mundo desarrollado, incluyendo Japón pero excluyendo China) el aumento de salarios promedia el 4%. Esa cifra está claramente por debajo de la inflación reciente y la esperada para este año –no hay más que revisar la tabla de más arriba–, pero es suficiente para que el establishment se preocupe por la dificultad de alcanzar la meta del 2% de inflación anual. ¡Como si el obstáculo fueran los salarios y la dinámica no fuera siempre que éstos persiguen a la inflación de atrás, y no al revés! Al respecto, tiene completa razón el economista marxista británico Michael Roberts en su ácida polémica contra los profetas de la rebaja salarial como receta antiinflacionaria.

Por lo pronto, aclaremos para lectores latinoamericanos que, contra la patente “progresista” y “pro aumento salarial” que se suele adjudicar a los economistas keynesianos, esa corriente es, por definición conceptual, tan o más rabiosamente partidaria de contener la inflación mediante reducciones del salario real y/o aumento del desempleo –lo que en términos agregados es lo mismo– que los neoliberales y monetaristas.

Basta para confirmarlo un rápido recorrido por las publicaciones recientes de varios de los más connotados keynesianos del planeta. Larry Summers, ex secretario del Tesoro (ministro de Economía) de Bill Clinton y crítico despiadado del mega plan de infraestructura propuesto por Joe Biden como “irresponsable”, atribuye la inflación a la “demanda excesiva” de los ciudadanos comunes, que tienen demasiado poder adquisitivo gracias a los subsidios del Estado yanqui durante la pandemia. Paul Krugman, probablemente el keynesiano más conocido, propone desde su columna del New York Times un aumento del desempleo para frenar la inflación. El director del Banco de Inglaterra, Andrew Bailey, reclama, junto con el columnista keynesiano del Financial Times, reducir la capacidad de negociación del salario por parte de los trabajadores, volviendo a la lógica del huevo y la gallina entre inflación y aumentos de salarios (M. Roberts, “The inflation debate”, 18-4-22).

Para Roberts, “la inflación de EEUU es mucho más alta que la suba de los salarios, que es de entre el 3 y el 4%. Esto significa que los salarios reales, para la mayoría de los estadounidenses, están cayendo. Los activos financieros [en cambio] suben mucho más rápido [que la inflación]. Los precios de las viviendas subieron cerca del 20%. (…) En 2019, las empresas estadounidenses no financieras obtuvieron cerca de un billón de dólares en ganancias, monto que permanecido constante desde 2012. Pero en 2021, esas mismas compañías ganaron alrededor de 1,73 billones. Sólo las ganancias de las empresas contribuyen a una tasa de inflación del 3% de todos los bienes y servicios en EEUU” (ídem).

Una fuente adicional para desechar por ideológico el simple expediente de culpar por la inflación a los aumentos salariales nos la da una muy venerable institución capitalista, el Banco de Acuerdos Internacionales (BAI) de Basilea. El BAI, en un estudio reciente, reconoce que el “actual entorno económico” no parece conducir a una espiral entre precios y salarios, ya que “después de todo, la correlación entre crecimiento salarial e inflación viene bajando en las últimas décadas, y se encuentra ahora cerca de sus mínimos históricos”. Esto, a su vez, se debe a que “en las últimas décadas, el poder de negociación colectiva de los trabajadores ha bajado a la par de la declinación en la afiliación sindical” (citado por M. Roberts, “Inflation: wages versus profits”, 9-5-22).

Pero si no es de los “salarios altos”, ¿de dónde proviene el impulso inflacionario? Para encontrar una explicación alternativa, nos da una pista el Economic Policy Institute (EPI), una reconocida entidad de investigación fundada por Robert Reich y Lester Thurow, entre otros economistas vinculados al Partido Demócrata. Según el EPI, resume Roberts, “desde el segundo trimestre de 2020, los precios del sector productivo en la economía de EEUU han subido a una tasa anualizada del 6,1%. Más de la mitad (53,9%) de este incremento puede atribuirse a mayores márgenes de ganancia; (…) los insumos no laborales (materias primas y componentes) también están impulsando los precios más de lo habitual. (…) Los costos del trabajo contribuyeron menos de un 8%” (ídem).

