Crece la violencia política en Brasil

Por un frente de izquierda que impulse las luchas en las calles para derrotar al neofascismo bolsonarista.

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Traducción del portugués por Luz Licht

“Las armas de la crítica no pueden, de hecho, sustituir la crítica de las armas; la fuerza material tiene que ser depuesta por la fuerza material, pero la teoría también se convierte en fuerza material una vez que se encarna en las masas. La teoría es capaz de encarnarse en  las masas siempre que demuestre su verdad frente al hombre, siempre que se torne radical. Ser radical es atacar el problema desde sus raíces. Para el hombre, sin embargo, la raíz es el propio hombre.” (Introducción a la Crítica de la Filosofía del Derecho de Hegel – Karl Marx)

El asesinato de Marcelo Arruda no es un hecho aislado y preanuncia enfrentamientos políticos más duros de aquí a las elecciones de octubre. Así, las candidaturas de la izquierda socialista y sus organizaciones – Vera Lúcia (PSTU), Sofia Manzano (PCB) y Leonardo Péricles (UP) – deben inmediatamente sentarse a la mesa para juntos conformar un frente político de luchas para impulsar la movilización en las calles como tarea central.

En la noche del sábado pasado, 9/7, en Foz do Iguazú (estado de Paraná), el policial penitenciario federal, Jorge José da Rocha Guaranho, invadió la fiesta de cumpleaños número 50 de Marcelo Aloízio de Arruda, que acontecía en la Asociación Deportiva de Salud Física Itaipu, y lo asesinó de dos disparos. Los relatos de los testigos y las filmaciones dan cuenta de que alrededor de las 22 horas, Guaranho, que estaba con su esposa e hijo, detuvo su auto frente al local en que transcurría la celebración – que tenía como tema al PT y Lula – e irrumpió al grito “acá está Bolsonaro” y “Lula ladrón”, y todo un conjunto de improperios.

Arruda pensó que se trataba de un conocido que había llegado a la fiesta, según testimonios la víctima tenía amigos bolsonaristas y pensó que los gritos del lado de afuera se trataba de una broma de algún conocido. Pero, cuando llegó a la puerta del local donde se realizaba la celebración y se topó con el agresor, quien después de una rápida discusión, lanzó amenazas y sacó su arma y dijo que volvería para “matar a todo el mundo”. Como Arruda tenía un arma registrada, fue a buscarla a su auto temiendo que las amenazas se confirmasen. Después de 20 minutos, de forma premeditada, el agresor regresa empuñando el arma, también la mujer de Arruda, que es policial civil, colocándose en frente y se identificó para evitar que los disparos. Aún así, Guaranho dispara y alcanza inicialmente la perna y después impacta al petista en las costillas, todavía pudiendo reaccionar, Arruda gira y lanza disparos que alcanzan al bolsonarista.

Como balance de ese show de horror, tuvimos la muerte de Arruda y el sufrimiento de sus familiares y compañeros, pero su reacción junto a su compañera y de los demás presentes, salvaron otras vidas que pudieron haber sido tomadas por la violencia bolsonarista. Este es un hecho transcendente y corrobora la dinámica violenta del proceso que estamos viviendo. Así, debe ser respondido con toda la seriedad y consecuencia por la izquierda, particularmente, por la izquierda radical.

¿Los partidos de la coalición Lula-Alckmin recurren a los golpistas?  

Ciertamente este es un crimen que tiene una motivación política y es responsabilidad de Bolsonaro y de su movimiento que pasa cada vez más de la violencia simbólica en las redes a la violencia física en las calles. la premeditación del crimen político contra Arruda es de difícil refutación, pues él era una figura pública en la ciudad siendo tesorero del PT, había sido candidato a vice-prefecto en las últimas elecciones municipales y era director del sindicato de los Empleados Municipales de Foz do Iguazú (Sismufi).

Ante la violencia contra dirigentes sociales, indígenas, mujeres, ecologistas, sindicalistas y la izquierda en general, Bolsonaro invariablemente se coloca del lado del agresor y responsabiliza a la víctima. Apenas el domingo a las 19h se pronunció sobre el caso afirmando cínicamente que “quitamos cualquier tipo de apoyo a quien practica violencia contra opositores. Para ese tipo de gente, pienso que por coherencia se cambie de bando y apoye a la izquierda, que acumula un historial innegable de episodios violentos”.

