Un análisis de la segunda ola del Coronavirus, la pandemia que prende las alarmas de la economía mundial por sus implicancias económicas en algunas de las principales potencias mundiales.

Por Marisa Victoria

En el primer artículo que publicamos sobre la epidemia del Coronavirus novel COVID-19 (como lo denominó ahora la OMS), la cifra total de personas infectadas rozaba 30.000 y el 99% de los casos se encontraba en China. Eso fue hace poco menos de un mes.

Hoy, los casos son más de 100.000 y la cantidad de casos nuevos es mayor fuera de China, lo que ha llevado a la cuarentena a Italia. ¡Un país entero! Este hecho marca un cambio profundo en la dinámica de la transmisión del virus y plantea el escenario de que se extienda por el resto del mundo. La tasa de mortalidad agregada (todos los casos de todos los países) sigue rondando el 2%, sin embargo, se sigue considerando que el 80% de las personas que contraen el COVID-19 experimentan síntomas leves y moderados, como una gripe y no necesitan atención hospitalaria. Del 20% restante puede evolucionar a una neumonía severa que requiere atención médica o internamiento hospitalario.

El perfil de quienes han muerto por esta infección indica que la mayoría son hombres, mayores a 55 años y con otras afecciones respiratorias o cardíacas previas (comorbilidades varias). Tomando en cuenta que en China se estima que entre el 50 al 80% de los hombres son fumadores activos (mientras que las mujeres son menos del 4%), se entiende la composición de este dato epidemiológico. Sigue sin haber tratamieto específico, sólo se tratan los síntomas y se previene con antibióticos las infecciones bacterianas secundarias en las personas en las que la infección tiene un desarrollo más severo.

De 24 países con casos confirmados hace un mes, hoy pasamos a 74, pero la gran novedad es que en varios de esos países los casos nuevos ya no se clasifican como casos importados (principalmente de China), sino como casos adquiridos por transmisión local: las personas que se están contagiando del virus no han viajado a China ni han tenido contacto directo con alguien que hubiera viajado a China. Esto plantea un cambio en el abordaje de las instituciones de salud, para empezar con la definición de caso, que es la descripción de los signos, síntomas y características epidemiológicas que presenta una persona para poder confirmar un diagnóstico. (1)

En el caso del COVID-19 se había venido trabajando con definiciones de caso amplias que permitían captar a todas aquellas personas que pudieran ser un caso sospechoso para limitar sus contactos y si era necesario, ponerles en cuarentena preventiva por hasta 14 días. Se partía entonces de que un caso sospechoso por COVID-19 era aquel en el que una persona presentaba síntomas respiratorios que causa el virus (fiebre, tos, dificultad para respirar, faringitis, entre otros) pero además que la persona hubiera viajado a alguno de países en los que hay transmisión activa, principalmente en China (o hubiera tenido contacto directo con alguien que viajó a China) en los últimos 14 días. (2)

La realidad ha cambiado y por lo tanto esta definición de caso quedó obsoleta a medida que se suman los casos fuera de China y la transmisión local en otros países aumenta. La OMS y las autoridades de cada país van variando entonces las definiciones de caso, que ahora deben incluir pruebas de laboratorio que confirmen o descarten con mayor certeza la presencia del virus (que comparte síntomas con muchas otras enfermedades respiratorias) y eso significa una oportunidad enorme de negocio para la industria médica y farmacéutica que ya está teniendo un impacto en el desarrollo de la epidemia.

Antes de profundizar en esto, hay que repasar la situación en varios países claves que han elevado la alerta mundial que antes se clasificaba como MUY ALTA en China y ALTA en el resto del mundo a MUY ALTA a nivel global: Corea del Sur, Italia, Irán y EEUU.