En verdad, aun en un contexto de reducción del desempleo, desde la recesión causada por el covid hay una reducción de la participación de los trabajadores en el ingreso total y una caída del salario real, lo que se da de patadas con la teoría keynesiana de la inflación. En cambio, la suba de la inflación coincide con una combinación de mayores márgenes de ganancia y de cuellos de botella logísticos en los sectores de producción de bienes, sobre todo durables.

Inclusive, el citado informe del BAI apunta a un factor adicional: la capacidad de formación de precios, medida en remarcaciones de precios por encima de los costos, subió a sus máximos históricos, algo de lo que hay múltiples evidencias. Esto no es toda ni la principal parte de la explicación –cabe recalcar esto contra las interpretaciones “voluntaristas”, no objetivas, de la dinámica económica–, pero sin duda aporta a la ecuación.

La conclusión de Roberts es que “la actual inflación no es el producto de la ‘demanda excesiva’ (keynesianos) o del ‘estímulo monetario excesivo’ (monetaristas). Es el resultado de un ‘shock de oferta’: una producción insuficiente y un quiebre de la cadena de suministros, inducida por la pandemia del covid y luego por el conflicto entre Rusia y Ucrania (…). Este ‘shock de oferta’ es en verdad una continuación de la desaceleración de la producción industrial, del comercio internacional, de la inversión y del crecimiento real del PBI que ya tenían lugar en 2019 antes de la pandemia (…) debido a que la rentabilidad de la inversión capitalista en las principales economías había caído cerca de sus mínimos históricos” (“The inflation debate”, 18-4-22).

Lógicamente, es imposible pretender dar aquí por resuelto el muy complejo debate sobre la explicación de la inflación en general y de su recalentamiento actual en particular. Sólo intentamos señalar y dar alguna cuenta de ciertos elementos que deben integrarse a una mirada marxista del problema sobre la base material del proceso de creación de valor y plusvalor. Lo que excluye, entonces, las vulgaridades liberales, keynesianas y monetaristas que no se condicen con los hechos pero sí se alinean sin mayor disimulo con las políticas e intereses del gran capital.

Los países pobres y “emergentes”, los mayores damnificados

Como observa con preocupación The Economist, la prensa y los noticieros le dan amplia cobertura a la angustia de los europeos ante la perspectiva de escasez y/o carestía de gas, pero “cualesquiera sean las privaciones de los países ricos, los países más pobres están peor. (…) La Reserva Federal y el FMI deberían facilitar el acceso a préstamos en divisas a países amigos [¿y los que no lo son? MY] pero en situación frágil. (…) Occidente ha mostrado cohesión y decisión para enfrentar la agresión de Putin. Ahora debe estar a la altura y mostrar liderazgo ante la tormenta económica” (“Fuel, food and fury”, TE 9287, 12-3-22). De más está decir que nada bueno puede esperar el “mundo emergente” de tal “liderazgo” de los países imperialistas, como enseguida veremos.

Las vías de contagio inmediatas para los países emergentes –hoy, los más expuestos a la “pandemia inflacionaria”– no pasan por Rusia de manera directa, sino por las consecuencias más difusas pero igualmente concretas del contexto bélico. El peso de Rusia en la economía mundial es mucho mayor que lo que indica su modesto 2% del PBI global, y sus aún más modestas conexiones financieras, en virtud de sus exportaciones de energía (sobre todo a Europa) y de granos (con los emergentes como principal mercado).

Precisamente, en lo que atañe al mercado de commodities agrícolas –al que Europa presta relativamente menos atención– la suba de precios pone en serios aprietos a muchos países de ingresos medios y bajos importadores de alimentos. La navegación comercial en el Mar Negro, la salida natural para las exportaciones rusas y ucranianas, está inmensamente afectada; la posibilidad de Ucrania de exportar los granos de la próxima cosecha está seriamente comprometida, con los tres principales puertos sobre el Mar Negro bloqueados y los dos siguientes en manos del ejército ruso. Por su parte, los cargamentos de origen ruso encuentran múltiples obstáculos, desde la negativa a estibar por parte de las empresas logísticas hasta los costos de seguros por las nubes y el desquicio de las cadenas de créditos y pagos. Como resumió un broker financiero, “a Ucrania no se puede llegar y a Rusia no se la puede tocar”. El saldo: el índice global de precios de alimentos es el más alto desde que se lleva registro (M. Roberts, “The inflation debate”, 18-4-22).