Ayer el mismo tono se mantuvo, en una conversación con seguidores frente al Palacio de la Alvorada, dijo: “ustedes vieron lo que ocurrió ayer, no? Un enfrentamiento de dos personas allá en Foz do Iguazú. ‘Un bolsonarista no sabe de aquello’. Ahora, nadie dice que el Adélio estaba afiliado al PSOL, no? El único medio que tengo es ese que está ahí en sus manos”. El vice-presidente, Hamilton Mourão, fue en la misma línea, después de afirmar que el hecho no tiene nada de político, reforzó que esa es una suceso de “todo fin de semana”, son riñas de “gente que probablemente bebe y entonces ocurren las cosas”.

Del lado petista, Lula por las redes el domingo destacó el heroísmo de Arruda que “evitó una tragedia mayor”, pidió “comprensión y solidaridad” a los familiares Guaranho, que “perdieron un padre y un marido por un discurso de odio estimulado por un presidente irresponsable” y afirmó que “necesitamos de democracia, diálogo, tolerancia y paz.”

Días después, en una reunión del consejo político de la candidatura de Lula que cuenta con los presidentes de los partidos que componen el frente electoral (PT, PSB, PSOL, Red, PV, PC de B y Solidaridad), según los participantes, Lula pidió cautela en virtud do crecimiento de los casos de violencia que no se pueden dejar intimidar y que no se debe responder provocaciones con violencia, según uno de los participantes, “traduciendo, lo que Lula recomendó es vamos responder con flores”.

En un texto conjunto, los presidentes de los partidos de la coalición, ante el aumento de la violencia política neofascista, se limitan a defender apenas una “amplia movilización de las instituciones y partidos comprometidos con la democracia y contra la escalada de violencia de forma de garantizar una disputa civilizada en la campaña política”. La gran orientación atinada por los dirigentes de la coalición fue recorrer las instituciones, campañas del congreso nacional, normativización electoral del Tribunal Superior Electoral y federalización de las investigaciones por la Procuraduría General de la República. Según Gleisi Hoffmann, es preciso un “contrapunto institucional” para que tengamos elecciones pacíficas.

El asesinato político como tendencia

Un informe del Observatorio de la Violencia Política y Electoral organizada por profesores de la Universidad Federal del Estado de Río de Janeiro encuentra un crecimiento atípico de la violencia política (amenazas, agresiones y asesinatos) en Brasil. En relación al 2020, tuvimos en 2022 un crecimiento del 23% de la violencia política en los primeros seis meses del año, pasamos de 174 a 224 casos respectivamente.

Además del crecimiento de los casos, el aumento de la violencia no era esperado por los investigadores porque con relación a las elecciones municipales ocurridas en 2020, las elecciones de este año tienen un número mucho menor de candidatos, lo que puede ser explicado, lógicamente, por la recurrencia con la cual Bolsonaro y el bolsonarismo utilizan la violencia como lenguaje político, método y estrategia. Todos recuerdan la campaña de 2018 cuando Bolsonaro hizo un gesto para las cámaras simulando tener una ametralladora y afirmó que iba a fusilar a la «petralhada» (en alusión al PT) y que los que estaban contra él terminarían en la «punta de la playa» (en alusión a un centro de tortura de la dictadura militar).

Según los investigadores, el tipo de violencia que ha predominado hasta ahora es el de tipo local, pero no podemos descartar que la violencia motivada por la disputa nacional no se generalice como método para asegurar el mantenimiento del bolsonarismo en el poder. El caso del asesinato de Arruda no es un evento aislado o la acción de un lobo solitario, los datos del crecimiento de la violencia política confirman esto. El día 15/06, la manifestación de apoyo a Lula fue atacada en Uberlandia (Minas Gerais),  el día 7, antes de que Lula llegase una bomba casera fue lanzada a la multitud en el centro de Río de Janeiro. Además de eso, parte del crecimiento de la violencia policial en las periferias de las grandes ciudades y la violencia en el interior del país, pueden ser atribuidas al bolsonarismo que desde el poder ha facilitado, incentivado y organizado la violencia estatal y paraestatal.

