Brasil después de Bolsonaro: notas sobre una “sociología política”

Nos interesa desarrollar algunas notas de lo que podríamos llamar una suerte de “sociología política” del Brasil contemporáneo.

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Abaporu, Tarsila de Amaral, 1928

“En vez de religión en la política, debemos hablar de la religión como política (como una identidad política). Más que una forma religiosa de la política, que separa forma y contenido, o más que la religión entrando en la política, como si nunca hubiese estado en ella, hacer religión ha sido hacer política”

Ronaldo de Almeida, Folha de Sao Paulo, 27/10/22

 

“Cuando todas las alternativas parecen imprevisibles, aflora la contundente metáfora de Bacurau. Después del enorme saqueo causado por poderosas fuerzas externas y casi invisibles, lo que menos parecía factible ocurrió: un levantamiento popular, la revuelta de toda la población de la ciudad contra el vilipendio que venía sufriendo. Esto porque es difícil imaginar que una sociedad –cualquier se ella- pueda ser destrozada ilimitada y eternamente”

Antunes; 2022; 46[1]

 

Raúl Zavaleta Mercado, el gran sociólogo boliviano de la segunda mitad del siglo pasado, afirmaba una cuestión sencilla pero profunda: que las sociedades se muestran a cielo abierto cuando ocurren los grandes eventos de la lucha de clases. Y la elección reciente en Brasil fue uno de esos grandes eventos que nos permiten apreciar aun intuitivamente algunas de sus tendencias, de sus grandes “líneas de tensión”.

De ahí que, en lo que sigue, nos interesa desarrollar algunas notas de lo que podríamos llamar una suerte de “sociología política” del Brasil contemporáneo. Esto a modo de intentar explicar, dar unas pinceladas para entender los desarrollos políticos y sociales en dicho país; comprenderlos más en profundidad.

Esta tarea está ahora en cierto modo “facilitada” por la histórica derrota electoral de Bolsonaro, que si bien no ha resuelto que el país siga dividido en dos, al menos muestra que hay, como en todo el mundo, tendencias y contratendencias; que en Brasil quedan reservas frente al avance reaccionario -si bien dichas reservas se activaron en gran medida a pesar de la campaña de Lula y Alckmin, y no gracias a ella[2].

Las relaciones de fuerzas no están resueltas, ni el pasaje a un régimen abiertamente bonapartista podía ser indoloro. Esto se apreció claramente estos últimos días donde simpatizantes bolsonaristas tomaron las calles exigiendo la intervención militar y desconociendo el triunfo electoral lulista pero, al mismo tiempo, el ambiente social se comenzó a caldear con hinchadas de fútbol, barrios populares y sectores de trabajadores/as saliendo a romper los bloqueos de los fascistoiodes. Aun a pesar que, como siempre, Lula y el PT llamaron a la “calma” si los cortes seguían prolongándose la caldera social de Brasil podía estallar en mil pedazos. Es que no es sencillo, cuando se abre, volver a cerrar la caja de Pandora de una nación con 220 millones de habitantes, un país popular por antonomasia que tiene capas geológicas de relaciones de fuerzas no probadas (es decir, lo opuesto a un “conjunto vacío” como impresionistamente se podía creer –la idea que Bolsonaro era “todopoderoso”, que la “desmoralización no tenía límites” y cosas por el estilo[3]).

El propio Bolsonaro fue –y es- un subproducto del vaciamiento “reformista” del PT y de la CUT (estas organizaciones dejaron, entre otras cosas, de organizar amplísimos sectores populares que pasaron a ser regimentados por las iglesias pentecostales[4]). Y, sin embargo, su derrota electoral en segunda vuelta desató una justa fiesta popular y crea las condiciones para construir una oposición por la izquierda al futuro gobierno de Lula; para apreciar la medida de las cosas –las relaciones de fuerzas no saldadas- en un contexto que, evidentemente, no va a carecer de elementos de inestabilidad.

En este contexto, en el marco que se demostró que hay reservas en el gigante latinoamericano (como una simple prueba ver a la hinchada de Corinthians alertando que irían a romper los bloqueos si no los dejaban llegar a la cancha), las pinceladas de una antropología política brasilera que pretendemos presentar, quedarán seguramente algo más equilibradas que otros textos que han circulado en los últimos años destacando, solamente, el fenómeno Bolsonaro. Se trata de un esfuerzo por aprehender tanto los puntos débiles como también las fortalezas –potenciales- del movimiento de masas en Brasil como base analítica, precisamente, de los puntos de apoyo para construir una oposición de izquierda al nuevo gobierno de conciliación de clases (que, simultáneamente, esté en las calles ante cualquier nuevo zarpazo bonapartista[5]).

1- Gigantismo

Lo primero para entender a Brasil “sociológicamente” es apreciar el gigantismo del país. Por extensión, es el quinto mayor país de tamaño del mundo por detrás de Rusia, Canadá, Estados Unidos y China. Brasil tiene enorme diversidad regional así como mucha diversidad “étnica”, por decirlo de alguna manera. Se mezclan todos los “colores” y regiones dándole un aire cosmopolita a algunas de sus ciudades (sólo conocemos con ciertos alcances Sâo Paulo, y, en mucho menor medida, Porto Alegre, Brasilia y Bahía donde sólo estuvimos unos días en cada caso). Negros, blancos, nordestinos, población de origen japonés, mujeres, hombres, personas lgbtti, etc., hacen de Brasil una mixtura, una “riqueza de colores” que tanto muestra sus potencialidades humanas, como es explotada de manera burguesa y reaccionaria su diversidad para generar divisiones y oposiciones falsas (falsos fetiches). “Capas geológicas” de pobreza e injusticia social de una magnitud tal que autores como Antunes llegan a comparar con la India[6].

La pobreza y la desigualdad en el reparto de la riqueza es dramática; un tema característico de la sociología brasilera (la estratificación social que denota el país es incomparable por ejemplo con la Argentina, cuya estructura de clases es mucho más “estilizada”). En la avenida Paulista, centro político y comercial de Sâo Paulo,conviven hermosos edificios con una riqueza y modernidad envidiable que puede compararse tranquilamente con la Quinta Avenida de Nueva York, junto con verdaderos despojos humanos arrojados en las calles a los cuales nadie pasa atención[7]

En Brasil la migración interior sigue siendo inmensa. Lo que redunda, además, en una enorme masa de “población flotante” que sigue sin ser absorbida en la producción y que se aprecia en las ciudades. (La cantidad de personas en situación de calle debe estar entre las más altas en el promedio internacional[8].) Los datos de empleo son de los menos confiables del mundo multiplicado esto por haberle dado a la “intermitencia laboral” (contratos intermitentes sin pago cuando la persona está sin ocupación) el estatus de “persona empleada” desapareciendo el desempleo de las estadísticas(Antunes, ídem).

El gigantismo del país y la fortaleza de su burguesía, la monumentalidad de las edificaciones en los centros institucionales y financieros, conviven con la monumentalidad de un movimiento de masas que se podría decir aun es joven: un gigante social mayormente “dormido”(la fuerza de trabajo asalariada en Brasil alcanza las 100 millones de almas). Una población que aparece cultural y políticamente muy joven, alegre, con bajo nivel de alfabetización, con una mezcla de actitudes cálidas, solidarias así como también con la continuidad de “reverencias” que vienen desde la esclavitud… Es decir,una gratitud forzada, no libre.

No es sencillo, y no se entiende bien afuera de Brasil –o los Estados Unidos, por caso, del cual sin embargo tenemos menos percepción[9]– el legado dramático de la esclavitud. Hay que comprenderlo como extremadamente distinto al legado de la opresión de la población originaria en los países andinos, por ejemplo. Mientras que la población originaria subyugada por el conquistador mantuvo, sin embargo, formas de organización comunal, relaciones de solidaridad y dignidad -aun aplastadas por el opresor colonial-, hay que entender que la esclavitud se caracterizaba –se caracteriza incluso en sus formas modernas como los campos de concentración en la Segunda Guerra Mundial- por romper y/o impedir todo lazo de solidaridad; la condición de esclavo/a inhibe, incluso, la formación de la familia. Y este es un dato que ha dejado una herencia enorme en Brasil incluso fomentando el relato falso y paternalista de que el “pueblo brasilero es un pueblo pacífico”… pero no vinculado al buen trato solidario que se siente al entrar en cualquier “panadería” (invariablemente atendidas por trabajadores de origen proletario, sobre todo en la cocina), por ejemplo, sino a una forma de dar por descontada una sumisión que no es tal…[10].

Las relaciones políticas que genera el gigantismo brasilero son paradójicas. Brasil es un país federal con muchas capitales. No es un país centralizado políticamente como la Argentina o Francia; su símil son los Estados Unidos. Para colmo, la clase dominante tuvo la inteligencia estratégica de trasladar la capital del país a Brasilia, una ciudad inventada–artificial- carente de otra cosa que personal administrativo y, por lo demás, monumental también[11]. Lógicamente siendo -groso modo- la décima economía mundial por PBI (algo en torno a los dos billones de dólares), se pudo –y puede aunque a costa de recortes permanentes del gasto público, era del neoliberalismo dixit– financiar esa obra monumental, así como sostener semejante aparato administrativo (no es un dato menor que la campaña de Lula haya adelantado y sugerido que durante su tercer mandato impulsará una(contra) reforma administrativa, es decir, despidos y reducción de las condiciones de trabajo y salario del personal estatal).

