• La pandemia y las comparaciones internacionales odiosas

Por Marcelo Yunes

La evolución de la pandemia en el mundo y en la Argentina ha dado mucha tela para cortar en materia de comparaciones. Nadie resiste la tentación: desde el presidente hasta Patricia Bullrich, desde los epidemiólogos hasta el último charlatán mediático, todos sucumben al impulso de comparar los datos y las políticas del gobierno argentino con los de otros países, por lo general arribando a la conclusión que ya tenían antes de empezar el análisis. De allí que nos encontremos con quienes dicen que, en materia de contención de la pandemia, Argentina es poco menos (según algunos, incluso un poco más) que un ejemplo mundial, mientras que para otros estamos al borde de la catástrofe.

Aquí intentaremos abordar el tema sobre la base de un conjunto de datos específicos de salud de la pandemia; luego nos referiremos a las medidas económicas y sociales tomadas en ese marco. Al respecto, tomaremos una matriz que abarca las últimas diez semanas, con los datos de los 60 países con más casos en cada semana, y cubriendo las siguientes variables: casos y muertes –tanto en números absolutos como relativos a la población, es decir, cada millón de habitantes–, casos activos, tasa de mortalidad (la ratio muertes/casos) y la curva de evolución. En este último caso, para simplificar, consideraremos la tasa semanal de aumento de casos (esto es, qué porcentaje de casos se agrega en cada semana al total anterior). Este dato resulta particularmente importante porque es el más dinámico: mientras que la cifra de casos o muertes es un total acumulado que no nos dice mucho sobre el ritmo de la pandemia en cada país, la evolución de la ratio semanal nos permite medir con mucha más precisión la marcha ascendente o descendente de los contagios y los casos fatales. Los datos son los oficiales de la OMS, recogidos en worldometer.info, desde el 20 de marzo hasta el 26 de mayo pasados.

¿Es posible comparar países? ¿Son fiables los datos?

Cualquier sociólogo, epidemiólogo o estadígrafo nos dirá, con toda razón, que las comparaciones entre países en este punto, aunque son posibles, deben ser hechas con precaución. Sólo se pueden comparar cosas semejantes, y entre países hay diferencias de todo tipo. En primer lugar, de patrones demográficos, que incluyen densidad de población,edad promedio, índices de pobreza e indigencia, nivel de urbanización, acceso y calidad del sistema de salud, entre otras variables. Pero también, y no en menor medida, de fiabilidad de las estadísticas oficiales.

Es verdad que probablemente la mayoría de los gobiernos y países manipulen los datos, aunque esto tiene grados muy diversos. En otros casos, simplemente lo que hay es falta de capacidad logística y técnica para recolectar datos, para no hablar de que muchos países tienen su propia manera de contabilizar casos y muertes –esto es, sin respetar explícita o implícitamente los estándares internacionales que recomienda la OMS para el caso de esta pandemia–, lo que da lugar a una gran dispersión en los indicadores, especialmente la tasa de mortalidad.[1]

Todo esto es cierto, y en ese sentido hay que admitir que es problemático sacar conclusiones de comparaciones cuando las diferencias en valores no son grandes. Pero eso no significa que se deba caer en el nihilismo epistemológico de que no se puede decir nada de nadie porque nada en absoluto se puede comparar. Es el argumento al que recurren de manera interesada muchos defensores de tal o cual gobierno, que dicen “no se puede comparar porque China (o EEUU, o Brasil, o Argentina, o casi cualquier otro país) miente”. Este escepticismo absoluto, hijo natural de las teorías conspiranoicas tan en boga, lo que hace es impedir sacar conclusiones no en los casos dudosos, sino en los que saltan a la vista.

Es aquí donde sí se puede hacer comparaciones que pueden pasar por alto las desviaciones estadísticas debidas a las diferencias sociales y de (des)manejo de datos. Por dar un ejemplo: Argentina y Colombia son dos países de nivel similar de población y patrones demográficos (y de tipo de país) no tan lejanos entre sí. Los datos de la pandemia en Argentina son en general más positivos que los de Colombia, aunque no por una gran diferencia; por eso mismo, sería irresponsable jactarse de una mejor performance, ya que un estudio que considere más variables –o evidencia de poca fiabilidad de los datos– podría dar vuelta la situación. Ahora bien, nadie en su sano juicio que compare las cifras de Brasil con las de la mayoría de los demás países puede evitar sacar la conclusión de que el manejo que hace Bolsonaro de la pandemia es una receta ya no desastrosa sino bordeando lo criminal.

Otro ejemplo, famoso por ser mencionado por Alberto Fernández, es el de Suecia. Seguramente que los patrones demográficos son distintos, hay muchas más personas que viven solas o en residencias de ancianos, la edad promedio es mucho más alta, lo que se quiera. Pero no hay forma de que eso anule la distancia de que Suecia tiene casi 40 veces más muertos por millón de habitantes que la Argentina (418 contra 11).

