• Una preocupación legitima en el análisis desde la izquierda, tanto dentro como fuera del país, es la inevitable comparación con el Maidan de Ucrania en 2014, donde las violentas protestas antigubernamentales y por un acercamiento a la Unión Europea derivaron en que se montara sobre la protesta la extrema derecha con una agenda anti obrera y antidemocrática, con elementos de guerra civil que llevaron a más de 100 muertos.

Marcelo Buitrago

Ubicada entre Polonia, Ucrania y Rusia, la República de Bielorrusia hasta ahora sólo parecía ser el objeto de burla de la prensa europea hacia su presidente: “el último dictador”, “el dictador de las patatas” o “el soviético universal”,  que gobierna el país desde 1994.

Una mezcla de Putin y Bolsonaro, que propuso combatir el coronavirus con “vodka, sauna y trabajo duro”, por lo que no tomó ninguna medida de ningún tipo, (el único campeonato de fútbol creemos del mundo se siguió disputando allí), que se reconoce explícitamente como de “estilo autoritario”, pero “en beneficio de la gente”, parlamentario del PC que fue el único que votó en contra de la disolución de la URSS. Emergió en ese entonces como figura anticorrupción y sorpresivamente se impuso en 1994 en las elecciones presidenciales de la joven república, continuando en el poder hasta hoy, a través de elecciones que ganó con porcentajes “soviéticos”  de “abrumadora mayoría”.

Su propia ubicación geográfica (allí se encuentra la actual Brest, donde se firmó la paz entre Alemania y la naciente URSS) la expuso al genocidio nazi, ya que se estima que entre un cuarto y un tercio de su población fue aniquilada, durante la ocupación que se extendió hasta 1944, recuperando recién su población a inicios de los 70.

Pero desde el  9 de agosto, cuando se realizaron por sexta vez elecciones presidenciales el suelo tiembla para el autócrata. Continuando con su método escandalosamente fraudulento se adjudicó un 80% de los votos contra el 10% de la opositora Svetlana Tikhanovskaya, que asumió la candidatura ante el encarcelamiento de su esposo, un popular bloguero, lo que provocó esa misma noche movilizaciones espontáneas que fueron recibidas con el tradicional método anunciado en protestas anteriores: “les retorceremos el cuello, como a un pato”, provocando el arresto de unos 3.000 manifestantes. A pesar de ello, las protestas continuaron los días siguientes, incrementando  la represión a niveles nunca vistos en Minsk, la capital, con gases lacrimógenos, bombas aturdidoras, cañones de agua y garrotazos al por mayor, elevando el número de detenidos a 7.000.

Pero esta vez, el nivel de represión se volvió en contra de Lukashenko: el domingo siguiente más de 250.000 personas, participaron  de la “Marcha por la libertad”, considerada la mayor en la historia del país.

Esta vez, a diferencia de todas las protestas anteriores, la rebelión no se focaliza en Minsk sino que se extiende a todo el país, y tampoco se reduce a los jóvenes. Por ejemplo, en las protestas posteriores a las elecciones de diciembre de 2010, decenas de miles protestaron en Minsk, lo que fue saldado con el aplastamiento de la revuelta y el arresto de 700 manifestantes, entre ellos siete ex candidatos presidenciales. Muchos de los detenidos fueron condenados a entre 4 y 15 años de cárcel por “disturbio” e “intento de golpe de Estado” y la represión política a través de la KGB (sí, se llama así) se impuso en todo el país con arrestos, interrogatorios y amenazas. Un testimonio de una estudiante, recogido por S. Aleksievich[i], cuenta que después de un  mes de cárcel, donde fue amenazada de violación por el juez instructor, y el despido de su madre, con 16 chicas en una celda para cinco, fue liberada a medianoche en el medio de la nada, con una cuenta en el bolsillo para pagar su “estadía” en prisión  y al volver a la Universidad fue expulsada por unanimidad en una “asamblea pública”: “No te ofendas, pero el decano nos amenazó con echarnos de la residencia de estudiantes si no votábamos a favor”, le explicaron después sus amigas. Mientras tanto, su pareja le reprochó ser una “ingenua revolucionaria”,  ya que  la vida se resumía en ganar dinero. Cuando volvió a su pueblo, los campesinos le decían que los estudiantes eran “bandidos y terroristas” y que allí seguía en vigencia “el poder soviético”. Esa fue la frustrada “revolución de los niños” porque los padres se quedaron en sus casas, teniendo presentes los recuerdos del pasado soviético.