Incluso definiciones de décadas atrás pueden mantener su vigencia a este respecto: “Visto en perspectiva regional, el progreso económico ni es homogéneo ni tiende necesariamente para la homogeinización de la economía nacional. Y menos una tendencia a la armonización de los índices de desenvolvimiento no es visible. Las disparidades regionales permiten comprender mejor la aparición y sustentación de liderazgos ‘estaduales’, bien marcados [algo que sigue presente hasta hoy en cierta forma] (…) Es verdad que este cuadro indica progresos y regresiones (…) si observamos mejor las tendencias (…) verificamos un predominio progresivo de un centro sobre otros. Es evidente el predominio de Sâo Paulo sobre los Estados del país (…) La transformación de la región Centro-Sur (con centro en las ciudades de Sâo Paulo, Rio de Janeiro y Belo Horizonte) en el núcleo dominante de la economía nacional” (Ianni; 1988; 38/9). Es evidente que desde que fue escrito este texto, 1988, muchísimas cosas han cambiado en Brasil, pero algunos de su trazos gruesos parecen mantenerse.

Soler no dice nada muy distinto: “(…) ya en los años 1940 ocurre un proceso de urbanización acelerada. Este es el período de formación de nuestro ‘fordismo tardío’, constituido por la acelerada y caótica urbanización y por el enorme flujo migratorio (…) El joven proletariado migrante, muchas veces oriundo de la construcción, demuestra gran capacidad de adaptación social, articulación sindical y comprensión política. El proletariado fabril, entonces, a partir de los años 1950, comienza a desenvolver sus primeras experiencias de ‘auto-organización sindical’. Esa organización de base fue responsable por la onda de huelgas que asolaron Sâo Paulo [a finales de los años 1970]” (Soler; 2015; 13[12]).

Al parecer, y como en los Estados Unidos, el gigantismo del país conspira, hasta cierto punto, contra la movilización social masiva amén que la clave política de la desmovilización en los últimos largos años es que el PT y la CUT se dedicaron,sistemáticamente y por una entera generación, a “engrillar” la movilización popular, perdiendo, de paso, capilaridad social, lo que se aprecia por el lugar ganado, en su reemplazo, por las iglesias pentecostales, cuestión sobre la que volveremos abajo(como así, también, que dicha pérdida de capilaridad no ha sido, como se acaba de ver, absoluta, más allá que la reacción masiva de alegría ante la derrota de Bolsonaro haya sido mayormente espontanea[13]).

Acá tenemos, entonces, la oposición entre países gigantes y países más centralizados. Francia y la Argentina, por caso, no se caracterizan por el gigantismo poblacional, y sí porque París y Buenos Aires poseen el monopolio absoluto de la política en sus respectivos países. Son países políticos por antonomasia donde todos los problemas se elevan al plano nacional muy rápidamente.

Por oposición, podríamos decir que Estados Unidos y Brasil no son, precisamente, “países políticos”, pero la gente no es idiota: ¡acabamos de presenciar un festejo popular masivo por la derrota electoral de Bolsonaro que demuestra, repetimos, que hay reservas en el país[14]!

Y aun así y todo la lucha de clases tiene su astucia. Cuando un conductor harto de los cortes fascistoides se llevó por delante 10 provocadores bolsonaristas, Bolsonarosalióinmediatamente a las redes a pedir que los cortes se levanten de manera inminente; si Brasil se incendiaba era toda la clase capitalista de cualquier color que fuera la que iba a salir perdiendo… Así que el 30 de octubre tuvimos una derrota electoral histórica del bolsonarismo ratificada en los días posteriores en las calles, lo que es más importante más allá que, obviamente, el bolsonarismo no se haya terminado.

2- Modernización trunca

El segundo vector es en qué punto está Brasil de su desarrollo. Por la magnitud del país, por territorio y extensión, por población, por los varios centros políticos y económicos que tiene el país y la acumulación de capital, por su industrialización en los años 50, 60 y 70, se llegó a hablar de Brasil como de un país “sub-imperialista”[15]. La realidad posterior ha puesto las cosas en su lugar: demuestra que Brasil no ha seguido el patrón de una Corea del Sur, por ejemplo. Se trata de un gran país dependiente donde su fortaleza relativa se expresa en el peso de algunas de sus multinacionales en el mundo, su condición dominante en el Mercosur, las relaciones de dependencia establecidas con varios países africanos, etc., pero que, aun así, incluso multiplicado por su desindustrialización relativa en las últimas décadas y el crecimiento del agro-negocio, sigue siendo un país dependiente aunque gigante[16].

El tema de la modernización de Brasil cruzó los debates de sus sociólogos por varias generaciones. Florestan Fernandes y varios otros han hablado de dicho proceso de modernización como a una “revolución burguesa” en trabajos clásicos como La revolución burguesa en Brasil: “Florestan (…) apunta a la fundamental relevancia estructural de la preeminencia de una estructura social de estamentos y no de clases (…) La sociedad de clases y la revolución burguesa que ella protagoniza se realizaron precariamente, dependiente de compromisos con el pasado persistente y de la valorización de estructuras de referencias del antiguo régimen (…) La esclavitud generó una estructura social vigorosa, produjo instituciones duraderas y engendró mentalidades que persisten de algún modo hasta nuestros días” (2006; 19/20).

Desde la primera edición de esta obra (1975) es evidente que pasaron varias décadas, sobre todo el ascenso obrero moderno de los años 1970 y 1980. Y, sin embargo, los elementos de estratificación social, el cruce de clases y estamentos del viejo Brasil sigue de alguna manera presente en la psicología social.

Las varias etapas modernizadoras que vienen desde el movimiento abolicionista, movimientos artísticos como el Antropofágico (años 20 del siglo pasado), la dinámica industrializadora a partir de 1930, la reafirmación de dicho movimiento industrializador en la segunda posguerra, la creación de la propia Brasilia a comienzos de los años 1960, la emergencia de una inmensa y nueva clase obrera en los años 70, el flujo migratorio nordestino al sur modernizante del país, el impacto de megalópolis como la propia Sâo Paulo, etc., han sido, evidentemente, movimientos modernizadores, si bien al mismo tiempo desiguales y en muchos aspectos inhibidos: “Dado su carácter singular, el subdesarrollo no puede ser concebido como un simple eslabón en la cadena del desarrollo ni tampoco como una evolución truncada. No es sino una producción de dependencia (…) introducir nuevos en elementos en la construcción de la especificidad de la forma brasilera de subdesarrollo (…) una forma específica de modernización conservadora, o bien de revolución productiva sin revolución burguesa (…) La extensa dictadura militar entre 1964 y 1984 continuó nítidamente con la ‘vía prusiana’. Esto es, una fortísima represión política, mano de hierro sobre los sindicatos, coerción estatal en el más alto grado, una mayor presencia de las empresas estatales (…), apertura al capital extranjero, industrialización a ‘marcha forzada’ (…) y ningún esfuerzo explicito por liquidar el patrimonialismo (…)” (Francisco de Oliveira; 2009; 137/143).

De Oliveira agrega algunos rasgos de la formación económico social Brasilera contemporánea: a) altamente urbanizada, b) con poca fuerza de trabajo y población en el campo, c) con fuerte presencia del agrobussines, d) un sector de “segunda revolución industrial” (agregamos nosotros, en retroceso dada la desiundustrialización relativa de las últimas dos décadas), e) avance titubeante afirma del autor de la tercera revolución industrial informática (quizás menos titubeante que 20 años atrás cuando se escribió el ensayo que estamos citando), f) una estructura de servicios diversificada, g) estratos de muy altos ingresos y en el otro extremo una estructura primitiva ligada directamente a los consumos de los estratos pobres, h) un sistema financiero que por la financierización y el aumento de la deuda interna y externa, acapara una gran proporción del PBI algo en torno al 10% del producto. Finalmente, señala una débil y decreciente participación en la PEA de la mano de obra rural y una fuerza de trabajo industrial que alcanzó su pico en la década de 1970 y luego comenzó a declinar al tanto que se vive una continua explosión del trabajo precarizado en el área de servicios.Lógicamente que el debate sobre la formación social brasilera es muy extenso y en este “apunte” es imposible abarcarlo. Sólo otorgar unas “pinceladas” del mismo al servicio de esta “sociología” de la actualidad del país.

Frente a este movimiento modernizador contradictorio, el crecimiento del agro-negocio impulsado desde la primera presidencia de Lula, y, en el terreno cultural y demás la regresión bolsonarista, han significado un frenazo evidente de la modernización (más que frenazo, una marcha atrás porque todas las motivaciones ideológicas del bolsonarismo son una regresión en relación a los logros de la propia Revolución francesa, por así decirlo, de la propia revolución burguesa en el terreno cultural). Un poco como señaló Florestan en la obra que estamos citando, la “revolución burguesa” brasilera no podía ser otra cosa que un “movimiento” inconsecuente y en cierto modo trunco, inhibido, más allá que diera lugar, simultáneamente, a un país monumental: “El Brasil moderno se proponía contra el Brasil arcaico. Pero al mismo tiempo se cuestionaba el dualismo y todo se encaminaba a una interpretación del desenvolvimiento del país como desigual y combinado, una idea, por lo demás, subyacente en esta obra, que refleja la influencia del trotskismo en la formación política de Florestan Fernandes” (FlorestanFernandes; 2006; 17).

