• Pero decenas de millones de personas están amenazadas de no recibir suficiente alimentación, debido al hecho de la ausencia de ingresos, de protección social y de ruptura de las cadenas de abastecimiento.

Por Sophie Chapelle

Es un dato que resuena como una terrible advertencia. El número de personas al borde de la hambruna se podría doblar, de 135 millones en 2019 a 265 millones de aquí al final del año 2020, prevenía la ONU en un informe publicado los últimos días de abril. “Cuando nos enfrentamos a una pandemia de covid-19, estamos también al borde de una pandemia de hambre”, declaraba entonces el director ejecutivo del Programa alimentario mundial.

Las zonas de conflicto —entre las cuales están Nigeria, Sudán del Sur, Siria y Yemen— son particularmente susceptibles a la hambruna, así como India y varios países de África del Este (Sudán, Etiopía, Somalia) enfrentados a los estragos en todos sus cultivos por la peor invasión de langostas desde hace 25 años. A principios de junio, manifestaciones en Senegal han exigido el final del toque de queda instaurado tres meses antes por motivos sanitarios. “Los habitantes han agotado todas las reservas”, analiza Mamadou Cissokho, figura emblemática del movimiento campesino africano, para Basta!

Explotan la demanda de ayuda alimentaria

Con el confinamiento y la pérdida de ingresos, la clase media urbana, los jornaleros y quienes pertenecen a sectores informales y de servicios se han vuelto de repente vulnerables a la pobreza y al hambre. “Lo que revela esta crisis es un problema de accesibilidad. Al pedirles que pararan de trabajar, más de la mitad de la población marroquí se ha encontrado en una situación de precariedad de un día para otro”, observa Najib Akesbi, profesor-investigador en el Instituto de Agronomía de Rabat, donde el confinamiento iniciado el 19 de marzo se prolongó hasta el 10 de junio. Las ayudas asignadas en el país a la débil protección social son, cuando no inexistentes, en general insuficientes para mantener las necesidades esenciales.

Esta inquietud no concierne únicamente a los países del Sur. En Estados Unidos, casi un niño de cada cinco no recibe suficiente alimentación desde el inicio de la pandemia, según la alarmante constatación de la prestigiosa Brookings Institution. La interrupción de la alimentación en el medio escolar sería un factor determinante, al constituir el almuerzo del comedor el principal y a veces único aporte calórico de la jornada para millones de niños. En Francia, las largas filas de espera en Seine-Saint-Denis, durante las distribuciones de paquetes alimentarios, han causado impresión. El Seguro popular ha visto las demandas de ayuda alimentaria aumentar un 45% desde el mes de marzo, en relación al mismo período del año pasado, con una situación verdaderamente preocupante para los estudiantes.

¿Hay que temer un escenario similar a 2009 marcado por revueltas del hambre? En esa época, un episodio de El Niño —una corriente caliente al oeste de América Latina que perturba el clima en todo el globo— de una intensidad extrema arruinó las cosechas. Una mala producción y stocks insuficientes causaron entonces un aumento espectacular de los precios, añadiéndose a la crisis financiera mundial.

43 días de stocks de cereales en la Unión Europea

“No hay ningún temor de escasez”, repite sin embargo Philippe Chalmin, profesor de Economía en Paris-Dauphine, invitado por varios medios de comunicación desde el inicio de la pandemia de covid-19. El mundo nunca ha producido tanto, asegura. El Consejo Internacional de Cereales anticipa asimismo una temporada récord para 2020-2021 y cosechas a la altura de 2.200 millones de toneladas de cereales.

“La producción mundial de cereales y los stocks alimentarios están en un nivel excelente”, confirma Olivier De Schutter, relator especial de la ONU sobre pobreza extrema y derechos humanos (y ex relator especial para el derecho a la alimentación). Teme sin embargo que el abastecimiento se ponga en peligro a medio plazo. Las restricciones a las exportaciones, puestas en práctica por algunos países como Rusia, Ucrania y Kazajistán para el trigo, o Vietnam para el arroz, serían inquietantes si se prolongan.