El Centro para el Desarrollo Global (un think tank de EEUU) calcula que la invasión rusa a Ucrania tendrá un saldo de por lo menos 40 millones de personas empujadas a la extrema pobreza; para tener una medida, en 2021 se estima que la pandemia derivó en 100 millones de pobres adicionales. Entre los mayores costos por importaciones de alimentos y energía, por un lado, y el estrechamiento de las posibilidades de financiamiento, por el otro, el Banco Mundial estima que una docena de países están en riesgo serio de default en los próximos doce meses.

Desde ese alerta ya hemos tenido un caso de default: Sri Lanka. En la lista figuran pesos más pesados como Pakistán, Egipto, Turquía y Ghana. Y ya desde 2020, más de una veintena de países tienen una ratio deuda externa/PBI superior al 100%, nivel que si es casi “normal” en los países más desarrollados, es casi inmanejable o como mínimo signo de alto stress financiero para el caso de economías más pequeñas y más pobres.

A este panorama de las eventuales consecuencias de la guerra en Ucrania cabe agregar su interacción con las tendencias previas. Una de ellas es el “ajuste de liquidez”, esto es, el fin de la abundancia de crédito y cash que acompañaba el entorno de tasas de interés, literalmente, por el suelo, lo que significa menos oportunidades de financiamiento para los emergentes. Por un lado, por el “vuelo a la calidad”, ilustrado por el fortalecimiento del dólar frente a las demás monedas; Michael Roberts observa que el dólar está en un pico máximo en veinte años en relación con una canasta de monedas de países desarrollados (“It’s not looking good for 2022”, 3-5-22). Por el otro, la conocida conducta de aversión al riesgo, en un contexto en que por fin los bonos del Tesoro de EEUU generan un interés del orden del 3%, no puede más que provocar un profundo daño a la cotización de los bonos soberanos.

En general, lo que se verifica es un aumento de la volatilidad en el conjunto de los mercados financieros y una, como mínimo, evidente desaceleración del ritmo de crecimiento económico global, si es que no desemboca en recesión abierta. Esto se traduce en una reevaluación del riesgo de los mercados emergentes, con la consiguiente suba del costo de financiamiento para economías que ya venían castigadas por la recesión motivada por la pandemia en 2020 y una recuperación, en muchos casos, insuficiente y a los tumbos.

La periferia capitalista será, sin duda, una de las grandes damnificadas por la “economía de guerra” 2022, ya que “como reza el dicho, en tiempos difíciles los inversores se preocupan menos por el retorno sobre el capital que por el retorno del capital”, es decir, menos por el eventual diferencial de ganancia y más por la seguridad de no perder el capital invertido (“Shock, stocks and barrels”, TE 9286, 5-3-22).

Otra amenaza es que el aumento de los precios de las commodities perjudica a más países de los que beneficia, sobre todo en alimentos y energía. De hecho, son muy pocos los países que pueden esquivar el impacto de uno u otro rubro, y muchos son dependientes en ambos. Países importantes ya están sufriendo el rigor, como Turquía –donde la inflación ya supera el 50%–, Nigeria, Egipto o Brasil. La resultante obvia de esto es un deterioro de sus cuentas corrientes externas (su saldo de ingresos y egresos en divisas), lo que a su vez repercute en su capacidad de repago de intereses de sus títulos de deuda.

Las presiones más acuciantes se harán sentir probablemente en primer lugar en el plano de lo financiero, o, lo que en los países emergentes es casi lo mismo, de la deuda pública. Un informe del Banco Mundial advierte que para las economías de ingresos medios la ratio deuda soberana/PBI está en niveles récord, mientras que el endeudamiento de los países de bajos ingresos se elevó hasta los niveles desastrosos de los años 90, cuando fue necesaria una condonación masiva.