Por su parte, el sociólogo Octavio Ianni presenta para Brasil una tesis similar a la de Milcíades Peña respecto de la Argentina y que refleja este carácter desigual y combinado o la combinación de procesos de progreso y de regresión: señala que la industria surgió de capitales generados en el viejo sector agrícola del país: “(…) directa o indirectamente el capital agrícola está en la base de los primeros esfuerzos de industrialización. En suma, en el ámbito estructural el capital agrícola es el fundamento del capital industrial” (1988; 33).

Soler, por su parte, señala algo semejante: “Brasil pasa por una intensa industrialización y urbanización durante un período de 40 años. La industrialización, la formación de un Estado moderno y la urbanización transforman rápidamente la fisonomía de ciudades como Sâo Paulo y Rio de Janeiro (…) El crecimiento o la industrialización no son factores que en sí mismos atenúen la pobreza o la desigualdad, sino que pueden, por otro lado, hasta ser factores que acentúen las mismas, conforme lo observado por Celso Furtado. El señalado subdesarrollo brasilero y sus desigualdades regionales, lejos de ser una etapa necesaria para el pleno desarrollo capitalista, refleja el lugar [dependiente] de Brasil en la división internacional del trabajo y los intereses de las clases dominantes locales” (Soler; 2015; 12).

Acá hay que retener que la dictadura militar brasilera tuvo un papel contradictorio en relación al desarrollo industrializador del país. A diferencia de la dictadura argentina, neoliberal y desindustrializadora tout court, la dictadura brasilera internacionalizó el sector industrial (algo ya comenzado bajo el gobierno de Juscelino Kubitschek, 1956-1960, muy parecido al de Frondizi en la Argentina en la misma época[17]), entregó a la industria a las multinacionales, pero no fue desindustrializadora.

La monumentalidad de ciertas ciudades, de ciertas obras arquitectónicas, la cantidad de centros político-económicos del país, el moderno sistema de subterráneos de Sâo Paulo, Brasilia misma, y mil y un datos que se nos escapan necesariamente por no conocer el resto del país, hablan de cierta tendencia modernizadora décadas atrás. También es conocido, pero hoy olvidado, que Brasil creció a un altísimo promedio durante varias décadas aunque de eso hoy, repetimos, queden sólo recuerdos (Brasil crece hoy al nivel mediocre de la mayoría de las económicas del mundo).

Brasil es una meca financiera y del agro-negocio. Tuvo durante décadas –y sigue teniendo- altísimas tasas de interés en dólares, lo que significa un “chorro” de salida de ganancias en divisas descomunal (esta es una de las herencias de los dos primeros gobiernos de Lula). También es verdad que acumula reservas por algo en torno a los 400.000 millones de dólares, algo nada despreciable. Mismo también en materia de construcción inmobiliaria se lo ve muy dinámico aunque esto no sea así en materia de infraestructura, que es la clave de las condiciones generales de la acumulación de capital multiplicadora, y, claro está, devenga del gasto público (pero en Brasil impera el techo de gasto desde Temer, aunque sea violado a cada paso[18]).

Sin embargo, no parece que las tendencias modernizadoras siguieran desarrollándose; más bien lo que parece dominar es una tendencia a la estagnación a partir de un piso alto para el promedio latinoamericano (ningún país se asemeja a Brasil en Latinoamérica sacando a México, aunque la posición dominante de Brasil en la región es más categórica[19]).

Son bastante evidentes las tendencias retrogradas en varios terrenos: a) al menos desde los primeros gobiernos de Lula sino desde antes, se había apreciado un giro al agro negocio y a la financierización económica que siguió desarrollándose posteriormente, b) se ha vivido en las últimas décadas en dramáticos proceso de precarización laboral sumado a una desindustrialización relativa que golpeó los núcleos más concentrados del proletariado sumado a cierta relocalización industrial interna hacia regiones con menos tradición de lucha, c) es visible en Brasil el atraso en materia de infraestructura en relación lo que el país es. Es tema conocido dicho atraso en materia de aeropuertos, puertos, autopistas, etc., debido entre otras razones y como ya señalamos al mecanismo de ahorro del gasto publico impuesto por el FMI y la lógica neoliberal, d) también es un evidente factor de regresión el bolsonarismo, el crecimiento de las iglesias pentecostales, de las fake news, el aumento generalizado de la ignorancia por la vía del avance de las mismas iglesias, etc.

Es decir, al parecer viejas regresiones y regresiones contemporáneas han impuesto un freno a la dinámica modernizadora que aun desigual se aprecia o apreciaba en las décadas pasadas en Brasil y que mantiene su monumentalidad en una serie de aspectos pero que no ocultan que esta desigualdad y que los elementos de atraso extremo no hayan aumentado en las últimas décadas en Brasil[20].

Aunque sea exagerado el término, la definición de Antunes de que el último período, por oposición a la desigual “revolución burguesa” de la cual hablaba Florestan Fernandes, podría caracterizarse –exageradamente, repetimos- como una contrarrevolución burguesa preventiva que atañe el término, es verdad, más al terreno político que a otra cosa, pero que en realidad tiene por detrás todas las regresiones en materia económico-social que venimos señalando y que van en un sentido distinto a la modernización.

Antunes señala que en los años 90 se vivió en el país un proceso de “desertificación neoliberal” donde el sector productivo estatal fue parcialmente privatizado, la legislación laboral gradualmente desmontada, el sector financiero del capital aumentó su hegemonía, tendencias todas que se mantuvieron bajo las gestiones del PT y reforzaron bajo Temer y Bolsonaro. El reformismo que defendía la reforma agraria, urbana e industrial en un sentido progresivo, y que se expresó mayormente bajo el gobierno de JoâoGoulart, 1961/4, prácticamente desapareció del escenario brasilero y cuando el PT llegó por primera vez al gobierno en el 2003, sólo siguió con las tendencias neoliberales o social-liberales que ya venían del gobierno de Fernando Henrique Cardoso[21].

Charlando con un cuadro de nuestra corriente en Brasil le preguntaba, precisamente, que sensación generaba el país en la población (dado que su monumentalidad impresiona a alguien que viene desde afuera del país, sobre todo en mi caso desde la Argentina) y me respondía con claridad, “decadencia”, lo que coincide, exactamente, con el diagnóstico que estamos trasmitiendo a la vista de los análisis sociológicos o antropológicos de Brasil que se aprecian entre los analistas[22].

“(…) surgió en Brasil un tipo particular de capitalismo (…) dependiente, cuyo origen agrario acabo por metamorfosearse, a finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX, en una burguesía industrial subordinada a un centro monopolista e imperialista (Estados Unidos y Europa). Un capitalismo integrado económicamente hacia fuera y desintegrado socialmente para adentro” (Antunes; 2022; 63[23]). (Una caracterización similar a la señalada en su momento por Milcíades Peña, que caracterizaba agudamente a la Argentina como “país abanico”, es decir, integrado hacia fuera y desintegrado hacia adentro.)

3- Estados Unidos y Brasil: una rara simbiosis

Un tercer rasgo de “antropología política” es como Brasil está en una suerte de “espejo”político y cultural con los Estados Unidos. Estados Unidos sigue siendo la potencia imperialista más importante (militarmente ni hablar, la guerra en Ucrania lo demuestra una vez más); Brasil es un gran país dependiente con rasgos, eventualmente, de potencia regional (el viejo y controvertido concepto de sub-imperialismo, le queda grande). De cualquier manera, a pesar de la diferencia cualitativa estructural, diferencia acentuada por la primarización y financierización económica brasilera de las últimas décadas, en materia política y cultural existen enormes lazos entre Brasil y Estados Unidos.

El peso de la iglesia evangélica, la capilaridad del neoliberalismo –una suerte de “neoliberalismo social” y no solo económico-, la cultura resistente negra como contratendencia, un elemento progresivo que se traslada del país del norte a Brasil en materia de Hip Hop y de competencias entre bandas en las barriadas populares, los fenómenos de Trump y Bolsonaro, etc., son rasgos, progresivos y regresivos que asemejan, paradójicamente, ambos países.

Lógicamente, la esclavitud de los afroamericanos acerca ambos países, aunque da la impresión que la opresión de la gente de color en los Estados Unidos sigue teniendo, en cierto modo, un elemento “nacional”, mientras que en Brasil es, más bien, un dramático fenómeno de estratificación social atento esto a que Brasil no es un país imperialista, no tiene ese tipo de “espesor” –se caracteriza por otro tipo de espesor social marcado más directamente por la pobreza[24].

Los lazos de Brasil con los Estados Unidos vienen desde al menos la segunda guerra. Brasil fue el único país Latinoamérica que algo en torno a 1943 le declaró la guerra a la Alemania nazi y sumó tropas –si bien reducidas- al combate. Posteriormente, los vínculos se siguieran estrechando y no es casual que el elemento antiimperialista nunca formara parte del ideario del PT ni está claro que sea parece de la conciencia popular como en la Argentina, por ejemplo.

