• En el estadio Azteca del Distrito Federal en 1986 Diego Maradona se consagró como el mejor jugador del mundo de su época y el más determinante para su selección en un mundial de toda la historia. En el mismo lugar en que 16 años antes se despedía del centro de la escena del fútbol internacional “El Rey Pelé”.

Ariel Borenstein

La imagen con la Copa del Mundo es el símbolo de la llegada a cima del deporte más popular del planeta del mejor exponente del fútbol de barrio, de arte y rebeldía plebeya.

En término futbolísticos, los partidos de Maradona contra Inglaterra en cuartos de final y con Bélgica en semifinales extasiaron a propios y extraños. Contra los ingleses gambeteó a medio equipo contrario arrancando de atrás de mitad de la cancha, contra Bélgica eludió a casi la misma cantidad de rivales en mucho menos recorrido, al partir a metros del área rival. Cuestión de gustos futboleros el gol preferido de cada quien.

Si en estas tierras quedó más en la memoria el partido con Inglaterra fue sin dudas por la carga que tenía la en ese entonces reciente guerra de Malvinas. Pero también por el primer gol, en la que la misma picardía de barrio que tenía para jugar a veces también la tenía para hablar. “Fue la mano de Dios”, contestó a los periodistas que querían que de su boca reconociera que había cometido una infracción. Dijo de sí de hecho pero no de derecho podríamos decir en términos más afectos a otros lenguajes. Amagó salir para un lado y arrancó para el otro.

En ese mismo mundial, también se atrevió a alzar la voz contra las condiciones que imponía un negocio del fútbol en crecimiento que no permitía desplantes de los protagonistas, los jugadores. Al brasileño Sócrates le prohibieron usar vinchas con leyendas sociales, un rebelde de la “democracia Corinthiana”. Maradona protestó contra la FIFA que hacía jugar bajo el sol del mediodía mexicano para acomodar la función a la televisión internacional.

Maradona fue la primera mega estrella del fútbol de una FIFA comandada por Havelange que se vanagloriaba de que la redonda facturaba más que la General Motors: el deporte internacionalizado y envasado como producto. Con centro en Europa, más particularmente en Italia.

Siempre con sus armas de artista y rebelde de potrero, se manejó como pudo primero en la España de la furia, de la pierna fuerte, en donde lo quebraron con una patada criminal en la mitad de la cancha. Y tiempo después, en otro partido con el Atlético de Bilbao de Javier Clemente en el que lo molieron a patadas, se olvidó del profesionalismo y encabezó un remolino de piñas de todos contra todos como en un torneo por plata en Fiorito.

De allí fue a Nápoli, al sur pobre de Italia, y, sensible y pícaro, agudizó las contradicciones contra el Norte rico, contra la Juventus, afirmando el orgullo de los discriminados. En el Mundial ’90, después de salir campeón dos veces en la liga local justo en la semifinal Argentina jugaba con el local Italia en Nápoles, en el San Paolo y Maradona les recordó que “los mismos que los tratan de africanos ahora van a querer que hinchen por Italia”.

En publicaciones como Izquierda Web se escribe que Dios no existe y me tomo el atrevimiento de decir que en el fútbol tampoco. Maradona no fue D10S, fue el producto concreto, el más alto exponente, quizás el que sintetizó más características, de otros números diez que lo antecedieron y también de los que fue contemporáneo: diez de medias bajas, de gambeta, aceleración, gol, pegada, visión de juego, lujos y guapeza para seguir jugando cuando los intentaban frenar con violencia una y otra vez. El propio Maradona en el 86 contra Bélgica le dio la bienvenida al Mundial a Ricardo Bochini, su ídolo de adolescente, cuando entró al final del partido en el Azteca.

Fue el máximo exponente de ese tipo de fútbol, el más determinante en un Mundial pero el fútbol, deporte colectivo, no le permitió salir campeón en Argentinos Juniors, donde fue goleador cinco veces seguidas del campeonato, ni tampoco en su primer año en Nápoli, con el que recién ganó sus dos títulos históricos cuando le empezaron a traer al equipo jugadores italianos de primer nivel y luego a los brasileños Careca y Alemao.

Por eso, después de 15 años de primerísimo nivel, después del doping positivo en Italia en el 91, Maradona nunca recuperó un nivel determinante. Alfio Basile se negaba a sacar a Leo Rodríguez un buen jugador pero “terrestre” para poner a Maradona que había vuelto a jugar en Sevilla pero ya sin ser tan determinante como antaño. Recién volvió cuando esa selección que había ganado dos copas América perdió 5 a 0 con Colombia en los repechajes contra Australia. Unos meses antes Maradona había dejado a Newell’s para recluirse en una quinta en Moreno frustrado y en crisis. Las empresas periodísticas lo acosaron para fotografiarlo con helicópteros y Diego respondió con balines de aire comprimido.

La presión, la histeria, el patrioterismo futbolero de publicidad de Cerveza Quilmes lo hicieron intentar volver y en Estados Unidos, vino un nuevo doping. La misma FIFA que había permitido que se jugara sin controles en los partidos contra Australia de golpe le ponía un límite, reglas como a todos los mortales quizás para cobrarle sus desafíos, esos que incluyeron un esbozo de sindicato mundial de futbolistas.

La errática vuelta a Boca y su carrera despareja como director técnico sólo se explican desde los dueños de los templos que hablan de D10S con otros intereses, opuestos a la rebeldía, guapeza y arte del que Diego jugador fue el máximo exponente. Endiosarlo es injusto con él, es no reconocerle lo que hizo, lo que logró, que ni en la vida ni en el fútbol viene del cielo ni de un hipotético barbudo que también es una creación humana y a la que Diego le hubiese tirado un caño.

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