Por consiguiente, una regla provisoria pero útil aquí es tomar en cuenta no las pequeñas diferencias sino las grandes, aquellas que difícilmente puedan compensarse por factores exclusivamente demográficos, y que en cambio pueden atribuirse a políticas sanitarias y enfoques específicos frente a la pandemia.

La marcha de la pandemia: desigualdades regionales

En las últimas semanas se pueden identificar ciertos elementos de la evolución de la pandemia. El primero es que se confirma el achatamiento de la curva de casos en el “núcleo original”. La cantidad de casos activos en China no llega al centenar, y en Corea del Sur, al millar; en Japón y sobre todo Irán es algo mayor, pero por debajo del 10% de crecimiento semanal (en Japón, debajo del 2%). Por supuesto, ni en éste ni en los demás casos hay que excluir la posibilidad de rebrotes –hasta ahora, no ha habido ninguno importante, sólo algunos muy parciales y rápidamente controlados–, pero por ahora son los países que quizá estén completando la curva evolutiva de la pandemia.

Segundo: lo que fue el centro de la pandemia durante todo abril, es decir, primero los países “grandes” de Europa Occidental –Italia, España, Reino Unido, Francia y Alemania– y EEUU (secundariamente, Turquía, Canadá y los demás países de Europa occidental), si bien siguen teniendo una cantidad importante de casos y de muertos que los lleva a estar arriba en ambas listas, están en general con una curva en descensoCasi todos los europeos, incluidos la mayoría de los del este (también Turquía, Australia e Israel) están en la zona del 10% semanal de aumento de casos. EEUU y Canadá todavía no, pero se están acercando semana a semana. En ese sentido, no hay que impresionarse sólo con los números absolutos, que para EEUU son espantosos; es verdad que “sólo” un 10% de casos representa más de 150.000 por semana en ese país.

Tercero: considerando esto, desde hace semanas se está dando algo que podríamos llamar “tercermundización” de la pandemia. Si uno mira la tabla por cantidad de casos totales de hace un mes, entre los diez primeros estaban EEUU a la cabeza, seguido de los cinco grandes europeos, y luego Turquía, Irán, China y Rusia. Hoy, la tabla sigue encabezada de lejos por EEUU, pero en segundo lugar está Brasil, Rusia tercero, luego los europeos, Turquía y la India. Y en los diez puestos siguientes, abundan los latinoamericanos y asiáticos, sobre todo del subcontinente indio y del Golfo.

Esto es más visible aún cuando se consideran sólo los casos activos, una lista que refleja mejor cuáles son los países “en remisión”, por así decirlo, y cuáles son los que aumentaron mucho su tasa de infección. Además de Rusia (tercero) e India (sexto), hay tres latinoamericanos: Brasil (cuarto), México (séptimo) y Chile (décimo). Entre los diez siguientes encontramos a Pakistán, Qatar, Bangladesh y Arabia Saudita.

Y la tendencia es a que esto se consolide: en las últimas tres semanas, entre los 17 países con una tasa de aumento de casos superior al 30% semanalno hay ni uno solo desarrollado. Encontramos seis latinoamericanos[2] (en orden decreciente de ratio semanal: Chile, Brasil, Argentina, México, Colombia y Perú), cuatro de los seis del Golfo Pérsico (con el mismo criterio: Kuwait, Qatar, Bahrein y Arabia Saudita, con los Emiratos Árabes muy cerca del límite), los tres del subcontinente indio (Bangladesh, India y Pakistán), dos africanos (Sudáfrica y Egipto) y otros dos asiáticos (Afganistán y Kazajistán). Los que están cerca de esa cifra son Rusia, algunos de sus países limítrofes (Belarús, Moldavia) e Indonesia.

Si esta tendencia se mantiene, el mapa de la pandemia debe ser leído cada vez más en dinámica, tomando menos en consideración las cifras “heredadas” –en las que pesa el monstruoso impulso inicial que tuvo en los países desarrollados–[3] y prestando especial atención a los países que en estos días están aumentando de manera espectacular su tasa de contagio. Uno de ellos es la Argentina.

Argentina: de la autocomplacencia a la preocupación

En las primeras semanas, mientras mirábamos azorados las imágenes desesperantes de personal de salud italiano que debía elegir a quién asignarle cama y respirador, el aumento exponencial de contagios en EEUU –en pocas semanas pasó a tener más casos activos que los 15 países que le seguían– y las fosas comunes en Brasil, las muy razonables cifras argentinas eran motivo de relativa tranquilidad e incluso cierto orgullo chauvinista en algunos casos. Esto pronto derivó en cierta autocomplacencia en el gobierno argentino, que se combinó con la presión empresarial para aliviar la cuarentena a cualquier precio.