Por lo demás, otro ejemplo es la reacción ante la muerte de la Reina Isabel II de Gran Bretaña: en la Argentina causo alegría como parte del repudio al imperialismo inglés y la memoria de la guerra de las Malvinas, en Brasil durante día se lloró su muerte en los medios y varias instituciones públicas como el edificio de la FIESPI (se trata de la federación industrial empresaria más importante del país con sede en Sâo Paulo) se embanderó con la bandera inglesa…

Muchísimos aspectos de la cultura popular yanqui están instalados en la cultura popular al menos urbana de Brasil: ejemplo, el festejo de Hallowen y tantos otros, y no parece haber ninguna resistencia al respecto, lo que en sí mismo no tiene nada de malo porque, contra las versiones populistas, Estados Unidos también es una sociedad clasista donde muchos aspectos de su cultura popular, obviamente, son progresivos (por ejemplo, el hip hop, o el orgullo negro).

Pero lógicamente, también es real que parte de la simbiosis cultural y política con el gigante del norte tiene aspectos regresivos como la influencia creciente en las últimas décadas de las iglesias evangélicas, el desarrollo del terraplanismo y el negacionismo ecológico y pandémico, las teorías conspirativas, el imperio casi total de las fakenews, etc.

Una explicación de esto también es la simetría de la monumentalidad de ambos países. Es como que existe una relación “físico-geográfica” en el continente Americano entre ambos gigantes que se mira uno al otro y se comparan amén de los aspectos estructurales señalados, el más profundo de los cuales es el pasado esclavista (en ambos países la esclavitud fue abolida tardíamente: en los Estados Unidos con la guerra civil de 1861/5; en Brasil bajo el peso de un creciente movimiento abolicionista de los sectores burgueses ilustrados pero sin guerra alguna: como por un gesto final de la corona en 1889).

“La esclavitud no fue apenas un fenómeno colonial. En los Estados Unidos y en Brasil, las dos mayores naciones americanas que conocieron este fenómeno, el esclavismo subsistió, por muchos años, al fin del régimen colonial. En el siglo XIX, época de mayor desarrollo del esclavismo norteamericano, la sociedad negrera se limitó al Nuevo y al Viejo Sur estadounidense y tuvo que convivir con la producción capitalista, agresiva y expansionista, en el Este, hasta ser definitiva y militarmente destruida por esta última.

“En Brasil, hasta la abolición, las prácticas sociales y económicas esclavistas se desarrollaron por todo el Imperio y el esclavismo constituía las relación social dominante en la producción. Fue en nuestro país donde el trabajo esclavizado produjo la mayor variedad de mercancías coloniales –azúcar, oro, piedras preciosas, cacao, café, arroz, cuero, charque, etc. Brasil fue la nación esclavista que recibió la mayor cantidad de africanos esclavizados: aproximadamente el 38% del tráfico negrero internacional, esto es, algo en torno a los 5 millones de hombres y mujeres. Brasil fue una de las primeras naciones del Nuevo Mundo en conocer la esclavitud y fue la última en abolirla. En toda América esclavista, más allá de determinaciones regionales, existió apenas un modo de producción esclavista colonial, y fue en Brasil que el alcanzó su mayor grado de desarrollo” (Maestri; 1988; 14/19).

Desde 1807 a 1835, en Bahía y principalmente Salvador, la masa esclavizada –influenciada por los movimientos sociales africanos, por la victoria de los esclavos en Haití y por la crisis del régimen colonial- fue protagonista de una impresionante serie de movimientos insurreccionales (…) Lo que ocurrió en Brasil, luego de un complejo proceso de choques políticos y sociales, con el abandono en masa de las grandes plantaciones de café por los cautivos, plantearon el fin de la esclavitud entre fin de 1887 y comienzos de 1888.

Y lógicamente que la pelea contra la segregación racial también establece paralelos entre ambos países. En los años 30 del siglo pasado ocurren dos Congresos Afrobrasileros. Y también en esa década fue creado el Frente Negro, una organización política que congregaba muchos intelectuales y artistas negros, en diversas partes de Brasil. La década del 30 fue marcada, ante todo, por la movilización de gran parte de la intelectualidad para enfrentar las ofensivas segregacionistas promovidas por parte de las élites brasileras, que intentaban responsabilizar a la población negra por el atraso del país.

Por su parte, Bahía era y continua siendo una importante referencia de las relaciones raciales vividas en Brasil. Una Bahía que revelada por Jorge Amado en Jubiabá, mostraba al mundo un buen ejemplo de convivencia entre personas de raza y color diferentes, sin conflicto explícitamente violento. En los años 1970 el cientista político Donald Pierson afirmaba que “Si queremos encontrar en Brasil una ‘puerta’ por la cual pudiésemos entrar y examinar in situ la ‘situación racial’ brasilera ninguna sería más indicada que el viejo puerto de Bahía” (Imagens da cidade da Bahía).

Está claro que esta herencia de la esclavitud no solamente establece rasgos comunes paradójicos entre Brasil y los Estados Unidos, sino que no dejaría de tener consecuencias sobre la formación de la moderna clase obrera asalariada brasilera.

4- Brasilia, plaza y palacio

Una característica particular de Brasil es el peso de sus instituciones: las “pétreas” y las de la democracia burguesa. Desde el vamos el régimen democrático burgués en Brasil ha sido siempre –desde su relanzamiento pos dictadura entre 1985/89- más reaccionario que en la Argentina, por ejemplo. Las FF.AA. lejos de salir desprestigiadas, ocurrió lo contrario, y siempre han mantenido cierta tutela sobre el régimen, expresada más abiertamente bajo el gobierno de Bolsonaro, al cual le dieron el vicepresidente, cantidad de ministros, etc. Por lo demás, la policía caminera y otras policías tienen gran peso en el régimen y funcionamiento institucional, Rio de Janeiro hace años que está mas o menos militarizado, la violencia policial cotidiana es bárbara y brutal y el sistema carcelario, otra semejanza con Estados Unidos, tiene una proporción desproporcionada para los parámetros internacionales de reclusos y de reclusos negros, amén de que las condiciones de detención son barbarie en estado puro[25]

Pero junto con lo anterior hay otros elementos de enorme importancia. Como ya señalamos, la burguesía tuvo el acierto estratégico de trasladar la capital del país a una ciudad administrativa artificial, Brasilia, alejándose de las presiones sociales directas desde abajo (Antunes habla de una institucionalidad completamente separada de la vida cotidiana de las masas). Por lo demás, las instituciones están lejísimo de las masas, actuando en las alturas “galácticas” de espaldas a cualquier escrutinio público que no sea las noticias de la TV y las redes sociales, de fake news que van y vuelven.Y, lo que es más importante, con la mitad de los diputados y senadores integrantes del Centrao, bloque “fisiológico” que se mueve por intereses “sin ideología alguna”, coimas directas como en el caso del Mensalao o favores para las regiones que representan, y que, lógicamente, en cuanto se supo que Lula ganaba la elección, se pasaron sin solución de continuidad de ser base gubernamental de Bolsonaro, a postularse para trabajar con el nuevo gobierno de Lula y Alckmin…

También la justicia hace un arbitraje desproporcionado, como se pudo ver en el caso Lava Jato, tal que todos los poderes quieren hacer o hacen algún tipo de arbitraje más que proporcional por encima de los demás poderes y, lógicamente, de las masas: las FF.AA, la justicia, el propio Congreso Nacional, etc., con la imagen, sobre todo en el caso de Lula, de que es “rehén” de no se qué como justificación para no revertir ninguna contrarreforma de Temer y Bolsonaro (es la excusa que se viene).

Todos estos son elementos de bonapartización o semibonapartizacion del régimen “democrático burgués” que son constitutivos del mismo. Como contrapeso institucional, está la Constitución de 1988 aunque no tenemos el conocimiento para saber cuanto queda de ella…

Característica de este régimen es que al menos desde el ¡ForaCollor! el PT jugó al “pacto social” y bajo la presidencia de Lula y Rousseff hasta 2013 en el país no voló una mosca[26]. Se sabe que Lula asumió en 2003 como operativo preventivo para que en Brasil no ocurriese una rebelión popular a la Argentina, cuestión que reforzó los mecanismos bonapartistas del régimen que, lógicamente, pegaron un salto en calidad desde la maniobra –o golpe- parlamentario contra Rousseff: “Durante una década la política salió de las calles y fue transferida para el interior de las instituciones (…) el lulismo, el PT, la CUT y demás cumplieron una papel decisivo en el retroceso de la conciencia de clase, que fue largamente construida durante las décadas anteriores” (Soler; 2015; 9/10).

Soler agrega que las luchas de finales de los años 1970 pierden su radicalidad cuando el PT se pasa, con armas y bagajes, y hasta hoy, a la defensa de la democracia burguesa como “valor universal” (“democracia versus dictadura” fue uno de los leitmotiv de la reciente campaña de Lula, y aunque, efectivamente, estaba en juego la eventualidad de un cambio de régimen, el ángulo democrático no se utiliza para ir más allá a una perspectiva anticapitalista, sino, por el contrario, para colocarlo como un objetivo en sí mismo).