Ucrania o Minneapolis

Una preocupación legitima en el análisis desde la izquierda, tanto dentro como fuera del país, es la inevitable comparación con el Maidan de Ucrania en 2014, donde las violentas protestas antigubernamentales y por un acercamiento a la Unión Europea derivaron en que se montara sobre la protesta la extrema derecha con una agenda anti obrera y antidemocrática, con elementos de guerra civil que llevaron a más de 100 muertos.

No parece ser el caso: no hay divisiones sociales rusas y anti rusas como en Ucrania, no hay conflictos de lenguaje o étnicos, ni parece haber discusiones sobre los símbolos, aunque la mayoría lleve la bandera roja y blanca de 1991-1994; no hay líderes, ya que la oposición  tradicional está presa  y tampoco  hay ataques a los símbolos de la época soviética que todavía perduran por todos lados. Así, por ejemplo, hay fotos de manifestantes con carteles de protesta al pie de una estatua gigante de Lenin.

La propia Tikhanovskaya, que luego de estar detenida se exilió en Lituania, difundió un mensaje de no movilizar porque “no valía la pena”. En su último mensaje, al ver que era ignorada, ya no se considera más oposición sino mayoría, y se encargó de recalcar que “la protesta no es pro-europea o anti europea, ni pro rusa o anti-rusa” sino “por la democracia”.

Distintos observadores dan cuenta que es difícil atribuir ninguna ideología específica a este movimiento espontáneo, carece de una agenda política y social aparte  de impugnar los resultados y reclamar contra la brutalidad policial y, no se ven columnas organizadas ni acciones con algún grado de centralización, como toma de edificios o levantamiento de barricadas.

Lukashenko parece haber perdido el apoyo pasivo o la tolerancia de los trabajadores. Si bien Bielorrusia no participó del espectáculo macabro de la irrupción capitalista de los 90 en todas las esferas de la vida económica y social, y la mayoría de la población continúa siendo empleada del aparato estatal o de las empresas públicas, del régimen soviético continúa sólo el aspecto represivo. Así, a partir de 2004 introdujo contratos individuales para los trabajadores en lugar de convenios colectivos, aumento de la edad jubilatoria y reducción de jubilaciones, reducción de salarios, vacaciones no remuneradas, prohibición de renuncia al trabajo  y un acelerado programa de privatizaciones. El colmo fue en 2017 el fracasado intento de un “impuesto al desempleo”.

Un elemento para evaluar las debilidades organizativas opositoras, después de décadas de represión, es que uno de los principales canales de información sea Nexta, creada por un exiliado en Polonia, desde donde postea por Twiter y Telegram, fotos y videos que evidentemente le comparten desde Minsk, mientras el gobierno trata de bloquear internet.

A través de Nexta se puede apreciar la creciente intervención de la clase obrera como sujeto, no diluido en la multitud: la bandera roja y blanca ondeando en el punto más alto de la fábrica de Grodno Azot, los trabajadores de la fábrica de tractores  MTZ uniéndose a los mineros rumbo a la Plaza Independencia, la huelga en MTZ y en la acería Zhlobin.

Hasta ahora el reclamo obrero se limita al pedido de nuevas elecciones y el cese de la brutalidad policial, mediante asamblea y paro. Esto, que puede parece limitado, se hace tomando medidas ilegales, que no se tomaban desde 1990 con la caída del régimen soviético, y que no estaban en la cabeza de nadie hace 20 días. El enorme desafío ahora de los trabajadores de Bielorrusia es introducir su propia agenda, que vaya más allá de las nuevas elecciones, empezando por las demandas sociales contra el programa neoliberal de la oposición, la creación de sindicatos independientes  y su propia organización política que le permite emerger como sujeto activo real.

Esa sería la mejor manera de garantizar la caída de Lukashenko y evitar nuevas decepciones de los partidos tradicionales, que no han jugado ningún papel en las movilizaciones, pero que tratarán de sacar provecho de las mismas.

 


[i] El fin del “homo sovieticus” S. Aleksievich

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