En Brasil desde el ascenso del bolsonarismo no vivimos solo la polarización típica de las décadas anteriores, aquella que había entre el PT y el PSDB durante los años 1990 y la primera década de este siglo, o sea, entre dos fuerzas exclusivamente parlamentarias, entre la derecha e izquierda del orden. La derecha, inicialmente capitaneada por el PSDB, no acepto el resultado de las elecciones de 2014 y puso en curso un movimiento de calles pro-impeachment que derribó a Dilma Rousseff, abriendo definitivamente las portas a las contrarreformas, a la prisión de Lula y la elección de Bolsonaro sin que el PT esbozara una reacción a la altura de los hechos.

Ciertamente el bolsonarismo es un fenómeno responsabilidad de la clase dominante, que precisaba de un gobierno bonapartista de extrema-derecha para imponer los duros ataques. Sin embargo, afirmamos reiteradamente que no podemos dejar la política de conciliación de clases do PT – que se repite en forma de farsa con la fórmula Lula-Alckmin – fuera de la ecuación para que entendamos el conjunto de los elementos que nos trajeron hasta aquí. O sea, los años 90 no existen más, al contrario de la difusión por los grandes medios de la polarización entre Lula y Bolsonaro, vivimos hoy una pseudo polarización, pues ocurre entre una fuerza que combina la actuación parlamentaria y extraparlamentaria (bolsonarismo) y una fuerza exclusivamente parlamentaria (el lulismo y sus satélites).

Esta es la situación estructural que explica los sucesivos “golpes”, maniobras reaccionarias, que estamos viviendo desde el impeachment de Dilma y que platea un peligro real para los derechos democráticos. El hecho de no haber efectividad plena hoy para una u otra maniobra reaccionaria que signifique la permanencia de Bolsonaro en el poder independiente de la voluntad popular, como ocurrió en 2018 con la prisión de Lula, no significa que las condiciones sociales y políticas no puedan ser construidas hasta octubre. Hoy por hoy no se tiene la correlación de fuerzas para un golpe que no permita las elecciones. Bolsonaro tiene aún apenas un tercio del electorado, tenemos inflación alta, récords de hambre, la falta de apoyo a la extrema-derecha por el imperialismo y por la mayoría de la burguesía para una eventual aventura golpista.

Sin embargo, tenemos elementos vivos dentro de la coyuntura que pueden alterar este escenario y una nueva efectividad de las maniobras más favorable al golpismo ocurrir. Si la PEC 15 pasara a la Cámara de Diputados, Bolsonaro, que en la última encuesta demostró una ligera recuperación, actuará sobre los sectores más empobrecidos que son más del 40% de la población, pasando el Auxilio Brasil de R$400 a $600, además de la ayuda a los camioneros y taxistas. Eso sumado al control de precios de los combustibles, propiciado por la reducción del Impuesto sobre la Circulación de Mercancías y Servicios (ICMS) de los estados y la imposición de un nuevo presidente para Petrobras – comprometido con no aumentar el precio de los combustibles hasta octubre, enfriando la inflación -, son elementos que pueden generar un aumento de las intenciones de voto para Bolsonaro, haciéndolo acercarse a un empate con las intenciones de voto a Lula.

Una coyuntura de mejoría de las condiciones políticas para Bolsonaro, puede ser extremadamente peligrosa. En condiciones políticas más favorables, acciones solitarias, como el asesinato de Arruda pueden combinarse con una movilización golpista orquestada por el bolsonarismo utilizando su capacidad de movilización violenta, extraparlamentaria, para imponer el terror en las calles, neutralizar a la oposición y garantizar escenarios golpistas.

Podemos tener un escenario en que, 1) a pesar de algunas escaramuzas, las elecciones no sean cuestionadas ganando o perdiendo Bolsonaro; 2) a partir de mejorías episódicas de las condiciones económicas hagan que Bolsonaro pierda con un pequeño margen y no quiera entregar el poder exigiendo el recuento de votos; 3) en forma de autogolpe Bolsonaro ante la derrota inminente llame al aplazamiento de las elecciones, prorrogando  su mandato y el del Congreso. De cualquier forma, no parece haber un escenario posible que no pase por la disputa en las calles y por el recrudecimiento de la violencia política, es esa la estrategia a la que apuesta el bolsonarismo.

En otras palabras, lo que aún no se efectivizó hasta hoy, pues todas las condiciones para un golpe no están dadas, trae elementos y contradicciones internas que en la dinámica pueden cambiar la coyuntura. El bolsonarismo no es un perro muerto, tiene poder parlamentario y extraparlamentario, trabaja diariamente para crear las condiciones para una maniobra golpista más, en tanto, la izquierda del orden se conforma con actuar en el campo meramente parlamentario.