Característica de este régimen es que la presión cotidiana de las masas sobre el mismo está demasiado mediada: no sea da una dialéctica plaza-palacio como se aprecia en la Argentina o Francia, sino algo más al estilo de los Estados Unidos donde la presión de las masas aparece sólo esporádicamente –quizás, demasiado esporádicamente aunque aparece como se acaba de ver contra los piquetes bolsonaristas.

De cualquier manera, el régimen no ha dejado de ser democrático burgués con elementos de bonapartismo, no un semibonapartismo ni un bonapartismo liso y llano: Bolsonaro tuvo esa intención y seguramente la sigue teniendo, pero no lo logró, no logró cerrar el régimen bajo su presidencia y ahora ese objetivo se ha alejado[27]. Una cuestión que muestra que lo que tutelaron las elecciones y los eventos de la lucha de clases directos que la rodearon no tutelaron, simplemente, un gobierno burgués más, que también lo son, sino la eventualidad de un cambio de régimen político con la amenaza de las libertades democráticas y de organización de las y los trabajadores, el movimiento estudiantil, negro, el movimiento de mujeres y lgbtti, etc., razón de más del crimen político cometido por los grupos abstencionistas.

Volviendo a un ángulo de análisis “geográfico-político” podemos señalar que la locación y el carácter de Brasilia hace, justamente, a buscar una distancia sideral entre plaza y palacio. Sorprendentemente o no tanto, con Washington D.C. pasa algo similar, porque sino fuera la ciudad capital no tendría la importancia que tienen centros socio-políticos de enorme importancia como Nueva York, Chicago, Los Ángeles, etc., ciudades de muchísima más capilaridad social. Y de todos modos el caso de Brasil es muchísimo peor no solamente porque es una ciudad mucho más artificial, sino que está más alejada de los centros que la capital estadounidense.

Incluso su explanada es una provocación a cualquier protagonismo de las masas: es tan enorme, tan monumental, que es obvio que la arquitectura que la caracteriza tiene por fin enaltecer las instituciones mismas (presidencia, parlamento, etc.) y disminuir cualquier atisbo de protagonismo de las masas mismas.

Uno podría preguntarse cual es la base de una “democracia”. Un socialista revolucionario, aunque no, simplemente un demócrata liberal al viejo estilo diría el “pueblo”o cosa así. Pero no: para los planificadores de Brasilia, la “democracia” o quizás, más bien, la abstracción de la República (que en realidad deviene de res pública, es decir, cosa pública), viene de unas instituciones en las cuales las masas, los elementos de democracia directa, etc., no tienen nada que ver…

5- El deterioro del entramado social

Respecto del entramado social de clases -sobre todo, de la clase trabajadora- se verifica un movimiento contradictorio en las últimas décadas, es decir, del progreso a la regresión aunque hay que tener cuidado con no exagerar las cosas -visibilizar unas tendencias e invisibilizar otras que le hacen de contrapeso-.

Es evidente que la pérdida de capilaridad del PT y la CUT han dado lugar a la emergencia del bolsonarismo y al peso de las iglesias evangélicas. Esto tiene lugar en dos planos. Por un lado, la desindustrialización del país, la reducción del tamaño de los planteles en fábricas que en los años 80 eran de masas, como las “montadoras”, automotrices que llegaban a emplear hasta 60.000 trabajadores bajo un mismo techo, la precarización laboral, etc., dieron la “infraestructura” para un retroceso eventualmente cualitativo en la anterior conciencia de clase al menos reformista expresada en la consigna que caracterizó la primera campaña presidencial de Lula, “trabajador vote trabajador”. Sobre el terreno allanado de este debilitamiento estructural, que, de todas maneras, es relativo y no absoluto (la clase trabajadora brasilera sigue siendo un gigante social, ya lo veremos), avanzaron otro tipo de identidades y encuadramientos, claramente regresivos[28]. Con la capilaridad de los sindicatos y el PT retrocediendo, quizás hasta “desaparecer”, y con la precarización laboral en avance, paralelamente tenemos la emergencia de masas del “capitalismo pentecostal” y la ideología del emprendedurismo[29].

Significativo que la Iglesia Católica, más tradicional que la evangélica en Brasil, antiguamente marcada por la Teología de la Liberación y hoy por el giro reaccionario a la Iglesia carismática, haya cedido inmenso terreno a las iglesias evangélicas que son, seguramente, muchas de las que ocupan el entramado organizativo de las barriadas populares (en competencia, sin embargo, con otras instituciones).

No tenemos claro cómo es el fenómeno del PT en el nordeste brasilero, donde Lula se acaba de alzar con casi el 70% de los votos[30]. Pero a diferencia de la Argentina, donde los sectores de trabajadores y trabajadoras desocupados están mayormente organizados en movimientos, nos da la impresión que los planes sociales en Brasil son asignados de manera individual. Y es evidente que más allá del MTST (el Movimiento Sin Techo, encabezado por el reformista Guillermo Boulos) y el MST (Movimiento Sin Tierra, transformado hoy en una gran empresa cooperativa máxima exportadora de arroz orgánico en Latinoamérica), la circunstancia de una asistencia estatal sin organización independiente o al menos “propia”, desarma a estos sectores de masas. Los deja inermes frente a las representaciones religiosas del mundo cual es, de paso, una regresión respecto de conquistas de la modernidad, precisamente de la revolución burguesa, como la separación de la Iglesia y el Estado que el bolsonarismo amenazaba –sigue amenazando- con volver a fusionar…

El emprendedurismo es la otra cara de esta moneda. Es como el “tipo ideal” del neoliberalismo, el “agente” de libre mercado en la medida que en la ley de la selva del mercado el “emprendedor” que vende mayormente “baratijas”, se “hace valer” frente al mundo con algún tipo de “ideología del mérito del subdesarrollo”: el mérito de la supervivencia y la lucha de todos contra todos en medio de la miseria general[31].

Lógicamente, esta es una parte del entramado social al menos en la última etapa del país. Claro que no se trata, solamente, de los sectores más pobres. La “burguesía de a pié”, la pequeña burguesa y la “base” de la burguesía, son base social de bolsonaro. Existe una continuidad en los perfiles propios “anticomunista” y “anticorrupción” de esta capa social reaccionaria como se puede ver en el libro de tres décadas atrás que estamos citando de Octavio Ianni: “(…) fue una amplia campaña de la opinión pública, dirigida especialmente a la clase media, la que preparó las poblaciones urbanas de Sâo Paulo, Rio de Janeiro y Belo Horizonte, etc., para aceptar anticipadamente la derrumbada del gobierno de Joao Goular [el golpe de 1964] (…) una operación político-militar organizada para combatir el ‘comunismo y la corrupción’ (…) La ‘marcha de la familia, de dios, por la libertad’, que antecedió y preparó la opinión pública para el golpe, fue realizada desde antes (…)” (Ianni; 1988; 116).Cualquier similitud con Bolsonaro, no es una casualidad: “La más universal de esas matrices discursivas, el combate a la corrupción, ilustra el papel que el ultraliberalismo y el anticomunismo ejercen en el amarre discursivo de las distintas variantes de bolsonarismo. Desde siempre, la corrupción opera en el imaginario brasilero como una especie de metaproblema, una causa mágica que, una vez eliminada, resolvería todos los males del país. En esa narrativa, el peso de los limitantes estructurales y las diferencias de orientación política son enteramente despreciados a favor de una visión voluntarista, individualista de la política” (Nunes; 2022; 34). Y agrega el autor: “(…) el mayor logro del bolsonarismo es haber conseguido que todos estos diferentes elementos –militarismo, anti-intelectualismo, emprendedurismo, anticomunismo, libertarianismo económico, discurso anticorrupción, conservadurismo social- convergieran en torno a un sola figura: el ‘ciudadano de bien” (Nunes; ídem; 37).

Pero, por otra parte, el problema es que en los últimos años se absolutizó este fenómeno y se invisibilizó el otro, que volvió a emerger aun distorcionadamente en los actos de Lula en el nordeste durante la campaña electoral, en la avenida Paulista el sábado 29 y domingo 30 de octubre, en las barriadas populares que salieron a romper los piquetes reaccionarios el día después del balotaje, en el Corintians y otras hinchadas antifascistas que hicieron lo propio, en la acción de sectores de trabajadores y trabajadoras que salieron espontáneamente, etc.

Es decir: algún grado de conciencia de clase y/o popular tiene que haber para que entre los dos primeros salarios mínimos, entre las mujeres y la población negra, en la juventud, la mayor parte de los votos hayan ido a Lula y no a Bolsonaro, aun con todo lo rebajada y light y en el terreno del adversario que fue la campaña de Lula (y no solo Lula, ¡de Lula y Alckmin ni más ni menos!).

Esta reemergencia en el límite de una campaña electoral que si no era por ella el lulismo la hundía, algo nos habla de las relaciones de fuerzas en Brasil y de su entramado socio-político. Nos habla de que quedan reservas aun si la coyuntura desde 2016 es reaccionaria y ahora podría estar empezando a darse vuelta (seguramente y hasta cierto punto, se está dando vuelta[32]).