Primero Corea del Sur. Es el segundo país con más casos después, a marzo 3 se contabilizan más de 4200 y el primero en número de casos nuevos en todo el mundo, sobrepasando a China. Aunque el aumento de casos es alarmante, las medidas drásticas de cuarentena que fueron implementadas en China no son tan fáciles de imponer en otras democracias liberales, es el caso de Corea en el que se solicitó a las personas mantenerse en casa voluntariamente si presentaban síntomas y evitar las aglomeraciones de personas, sin embargo, varias congregaciones de iglesias neo-pentecostales hicieron caso omiso a esta recomendación básica y no cancelaron sus reuniones. Una de estas sectas en particular -la Shincheonji Church of Jesus- es la señalada como responsable de la dispersión del brote y el consecuente aumento vertiginoso en el número de casos en las últimas dos semanas. (3)

El abordaje del gobierno coreano ha sido aplaudido por la Organización Mundial de la Salud y por la prensa, puesto que han tamizado a más de 100.000 personas en menos de dos semanas, con estaciones de prueba con formato de autoservicio, lo que les ha permitido contener a las personas en el inicio de la infección y cortar la cadena de transmisión, además porque en comparación con otros países han publicado cifras diariamente, lo que se percibe como un compromiso con la transparencia ante la epidemia. En este aspecto, no han faltado la atención al llamativo contraste de la situación en el norte de la península: en Corea del Norte, a pesar de tener frontera con los dos países con más casos de COVID-19 en todo el mundo, el régimen de Pyongyang no reporta ni un solo caso, ni sospechoso, ni confirmado, como que el asunto no es con ellos.

En Italia,  que se turna con Irán el tercer lugar en países con más casos nuevos y con más muertes, -después de China- al inicio del brote en Wuhan, el gobierno tomó la medida de restringir el ingreso de personas y cancelar todo el contacto aéreo con China y sin embargo hoy ya más de 2000 casos, la medida fue criticada por estar en el marco de las políticas abiertamente xenofóbicas anti-inmigración que ha implementado en el gobierno de Salvini y los resultados demuestran que las iniciativas de salud pública basadas en relatos racistas no ofrecen ninguna ventaja comparativa ante una emergencia de este tipo. En este momento es el país europeo con más casos y aunque la mayoría se encuentran en la región de Lombardía, ya hay casos reportados en Roma, una de las capitales turísticas más visitadas del mundo.

Italia preocupa a sus vecinos europeos porque está en el corazón de la zona euro, que ya ha visto desaceleración económica por la expansión del virus, pero además por el hecho de que tiene una de las poblaciones más envejecidas del continente y una enfermedad como la causada por el COVID-19, que afecta de forma más severa a personas mayores y con otras enfermedades crónicas respiratorias, tiene el potencial de ser particularmente letal en estas condiciones.

En Irán la situación ha tomado un giro bastante dramático en la última semana, está detrás de Italia en el número de casos, pero es el país con más muertes por COVID-19 fuera de China. El gobierno islámico del Ayatola desestimó el impacto que podría tener el virus en el país y hasta se jactó de mandar mascarillas de sobra a China, al mismo tiempo que las medidas de prevención fueron difundidas mediocremente, presumiblemente porque la primera ronda de las elecciones legislativas se convocó para el 21 de febrero, y ante la crisis de legitimidad y las protestas que atravesaron el país en los últimos meses, una alta participación le podía lavar la cara a la institucionalidad islámica.

La consecuencia es que la epidemia se ha convertido en una crisis de seguridad nacional en sí misma, con hasta 23 miembros del parlamento, el vicepresidente y el viceministro de salud (y encargado del equipo de respuesta para COVID-19) con infecciones confirmadas para el virus. Justo este mismo oficial, aparecía en vivo en la ya infame conferencia de prensa sudando profusamente debido a la fiebre, claramente sintomático y sin ningún equipo de protección, publicitando la fortaleza del sistema de salud iraní ante la amenaza de la epidemia. Hay reportes anónimos en todos los principales medios de comunicación fuera de Irán de que la primera medida que están tomando las autoridades es el secretismo, que están intentando mantener la imagen de fuerza de la república islámica antes que asumir la gravedad de la situación: no hay mascarillas suficientes para el personal de salud, no hay suficientes pruebas de detección y, por lo tanto, la cifra de más de 2000 personas infectadas es probablemente una grave subestimación de la realidad. (4)