La Unión Europea dispone por ejemplo de un nivel de stock de cereales equivalente al 12% del consumo anual, es decir 43 días, frente al 18% de Rusia, 23% de India, 25% de Estados Unidos y 75% China (es decir, nueve meses de consumo). La principal amenaza viene sobre todo de la demanda, según Olivier De Schutter. La recesión económica que se perfila va a afectar en primer lugar a los “4.000 millones de individuos en el planeta que viven sin ninguna red social”.

La dependencia del sector agrícola de una mano de obra precaria

Si las escuelas, restaurantes, mercados reabren progresivamente en ciertos países, las oportunidades siguen siendo todavía muy parciales, causando pérdidas y despilfarro. En Estados Unidos, la hiperconcentración del sector de la carne bovina, controlado en un 80% por cuatro multinacionales, ha mostrado su vulnerabilidad. El covid-19 ha sacado a la luz además la dependencia del sector agrícola de los migrantes estacionales bloqueados en las fronteras. El Gobierno francés había, así, lanzado, a finales de marzo, un llamamiento a trabajadores para paliar la ausencia de esta mano de obra precarizada. Se recibieron cerca de 300.000 solicitudes, pero sólo se firmaron 15.000 contratos hasta el 11 de mayo, con motivo principalmente de la dureza del trabajo y de las competencias requeridas. Numerosos agricultores han renunciado, de esta forma, a recolectar una parte de su producción.

La comisaria europea de Asuntos Interiores, la sueca Ylva Johansson, ha llamado a un levantamiento a finales de junio de todas las restricciones y controles en las fronteras interiores de la Unión Europea. Determinados países ya han relajado las reglas para recibir trabajadores agrícolas estacionales, esencialmente provenientes de Europa del Este. Una explotación agrícola británica ha fletado incluso un avión para transportar a cerca de 180 polacos a Inglaterra, “fuera de todos los canales oficiales”, según el embajador de Polonia en el Reino Unido. Las fronteras exteriores de la UE siguen en cambio cerradas para los extracomunitarios con una duración indeterminada. “Las trabajadoras marroquíes salidas para el sur de España justo antes del inicio de la pandemia y cuyo contrato debía finalizar a finales de mayo, están bloqueadas allí porque las fronteras siguen cerradas”, alerta Najib Akesbi.

Los acuerdos de libre comercio: “acuerdos de pobreza económica”

Como apunta Olivier De Schutter, “tenemos un sistema que ha animado a cada región a especializarse para satisfacer las necesidades del mercado mundial”. Ucrania y Rusia suministran trigo, Vietnam, India y Tailandia producen arroz para África del Oeste. “Todo eso funciona bien… hasta el día en que las cadenas de suministro se rompen por motivos climáticos, sanitarios, económicos o geopolíticos. Y entonces el sistema revela hasta el fondo toda su fragilidad”. En 2018, por ejemplo, los países de África subsahariana como Somalia y Sudán del Sur importaron más de 40 millones de toneladas de cereales.

En Marruecos, el 90% del consumo de aceite es importado. “Nuestro país sigue siendo el campeón de los acuerdos de libre comercio con un componente agrícola y alimentario consistente. Nada indica que el Gobierno renuncie al modelo agroexportador. Moviliza cada vez más medios para exportar cada vez más productos para el mercado europeo. En contrapartida, la dependencia alimentaria va in crescendo”, lamenta Najib Akesbi. “Los fundamentos no cambian, los gobiernos parecen atrapados en un sistema que no dominan”, confirma Mamadou Cissokho. Los acuerdos de asociación económica son a sus ojos “acuerdos de pobreza económica”. Con la red de organizaciones campesinas de África Occidental, lucha por sistemas alimentarios que dependan de los productos locales para hacer vivir la economía rural.

 

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