Ocurre que el miedo pánico de Bolsonaro a que estallara el país luego de que un conductor antibolsonarista arrollara un piquete reaccionario algo nos habla, también, a lo Zavaleta Mercado, del Brasil profundo, de un país con 220 millones de almas, ni más ni menos. Un país que, lógicamente, no es un “conjunto vacío” sino una totalidad de estratificaciones de capas sociales y clases que, como en una “olla a presión”, y aunque no tenga un claro centro político social con el PT y la CUT practicando hace décadas la desmovilización social, podría estallar ante cualquier “pequeña mecha”: ocurre que las masas son siempre más grandes que cualquier aparato (¡una enseñanza de la cual nunca hay que olvidarse!).

La no satisfacción de las esperanzas por parte de Lula y el PT, las mil y una traiciones y capitulaciones, el “Luliña es paz y amor”, el “confió en la justicia” cuando su encarcelamiento, etc., la continuidad de los planes del neoliberalismo[33], etc., desmoralizaron a la base social petista y cutista. Pero, al mismo tiempo, es evidente que hubo una reacción contra Bolsonaro reflejando que quedaban, quedan, reservas de conciencia de clase y popular; que hubo y hay un sector que supo diferenciar a los “reformistas” de los neofascistas.

En el mismo sentido, fue hermoso como en la Avenida Paulista el domingo 30 de octubre por la noche se cantaban la mitad más una de canciones contra Bolsonaro y no solo a favor de Lula, sobre todo la que reza: “Es hora de Jair, ya ir embora”, es decir, que se vaya Bolsonaro. Cuestión que, evidentemente, algo refleja de las relaciones de fuerzas aún en el distorsionado terreno de la conciencia, por no hablar de la ruptura popular de los piquetes reaccionarios los dos o tres días después de la votación y que crearon un aire de potencial “guerra civil” que asustó a la burguesía como un todo.

Acá volvió a ocurrir algo significativo y reiterado del comportamiento del PT (Andres Singer): Gleisi Hoffman y el PT en masa llamando a “no tomar las calles” por nada del mundo. A ser responsables amonestando al MTST que amenazó llamar con ir a romper algún corte, con Boulos en seguida reculando del llamado… Y, sin embargo, las acciones de masas fueron espontaneas, y con una dinámica social que si la burguesía no la paraba, podía dar lugar a un estallido revolucionario en Brasil. Si señor: ¡a elementos de guerra civil! Porque en un país con 220 millones de almas, polarizado como nunca, donde los bloqueos se difundieron masivamente por 400 puntos de su geografía (aunque concentrados en los territorios más bolsonaristas), de cualquier manera está lleno de poblados, etc., que querían pasar, ir a trabajar o lo que sea e instantáneamente se presentó una fractura social que podía terminar en un enfrentamiento vecino contra vecino que es la raíz de la guerra civil: ¡se acaban todas las relaciones de solidaridad y se pasa a los “bifes”!

Esa eventualidad es la que finalmente frenó en seco a Bolsonaro: ¡lo obligó a salir desesperadamente a pedirle a su base social que saliera de las rutas! Lo que también tiene importancia para aquellos análisis que rezan que sí, “Lula ganó, pero Bolsonaro sacó muchos votos” y bla, bla, bla (un análisis de raíz llorosa). Es verdad que Bolsonarosacó muchos votos, y que resta como una fuerza reaccionaria de masas. Esto más allá que Bolsonaro no es Trump,entre otras cosas porque no tiene partido propio y porque Brasil no es Estados Unidos… Pero también es verdad que se le dio una cachetada de tales proporciones que no solamente no pudo desconocer el resultado electoral, sino que tuvo que levantar el show de los piquetes porque el país iba a un desborde eventualmente revolucionario (se abrió una dinámica que podría írsele de las manos a la burguesía)…

6- Las relaciones de fuerzas (o el combate contra el impresionismo[34])

El punto anterior deja otra enseñanza: el combate contra el impresionismo. El país es tan grande, tan inabarcable, que es fácil caer en análisis unilaterales. Hay autores brasileros que dicen que en la izquierda brasilera siempre se cae en un falso debate entre “optimistas” y “pesimistas” (Arcary). Y llama la atención porque aunque el debate entre ambas “tendencias del análisis” sea habitual en la izquierda, no parece ocurrir con la agudeza que se aprecia en Brasil.

Se sobreentiende hasta cierto punto: Brasil tiene semejantes dimensiones que es difícil sino imposible abarcarlo en su totalidad; no unilateralizarse. Acá se aprecia un elemento de método: es improbable estimar todas las tendencias. Pero hay elementos metodológicos en el marxismo que permiten entender que cuando se trata de dimensiones tan grandes, existe multitud de tendencias y contratendencias en juego (es decir, que permiten metodológicamente compensar los análisis).Ningún país, y menos que menos Brasil, es un “continente vacío”: las contradicciones de clase son tan grandes, las sensibilidades que avasalla la explotación y la opresión capitalista son tan dramáticas, que, de alguna manera, en la medida que en última instancia la existencia determina la conciencia, aunque la conciencia esté tan inundada por “verdulería mentales” como ocurre hoy en Brasil, de una u otra manera llegará una reacción.Es decir, aquél elemento que se nos escapa para hacerse valer: como señalamos con Antunes al comienzo de esta nota, porque es difícil imaginar una sociedad que pueda ser destrozada de manera ilimitada. Y en el mismo sentido se manifiesta el politólogo marxista francesa, Antoine Artous, cuando señala que el totalitarismo es inconcebible siempre y cuando existan formas asociativas en la sociedad civil[35].

En el análisis de la lucha de clases existen siempre grados (graduaciones). Por ejemplo: una cosa es un régimen democrático burgués, otra es un régimen semi bonapartista, bonapartista, una dictadura o un régimen lisa y llanamente fascista. Son todos grados de la lucha de clases (determinadas relaciones de fuerzas). Y para pasar de un grado a otro por así decirlo, es imposible que ocurra por fuera de una prueba de fuerzas vivas. Porque es la lucha de clases la que da la medida de las cosas; el “micrómetro” que mide el espesor de las cosas. El hecho que para ciertos cambios en el régimen político se hace inevitable la intervención de la propia lucha; se convoca a la lucha de clases (ciertos cambios no pueden ocurrir en “frío”; al menos a priori[36]).

El impresionismo se caracteriza por agrandar la fuerza del enemigo y disminuir la propia, así como el facilismo hace lo contrario: es incapaz de ver los enemigos y su despliegue.

Ambas unilateralidades desarman por el lado contrario pero, lógicamente, lo que estuvo sobre la mesa en la última etapa en Brasil fue el impresionismo, esto en la medida que Bolsonaro parecía todopoderoso (y esta determinación sigue todavía sobre la mesa un poco por la fuerza de las cosas, otro poco como excusa para las fuerzas oportunistas que se van a amparar en la subsistencia del bolsonarismo para capitular al nuevo gobierno de Lula y Alckmin, integrar sus filas o lo que sea[37]).

Pero no: se acaba de probar que Bolsonaro no era todo poderoso (siquiera fue capaz de desconocer el resultado electoral aunque no haya reconocido explícitamente a Lula). Y no solamente porque además de las contradicciones de clase, están también las contradicciones en el seno de la clase dominante. Sino porque como hemos señalado, el vértigo de los acontecimientos inmediatamente posteriores a la segunda vuelta, amenazó con ingredientes de “guerra civil”…

Como decíamos en otra nota (“Brasil, un escenario peligroso”), es de buenos marxistas revolucionarios: a) identificar los peligros cuando estos se presentan sin subestimarlos o ignorarlos, b) no impresionarse, apreciarlos de frente y ver los puntos de apoyo para la acción –para enfrentarlos[38]. Pero está clarísimo que el impresionismo es una mala receta porque agrandar la fuerza del enemigo, impresionarse con ella, paraliza y no permite encontrar las “fuerzas anímicas” y los puntos de apoyo materiales para enfrentarlos.

De ahí que estas semanas hayan sido una escuela de política en Brasil. Para encontrarla mejor orientación frente a una coyuntura que se presentaba difícil. Y, en primer lugar, para no dejarse impresionar. Saber que siempre existen reservas; que todo tiene medida y Bolsonaro también.

Lógicamente, en la elección no se jugó meramente un resultado electoral. Las campañas electorales son una forma distorsionada de la lucha de clases; no dejan de ser parte de ella. Al mismo tiempo, son una suerte de “fotografía”, de “estadística política” de la sociedad que pone en la balanza cosas de peso distinto: no es la misma fuera material-social la de una clase social que la de otra aunque todo parezca “igualado” en la aritmética electoral de una persona un voto (la clase obrera convocada a la lucha siempre es más fuerte que una clase de pequeños propietarios agrupados por una fuerza neofascista, por caso).

Por lo demás, tampoco vale el facilismo displicente de que el resultado electoral sea“indiferente”: es harto evidente que un triunfo o una derrota de Bolsonaro no son lo mismo –no eran lo mismo-. Ocurre que el punto de referencia que produjo su derrota electoral fue un enorme punto de apoyo para evitar la escalada bonapartista de Bolsonaro. Es evidente que la herramienta electoral a mano era la elección de Lula, y que había que apropiarse de ella (el voto es algo táctico, no de principios. Una ruptura con los principios es ingresar a un frente de conciliación entre clases –“Los elásticos límites del posibilismo”, izquierda web).

