• Hace días, un obrero de la fábrica de neumáticos Pirelli en Argentina perdió la vida en su puesto de trabajo producto de la desidia empresarial. Escribe Jorge Ayala, obrero del neumático, sobre las aberraciones del capitalismo.

Jorge Ayala

El empresario en nombre de la producción te manda a morir a una máquina. Por eso no vamos a decir nada nuevo cuando hablamos de su falta de sensibilidad y su falta de humanidad. No vamos a decir nada nuevo diciendo que el capitalismo mueve la maquinaria de sus industrias utilizando la sangre de los trabajadores como lubricante.

La aberración empresaria no tiene límites a la hora de obtener ganancias, no tiene límites a la hora de lograr su sacrosanta producción.

Para el patrón el obrero no es más que un objeto que forma parte de la rueda productiva, es un mero número, es lo mismo que una tuerca. En definitiva algo que sólo sirve a sus fines.

A tal punto sostienen esta idea que no tienen ningún problema es mandar a los trabajadores a morir en su máquina. Y es precisamente esto lo que hizo la patronal de Pirelli en estos días dando la orden a un trabajador contratado, con poca experiencia, de que opere una máquina que no estaba en condiciones de ser trabajada. Esa orden asesina terminó con la vida del trabajador.

No hay explicación para las muertes absurdas, no hay explicación para los hechos imprevistos. Pero en este caso no es así. Aquí se combinaron el interés voraz de una patronal sin escrúpulos, su negligencia y el cinismo descontrolado de un solo objetivo: más producción.

Para la empresa no importa la vida, no importa la historia, no importa el sujeto. Lo único importante es el producto que representa ganancias. No importan su cuerpo, sus huesos, su sangre ni su memoria, muchos menos interesa su legado, su familia, sus hijos… nada, pero nada, se equipara a los pesos o dólares a obtener de una cubierta de mierda.

El capitalismo, el empresariado, se levanta y se construye sobre los cuerpos y la sangre obrera.

¿Cuántas veces más vamos a soportar que nos corten los dedos, que nos arranquen brazos, nos aplasten contra las maquinas o nos destrocen en pedazos en ellas? Todo para que salga una cubierta más. ¿Hasta cuándo vamos a tolerar la presión de las garras de la ganancia de pocos sobre el descuartizamiento de muchos?

Los responsables, los únicos responsables, son ellos, son sus máquinas, son sus fábricas. Lo único nuestro son nuestras propias vidas y hasta eso nos arrebatan. Entramos a sus cárceles sin saber si saldremos.

Así de repugnante es el capitalismo, así de degenerado. Son los empresarios que nos quitan todo.

Por eso no estamos en el mismo barco y jamás lo estaremos. Por eso ellos pertenecen a una clase y nosotros los trabajadores a otra. No existe solidaridad entre ambas, son sus intereses o los nuestros, son sus vidas o las nuestras.

Hoy una vez más debemos lamentar la pérdida de uno de los nuestros, la pérdida de un laburante que buscaba construirse un futuro, un mundo para él y su familia. Hasta aquí llegó su sueño. La máquina de la patronal de Pirelli, que no estaba en condiciones de ser operada, y la orden de ese mismo patrón, destrozó ese sueño.

Hay que prepararse para lo que viene. Ahora intentarán ensuciar su memoria, que la culpa de su muerte fue su responsabilidad, que hizo operaciones que no debía, que en definitiva su pérdida fue producto de su irresponsabilidad. Esto no habrá que soportarlo.

Y esto se replica en cientos de trabajo. Porque la esencia asquerosa del capitalismo contamina nuestras vidas.

Llegará el momento en nos quitemos esta podredumbre de encima, este veneno que nos liquida lentamente. Y el antídoto, el único antídoto, se encuentra en nuestras manos, en nosotros mismos, en nuestra capacidad de comprender que no los necesitamos para construirnos un mundo mejor.

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