Por fuera de la movilización de masas no se derrota al golpismo 

No podemos dejar de considerar que en la realidad efectiva hay posibilidades, elementos y contradicciones de una dinámica que podría poner al golpismo en condiciones más favorables, como hacen muchas corrientes sectarias, eso es un crimen político, por un lado. De la misma forma, confiar en las instituciones del estado dominadas por el bonapartismo bolsonarista para hacer una defensa de la democracia – como hacen el PT, PSOL y compañía – es también un crimen político, por otro lado. Es preciso negar vehementemente las dos formas de unilateralismo – el sectario y el oportunista – y apostar todas las fichas a la movilización directa de los trabajadores y a su auto-organización para derrotar al neofascismo bolsonarista e imponer una correlación de fuerzas favorable para  nuestra clase, lo que solo eligiendo a Lula no sería posible.

Pese a las diferencias políticas con la dirección del PT, somos solidarios con la esposa de Arruda, amigos, familia y militantes de base que ante la violencia neofascista actuaron de forma valiente, violencia esta que aun no dio verdaderas muestras de su capacidad de imponerse por la fuerza y que por eso precisa ser enfrentada y aplastada. La cuestión política que debe ser discutida es que la estrategia de la dirección del PT de conciliación de clases – así como la del PSOL que liquido al partido rifando su independencia de clase negándose a inclinarse por tácticas efectivas de lucha contra el bolsonarismo -, de no llamar a la lucha directa y la auto-organización y autodefensa de nuestra clase. O sea, actuar en los exclusivos límites de la acción parlamentaria, contribuirán para crear las condiciones para la victoria de Bolsonaro en 2018 y ahora, con la misma estrategia, desarman a la resistencia ante los peligros neofascistas.

Los partidos que componen el frente de conciliación de clases Lula-Alckmin depositan confianza en las mismas instituciones que están dominadas casi que en su totalidad por el bolsonarismo, como es el caso del Congreso, de la PGR y de la PF. Ya conocemos esta historia, la confianza en el aparato estatal dominado por el bonapartismo de derecha contribuye a la derrota de la clase trabajadora alemana y ala ascenso del nazismo en la década del 30, así como ocurrió en otras experiencias históricas. Ciertamente aunque es necesario hacer exigencias, cabe también denunciar a estos órganos y afirmar categóricamente que la defensa de los derechos democráticos, de la vida de nuestros dirigentes y otro futuro mejor están exclusivamente en nuestras manos. Será a través de la movilización de masas en las calles y de la organización de la autodefensa – no en la confianza en las fuerzas represivas como siempre pretenden los conciliadores de turno – desde los organismos de base  con un programa anticapitalista al frente es que podremos hacer al neofascismo recular y derrotarlo.

Así, los actos de campaña de todas las candidaturas de la izquierda de hecho precisan ser transformados en actos contra el golpismo. Además de eso, una prueba fundamental será el próximo 7 de septiembre. El bolsonarismo quiere hacer una gran demonstración de fuerza, un ensayo golpista más poderoso que el del año pasado. Por esa razón, las candidaturas de la izquierda socialista y sus organizaciones – Vera Lúcia (PSTU), Sofia Manzano (PCB) e Leonardo Péricles (UP) – deben inmediatamente sentarse en la mesa de un frente político y a partir de ahí organizar acciones comunes que lleven a las masas a la exigencia de que Lula, el PT, la CUT y la dirección de todos los aparatos de masas encaren de una vez la necesidad de enfrentar al bolsonarismo a través del movimiento de masas en las calles. Solo la auto-organización de las masas puede construir la fuerza material que ponga al bolsonarismo y a la clase dominante a la defensiva para que podamos combatir el hambre, el desempleo, la violencia, la precarización y todas los males impuestos por la clase dominante y sus gobiernos.

Por eso decimos:

¡Bolsonaro es el responsable político!

¡Justicia por Marcelo Arruda!

¡Por un frente político de las candidaturas de la izquierda socialista para organizar la lucha!

¡Lula, el PT y la CUT deben llamar a la movilización en las calles y organizar Comités de Autodefensa para enfrentar la violencia política neofascista!

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