El contexto geopolítico, como siempre, tiene consecuencias determinantes para Irán, las fuertes sanciones económicas que EEUU tiene sobre el país han impulsado en los últimos años a estrechar lazos con su principal socio comercial, China, que en el momento no está en posición de donar pruebas, ni mascarillas, ni nada, mientras lucha contra la epidemia en sus propias ciudades. La OMS anunció en su último reporte de situación que había enviado un equipo de trabajo a Teherán para apoyar los esfuerzos de las autoridades para combatir la expansión del COVID-19, y probablemente para evaluar la verdadera situación.

Finalmente, llegamos a EEUU. Si bien apenas se superan los 100 casos, ya hay más de 9 muertes reportadas y el potencial impacto negativo para la principal economía del mundo puede ser devastador. Ya varias compañías como APPLE han reportado problemas con la cadena de suministros de sus productos electrónicos porque las líneas de producción en las fábricas chinas llegaron casi a detenerse por las órdenes de cuarentena, y en la última semana de febrero el índice Dow Jones sufrió la peor caída desde el estallido de la burbuja inmobiliaria en el 2008 que sumió al mundo entero en una fuerte recesión.

Ya hay un primer brote del virus identificado en el estado de Washington en la costa oeste, en un asilo de ancianos en el que el personal de salud no usó las medidas de protección personal para atender las llamadas de atención, porque los pacientes no cumplían la estrecha definición de caso de haber viajado a China recientemente, sin embargo, uno de ellos resultó ser un contacto indirecto que terminó desatando el brote. Esta clara displicencia en el marco de la amenaza de una pandemia, retrata al gobierno de Trump, que puso a cargo del equipo para enfrentar la crisis a su vicepresidente Mike Pence, un fundamentalista religioso que ha desestimado la ciencia en múltiples ocasiones en su carrera política, llamando a enfrentar la incidencia de casos VIH en el estado de Indiana cuando fue gobernador mediante las oraciones, claramente la situación se deterioró y se convirtió en un importante brote hasta que el gobierno federal mediante el CDC (Centro para el Control de Enfermedades) le obligó a adoptar medidas reales y efectivas.

EEUU pretende afrontar la epidemia de COVID-19 con uno de los sistemas de salud más desiguales de todos los países industrializados, con instituciones federales como la FDA (Administración de Drogas y Alimentos) encargada de avalar tratamientos y pruebas diagnósticas completamente tomadas por el lobby farmacéutico.

En los últimos días ha trascendido que las pruebas diagnósticas con las que cuenta el país -las únicas aprobadas para su uso por la FDA- no tienen la eficacia requerida, por lo que los resultados no son confiables, además, el cargo de la prueba (que en Corea del Sur es de alrededor de $15 para personas sin seguro), puede alcanzar los $3000 bajo el sistema de aseguradoras de salud en EEUU, como si no fuera suficiente, ha habido demoras importantes el tiempo de reporte de resultados. En medio de cuestionamientos falta de transparencia sobre los datos epidemiológicos a países con gobiernos autoritarios de todo el mundo, hace dos días el CDC dejó de incluir en su reporte diario de situación la cantidad de pruebas realizadas: sólo se reporta el número de casos nuevos y casos confirmados.

Hasta lo más recalcitrante del establishment republicano que ha sido enemigo público de la expansión mínima los programas de salud nacionales como fue la política de Obamacare, han reconocido que ante la emergencia por COVID-19, ellos con sus seguros de salud privados están tan seguros como lo está cualquier persona sin seguro, pasa que en EEUU hay 27 millones de personas sin cobertura alguna de seguro de salud. (5)


Referencias

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