Ese informe precisa que de los más de 70 países de ingresos bajos, más del 10% tienen niveles “insostenibles” de servicio de deuda, y la mitad de esos 70 y pico están en “riesgo alto” de llegar a ese nivel (“Running out of juice”, TE 9294, 30-4-22). Por supuesto, para los países importadores de alimentos y energía, el panorama es desalentador; el FMI estima que el PBI del conjunto del “mundo emergente” va a estar todavía a fines de 2024 un 5% por debajo de la tendencia pre pandemia. Digamos al respecto que la cifra correspondiente para los países desarrollados –excluyendo EEUU– es de un 1% por debajo de esa previsión; sólo EEUU quedaría apenas por encima.

Es verdad que el FMI, en un informe reciente, sostiene que si bien podría haber más países en riesgo de default, el riesgo de una “crisis sistémica” parece más acotado, en virtud de que varias economías importantes tienen cierto colchón de reservas en divisas acumulado en el período anterior, lo que reduce un tanto la chance de contagio financiero.

Pero no hay que exagerar el fortalecimiento del sector externo de los emergentes. Porque, contra el discurso oficial de los organismos multilaterales (y de muchos gobiernos), la tónica sigue siendo la fragilidad estructural en términos del balance de cuenta corriente, ya que el incremento relativo del peso de la deuda externa es en casi todas partes mayor a la acumulación relativa de reservas. Y los otros rubros de ingresos de divisas aparecen cada vez más problemáticos: “La inversión extranjera directa [en los países emergentes. MY] cayó de 600.000 millones de dólares en 2011 –un 40% de todos los flujos de capital– a 434.000 millones en 2020. Se podría argumentar que las inversiones financieras de multinacionales y especuladores extranjeras son lo último que necesitan esos países. Pero si los capitalistas extranjeros reducen sus inversiones ¿con qué se va a reemplazarlas, sea para la inversión productiva en esas economías pobres o simplemente para cubrir los repagos actuales de deuda? La respuesta es el dinero del FMI y del Banco Mundial, con toda clase de condicionamientos, y el incremento de remesas” de los emigrados en países desarrollados (M. Roberts, “The submerging markets debt crisis”, 3-4-2022).

Por lo tanto, sin ninguna duda habrá una acumulación de problemas en los países emergentes no sólo en el servicio de deuda, sino en el debilitamiento de sus monedas, en la menor capacidad fiscal y en la disminución del crecimiento económico, con los consiguientes riesgos para la estabilidad política.

Al respecto, cabe recordar que uno de los principales disparadores de la Primavera Árabe fue el alza imparable de los precios de los granos. Y estamos viviendo ahora “el mayor shock de precios de commodities desde 1973, y una de las peores disrupciones de la provisión de trigo desde la Primera Guerra Mundial. (…) Las subas de los precios de los alimentos en 2007-2008 condujeron a disturbios en 48 países, y ya hay hoy señales de inquietud y pánico”, especialmente en África y Medio Oriente (“Fuel, food and fury”, TE 9287, 12-3-22).

Justamente respecto de esa región, Roberts advierte que “incluso con los subsidios oficiales, la población de Egipto, Túnez, Siria, Argelia y Marruecos gasta entre el 35 y el 55 de su ingreso en alimentos. Viven al límite: incluso un pequeño incremento de los precios aumenta el hambre y la pobreza” (“The inflation debate”, 18-4-22).

El saldo de todos estos desarrollos es que para los países emergentes se ha abierto la posibilidad de una nueva “década perdida”, como lo fueron las de los 80 –sobre todo– y los 90. Perdida en todos los órdenes: para el crecimiento económico, la reducción de la pobreza, la modificación de las estructuras productivas que perpetúan el atraso y la dependencia y, last but not least, capacidad de los estados “soberanos” para tomar decisiones arbitrando con las tendencias globales. Lo cual es un amargo recordatorio de que las ilusiones de acercarse a los estándares del capitalismo desarrollado, alimentadas durante el boom de commodities de la primera década del siglo, eran sólo eso, ilusiones. La realidad del orden asimétrico y jerarquizado de la economía capitalista global, con su centro imperialista y su periferia dependiente y oprimida, se hace más patente en tiempos de crisis como los que vivimos.

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