Si se mantiene la independencia de clase, y el abordaje es políticamente crítico, es decir, independiente, el voto es táctico. Pero que sea algo táctico no quiere decir que no sea importantísimo: los grupos de la izquierda que llamaron a la abstención cometieron un crimen político que desarmó así como lo cometieron los que ingresaron al frente popular… El segundo hecho más grave que el primero, evidentemente. Pero nada justifica el educar a la militancia en transformarse en una secta marginal que le da la espalda a los combates políticos reales y, lo que es peor, a escaparse de cualquier debate con los trabajadores y trabajadoras de carne y hueso(que rehúsa y rehuye –cobardemente- de las batallas reales cual “rata del albañal”[39]).

Bajo los mismos parámetros, que significan saber ver –aprender a apreciar- lo que está detrás del “humo” de la superficie, deben ser analizadas las elecciones; un resultado electoral. Las elecciones siempre son, repetimos, una expresión distorsionada de las relaciones de clase, de las relaciones de fuerzas. Llevar un resultado electoral, dicha fotografía del estado de conciencia de la sociedad a las relaciones de fuerzas, no es algo sencillo ni automático (ni para un lado, ni para el otro).

Lo paradójico de la elección del domingo 30/10 en Brasil, es que las relaciones de fuerzas tuvieron una primera prueba inmediata. Sencillamente, a Bolsonaro no le dio para desconocer el resultado electoral (a pesar de todas sus bravuconadas). La prueba fueron los piquetes bolsonaristas extendidos por todo el país… pero también el incendio social que los amenazaba -y amenazaban el país- sino se levantaban.

El que no vea esto, no ve nada. El que diga “si, Lula ganó pero por pequeña diferencia” dice una verdad, pero se trata de una verdad a medias. Primero, porque ganó la presidencia. Segundo, y sobre todo, porque detrás no de su triunfo electoral sino de la derrota electoral de Bolsonaro, que no es exactamente lo mismo, y de la derrota de los piquetes, lo que se apreció fue una “resultante histórica”: el bolsonarismo llegó para quedarse, y no está derrotado estratégicamente por así decirlo. Pero recibió un primer sonado cachetazo en 4 años amen (que recibieron las relaciones de fuerzas mismas), mostrándose, en definitiva, en este primer gran combate, como un “León sin dientes”(o con los dientes menos afilados de lo que se pensaba).

En todo caso, los últimos días en Brasil han sido una prueba suplementaria que detrás de cualquier resultado electoral, la medida de todas las cosas siempre está, de una u otra manera, en la lucha de clases (en la prueba de las relaciones de fuerzas[40]).

Y esto se vincula con una cuestión más: la experiencia electoral burguesa es en gran medida una experiencia individual: una persona un voto. Sin embargo, la lucha, la pelea, es una acción colectiva. Y, evidentemente, la fuerza de la clase obrera, lo que ordena todo por así decirlo, es la acción colectiva de nuestra clase (la que también acomoda la cabeza de las y los trabajadores, que son bombardeados día y noche por los medios y las redes dominadas por el sistema). Por eso, vale infinitamente más la acción colectiva de nuestra clase que una u otra “fotografía electoral” (un argumento que utilizamos no para quitarle importancia a la derrota electoral de Bolsonaro, nada que ver, sino cuando alertábamos sobre los alcances y también limites de un eventual triunfo del “capitán reformado” -dado de baja).

Y como decíamos en un intercambio de ideas con nuestros compañeros y compañeras de SoB Brasil,este es uno de los mayores crímenes históricos del PT: haber inhibido la acción colectiva de nuestra clase(haberle entumecido sus reflejos de lucha colectiva). Y, sin embargo, y como afirmaba Trotsky, las clases sociales son más fuertes que cualquier aparato. Así que, cuando en el límite debía manifestarse la potencialidad de dicha acción (la “potencia” de las masas podríamos afirmar en sentido spinoziano tonynegrista); cuando nadie la llamó y el PT, desesperado, se jugó entero por evitarla, los sectores populares comenzaron a movilizarse para quebrar los piquetes.

Aquél conductor que se llevó por delante un piquete de fascistoides bolsonaristas, una acción viralizada al infinito, habrá sido muy “bestia” (para nosotros estuvo muy bien; así son las reglas de la guerra civil[41]), pero en su acción reflejó–y, sobre todo, convocó- lo que se venía si seguía la provocación bolsonarista: un estallido social de proporciones bíblicas.

Así que nada: una lección universal de la lucha de clases estos últimos días en Brasil.Esto más allá que está claro que se viene un gobierno de conciliación de clases que va a ceder en todo y mucho más por lo cual habrá que ser oposición de izquierda al mismo. Y que, por lo demás, el pleito con el bolsonarismo no ha acabado (no puede ser acabado por los reformistas).

Bibliografía

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Valerio Arcary, Um reformismo quasesem reformas. Uma crítica marxista do gobernó Lula en defesa da revolucao brasileira, Editora Sundermann, Sâo Paulo, 2014.

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Mario José MaestriFilho, Depoimentos de escravos brasileiros, Icone editora, Sâo Paulo, 1988.

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Roberto Sáenz, “Apuntes sobre marxismo, Estado y bonapartismo”, izquierda web.

-“Brasil, un escenario peligroso”, izquierda web.

-“Una coyuntura atada a la dinámica brasilera”, izquierda web.

-“Brasil y el futuro de la izquierda”, izquierda web.

-“Los elásticos límites del posibilismo”. La izquierda brasilera ante el peligro de una capitulación histórica, izquierda web.

Antonio Soler, O colapso do Lulismo. Ascensao y queda de un pacto social, ColecaoSoB, Guarulhos, 2015


[1]Bacurau es una película brasilera de 2019 dirigida por Kleber Mendonca Filho y Juliano Dornelles que logró varios premios internacionales.

[2]Una semana más de campaña y Bolsonaro ganaba la elección. Es que la campaña electoral de Lula y Alckmin se hizo, enteramente, sobre el terreno de Bolsonaro y no sobre el propio (Lula renunció al derecho al aborto, hizo una segunda vuelta casi enteramente sobre la temática de la religión y recién sobre el final de la campaña un desliz de Paulo Guedes señalando que el salario mínimo y las jubilaciones no se ajustarían más por inflación, permitió a Lula tomar las banderas económico-sociales).

[3]Esto no quita que siga habiendo corrientes de la izquierda que centran sus análisis en Bolsonaro a modo de echar una cortina de humo sobre los primeros pasos del nuevo gobierno de Lula y los técnicos neoliberales que está asignando al área económica del equipo de transición…

[4]Más adelante veremos el pasaje del imperio de la Iglesia Católica a las pentecostales evangélicas.

[5]Un compañero de nuestra corriente nos decía, y tiene razón, que en cierto modo hay que “enamorarse” del país para llegar a conocerlo lógicamente que nunca perdiendo el contexto mayor que es el mundo como totalidad.

[6]Hay que recordar que la India contemporánea sigue expresando una mixtura más o menos informe de división clasista y estratificación de castas por lo que la comparación de Brasil con la India no deja de aportar dramatismo a su “radiografía social”…

[7]A veces es irreconocible si detrás de telas o mantas hay alguna persona humana o no (la miseria en Brasil es estar arrojado en un fondo social que adquiere la dimensión de un abismo infinito, de un verdadero “agujero negro” social).

[8]Octavio Ianni ya hablaba décadas atrás del éxodo rural-urbano que caracteriza a Brasil, revelando las dimensiones sociales y humanas de la industrialización y la urbanización en el país a lo que podríamos agregar ahora del crecimiento del agro negocio, el desmatamento de la Amazonía y la desindustrialización de Brasil (es decir, las tendencias y contratendencias históricas progresivas y regresivas que marcan las “manos y contramanos” del desarrollo brasilero en las últimas décadas; sus clivajes contradictorios más profundos).

[9]Imposible tener percepciones de un país que uno no visita hace 20 años y menos en este mundo en constante transformación, en “estado líquido”.

[10]Si Bolsonaro no se animó a desconocer el resultado electoral a pesar de los estrechos márgenes por los que perdió es porque, entre otras razones, temió una explosión social del país. Atentos que era falsa la creencia que en Brasil no habría reservas en el movimiento de masas o que sus relaciones de fuerzas estén saldadas: sólo bastó la amenaza del Corintians de barrer los piquetes para que quedara desmentida…

[11]Brasilia es un ejemplo del fracaso de las “utopías arquitectónicas” desprendidas de la transformación de las relaciones sociales (utopías de moda en los años 20 del siglo pasado bajo el impacto del modernismo, corriente extremadamente progresiva por lo demás –volveremos). Otto Niemeyer, enorme arquitecto brasilero afiliado al Partido Comunista, fue el creador de Brasilia, así como de muchas otras obras brillantes de arquitectura. Pero además de la falsa idea que la arquitectura podría transformar la vida por sí misma, lo concreto es que Brasilia resta como una obra desproporcionada, abstracta, cuyo gigantismo conspira contra el elemento utópico y no lo contrario (¡cualquier movilización popular en su explanada parece hecha por “hormigas” de los ridículamente inmensa que es! Una oda al Estado brasilero más que a su movimiento de masas).

[12]Soler agrega, algo habitualmente no destacado, que la dirección sindical encabezada por Lula, comenzó su recorrido traicionando las huelgas metalúrgicas de finales de la década del 70 negándose sistemáticamente a unificar las huelgas del sector en el ABC con las del resto del país.

[13]Es un clásico que las masas son más grandes que cualquier aparato y que dichas masas, en condiciones extremas, aun con las direcciones en contra muchas veces irrumpen en la historia y la dan vuelta (Rosa Luxemburgo, dixit) incluso contra los pronósticos de aquellos que creen que las masas populares brasileras son irremediablemente “mansas” o que deben ser tuteladas paternalistamente (Lula y el PT, y porque no las corrientes del PSOL –todas ellas, derecha e izquierda).

[14]Mucha militancia e intelectualidad estaba impresionada por Bolsonaro, un peligro real pero que, como todo peligro, convoca siempre a medir milimétricamente su magnitud ni para subestimarlo ni para sobreestimarlo buscando la manera práctica de pararle la mano.

[15]Las etapas económicas contemporáneas de Brasil siendo: a) modelo agro exportador cafetero hasta 1930, b) sustitución de importaciones de 1930 a 1964, c) desarrollismo multinacionales durante el gobierno militar y d) neoliberalismo a partir de los años 1990 (Collor de Melo en adelante hasta hoy).

[16]Habría que ver en qué categoría está, por ejemplo, la India con todo su enorme desarrollo desigual pero, quizás, sus características tengan, en cierto modo, muchos puntos comparables a las de Brasil aunque su población es cinco o seis veces más grande.

[17]Gobiernos burgueses “modernizadores” de la mano del imperialismo y las multinacionales.

[18]Las llamadas “PEC Kamikaze” fueron una serie de órdenes de gasto pasadas por el Congreso por Bolsonaro amén que existen, también, en esa sede gastos secretos que el mismo puede llevar a cabo… Es decir, un funcionamiento bonapartista y discrecional respecto del gasto que, en definitiva, no se termina de saber dónde empieza y donde termina.

[19]México está demasiado cerca de los Estados Unidos para tener una fuerza gravitatoria similar a la de Brasil.

[20]Groso modo la etapas del desarrollo político contemporáneo de Brasil son: a) la “República vieja”, etapa oligárquica que va de finales del siglo XIX a 1930, b) El “Estado Novo” bajo las primeras presidencias dictatoriales/populistas de Getulio Vargas y que termina en 1964, c) la dictadura militar desde 1964 hasta 1985 (con las primeras elecciones por voto universal desde la “democratización” en 1989, y d) la “Nueva República” con la Constitución de 1988 como evento fundacional por así decirlo.

[21]Respecto del PT Antunes subraya que cuando llegó al gobierno en el 2003 el partido ya no era el mismo. El transformismo ya lo había tocado en profundidad. En primer lugar, en lo que había sido característico en su origen: su origen social operario y popular. Un análisis similar es el que manifiesta Antonio Soler refiriéndose al transformismo como cooptación orgánica del PT en el régimen burgués. Sin embargo, el señala que no existió bajo los gobiernos del PT ninguna “revolución pasiva”, simplemente, porque no ocurrieron grandes transformaciones estructurales siquiera desde arriba.

[22]Hay que decir que rasgo característico de Brasil por contraste con la Argentina, es que tiene una gran capa de sociólogos y politólogos que producen ensayos sobre el país día y noche, algo ausente en el escenario argentino actual.

[23]Antunes habla de Brasil como una sociedad capitalista dependiente de tipo “prusiana”, en el sentido de una industrialización tardía de origen en una sociedad señorial, esclavista, colonial y dependiente virulenta y autocrática en relación a las clases populares, y servil, subordinada y dependiente en relación a las burguesías centrales.

[24]El tema de la pobreza sigue teniendo enorme densidad en el gigante latinoamericano. No podemos extendernos demasiado acá sobre esto, pero la distribución de la riqueza es tan regresiva que es obscena: mientras las clases altas van de compras al shopping en helicóptero, hay decenas de miles sino millones que se mueren literalmente de hambre (muchísima gente saltea comidas como algo habitual).

[25]Películas ya clásicas como “El beso de la mujer araña” o “Carindu” retratan lo que estamos señalando: la barbarie carcelaria en estado puro.

[26]Antunes define claramente al PT como un “partido del orden”.

[27]Cada cambio de régimen político, el conjunto de sus matices, implica relaciones de fuerzas diversas y eventos que no pueden sustanciarse por fuera de la lucha de clases. Esta es la enseñanza dejada por Trotsky cuando insistía, por ejemplo, que el propio bonapartismo era un régimen de transición donde las relaciones de fuerzas seguían abiertas y podían inclinarse para un lado o para el otro.

[28]Arcary señala que en los combates parciales de la clase trabajadora en las últimas décadas, la clase obrera siempre fue “más radical en las acciones que en sus reivindicaciones. Movió montañas, pero para reivindicar muy poco” (Arcary; 2014; 49). Lo que habla de otra cuestión señalada por él en la que coincidimos, de que la clase trabajadora brasilera sigue siendo, en cierto modo, una clase trabajadora todavía joven marcada, también, por las inercias reaccionarias de un país culturalmente muy atrasado y donde el miedo a las represalias siempre fue muy efectivo para neutralizar la acción colectiva de un pueblo políticamente poco organizado (ídem; 50). Y sin embargo lo que se vio estos días, es una emergencia anti-neofascista que, quizás, no estaba en el cálculo de muchos pero que paso por encima del frenazo que intentó colocarle el PT.

[29]Un compañero brasilero nos decía agudamente que hay elementos en el Brasil de hoy que remiten –lógicamente, en términos muy generales- a “la ética protestante y el espíritu del capitalismo” retratadas en su momento magistralmente por Max Weber en una obra homónima.

[30]Andres Singer y otros sociólogos brasileros dan cuenta que en las elecciones del 2006, Lula cambió de base social: el tradicional conservadurismo de los Estados del nordeste de Brasil viraron petistas, al mismo tiempo que el PT perdían base social en el sudeste, más industrializado (una tendencia que sigue hasta el día de hoy si retenemos el dato que en la única región que Lula se impuso, y por enorme diferencia, fue en el nordeste).

[31]Antunes habla de la ideología del emprendedurismo como mecanismo para ocultar las relaciones de asalarización (explotación).

[32]Disentimos lógicamente a este respecto de Valerio Arcary, que termina sobreestimando al bolsonarismo y substimando a las masas populares. Los peligros de cierre del régimen existieron, y seguirán existiendo. Y sin embargo también es verdad que ha habido una reacción popular que ha ido más allá de las elecciones y no puede quedar por fuera de los análisis.

[33]Un neoliberalismo con un pátina social que siquiera llegó nunca a un desenvolvimentismo (desarrollismo).

[34]Es significativo que Arcary hable en sus últimos artículos del peligro del facilismo. Y es verdad, existen ambos peligros: facilismo e impresionismo. Pero luego del cachetazo que recibió Bolsonaro al no poder siquiera desconocer la elección y aunque el bolsonarismo llegó para quedarse y planteará sin duda peligros en el futuro, la apelación a la crítica del facilismo quizás sea el recurso para un creciente deslizamiento oportunista (es seguro que el PSOL se va a amparar en ello para ingresar con armas y bagajes en el gobierno burgués).

[35]Su argumento se refiere a las sociedades precapitalistas donde subsistían elementos asociativos vinculados a la comunidad rural o a las corporaciones artesanales disueltas bajo el capitalismo y el imperio del “trabajo libre”.

[36]Aunque sí ocurren cambios revolucionarios o contrarrevolucionarios en frío en todo caso atentos a un cambio ocurrido anteriormente y que quizás no supimos mensurar.

[37]Esto muestra que el análisis también puede ser instrumentalizado para otros fines que su verdadero fin cual es estimar con objetividad la verdadera correlación de fuerzas.

[38]Trotsky tenía una ilustrativa metáfora en relación a los mismos cuando hablaba de un escalador que miraba una pared montañosa a lo lejos y parecía lisa, pero que al acercarse a la misma comenzaba a encontrarle las salientes donde apoyarse para conquistarla.

[39]Este crimen lo cometió el grupo del PTS en Brasil, MRT, que, vergonzosamente, se inventó la táctica del “voto nulo avergonzado”… En los anales del marxismo revolucionario nunca se vio una táctica política tan cobarde (un llamado “clandestino” a un voto…).

[40]El hecho que detrás de la aritmética electoral estén siempre las relaciones de fuerzas, es algo universal (que se aplica a varios terrenos y no solo las elecciones burguesas).

[41]Las reglas de la guerra civil no se pueden elegir: son ojo por ojo, diente por diente. La responsabilidad la tenían los fascistoides que cortaban las rutas exigiendo el golpe militar. (Si se pudiera, habría que fusilarlos. Es decir: tomar las banderas democráticas con métodos revolucionarios –que las trasciendan).

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