Así, en el mismo punto de la evolución de la curva en que se hacía más recomendable que nunca mantener los cuidados, el gobierno nacional anunció el relajamiento de las medidas de aislamiento y de control. A esto debe sumarse que ciertos núcleos de particular riesgo, como en primer lugar el personal de salud, pero también asentamientoscon las  peores condiciones habitacionales y hasta geriátricosnunca tuvieron las medidas de cuidado especiales que necesitaban.

El resultado es el que está a la vista: el enorme aumento de los casos en los últimos días, lejos de ser “algo que se esperaba” y para lo que se estaba preparado, pareció tomar por sorpresa a un gobierno nacional (y también el de CABA y la provincia de Buenos Aires) que estaba orientando el timón exactamente hacia el lado opuesto al que debía. La buena evolución el interior del país, con el 75-80% de las provincias casi sin casos recientes, no puede opacar que en el Área Metropolitana de Buenos Aires (AMBA, Capital Federal y Gran Buenos Aires) los casos se dispararon y no está claro que ese brote se pueda contener.[4] Porque, además, los epicentros se empiezan a dar en los barrios más vulnerables, donde el control de la propagación del virus es casi imposible, y mucho menos con “soluciones” de tipo más policial que sanitario como la implementada en Villa Azul de Quilmes.

La progresión es muy visible: el 8 de mayo se superaron por primera vez los 200 casos; a partir del 10 de mayo, nunca bajaron de 200; a partir del 18 de mayo, nunca bajaron de 300, y desde el 21 de mayo no bajan de 500 casos por día. En una sola semana, la del 20 al 26 de mayo, hubo más de 4.400 casos, es decir, la misma cantidad que se había registrado desde el primer caso, el 3 de marzo, hasta el 30 de abril, esto es, en 58 días.

Esta disparada de contagios tiene un correlato numérico muy contundente: en la semana del 16 al 23 de mayo, la tasa semanal de crecimiento de casos de la Argentina estuvo entre las diez peores del mundoSéptima, de hecho, sólo por debajo de Afganistán, Chile, Brasil, Bangladesh, India y Sudáfrica. Y si tomamos las de la semana del domingo 24 hasta hoy, probablemente esté entre las tres peores del mundo, incluso por encima de la de Brasil. Por supuesto, esto no significa que estemos en esa situación en general, sino que alcanzar una dinámica similar de crecimiento imparable de casos como sufrieron en su momento los países europeos y EEUU, luego Rusia y luego los países de Latinoamérica con peores indicadores de la pandemia es una posibilidad muy real.[5]

Como se ve, Argentina no era “el ejemplo del mundo”, a pesar de los buenos resultados iniciales, justamente porque para sostenerlos hacía falta lo que no hay: decisión política para no dejarse llevar por las presiones de los empresarios a quienes la salud y la vida de los trabajadores les importa menos que nada. Sin esa decisión, hasta el más “progre” puede terminar acercándose a las consecuencias de las políticas de un Bolsonaro, porque –y aquí sí influye el tipo de país– Argentina no está para darse el lujo de conformar a unos y a otros. Si se cuida a la población, la cuenta la debe pagar la clase capitalista; no hay otros “ahorros” en un país como éste. Y si se privilegia la voracidad patronal… pues entonces no se cuida la salud de la gente. No hay tercer camino.

El ejemplo es el de las y los que luchan

Así, en este marco toda política que no sea consolidar el aislamiento social, reforzar la atención sanitaria y económica de los sectores más comprometidos y sostener la cuarentena con medidas de apoyo financiero a los trabajadores y demás sectores que dependen de un ingreso fijo es sencillamente criminal. La escalada de contagios no es imposible de frenar si se toman las medidas que recomiendan los epidemiólogos y se compensa con aporte estatal a todos aquellos impedidos de salir a trabajar para vivir. Pero lo que estamos viendo no es un gobierno que se prepara para eso, sino para recurrir al manual de excusas ante lo “inevitable” con tal de no enojar a los empresarios, que ya se relamían con la salida de la cuarentena.

El verdadero ejemplo a seguir no es ése, sino el de las trabajadoras y trabajadores de la salud que reclaman por el equipamiento y las medidas de seguridad que se les niegan (y que cuestan un número altísimo de muertos y afectados); el de los trabajadores que exigen el cumplimiento de las medidas sanitarias que la patronal explotadora descuida, el de todas y todos los que no depositan la solución de los problemas en el mismo gobierno que se apresta a pagar millonadas a los acreedores externos, sino en su propia organización y movilización. Ése es el camino para que no sean los de siempre los que paguen la cuenta de la crisis, y también para enfrentar mejor la pandemia con la agenda de los que ponen el trabajo, no de quienes lo explotan.


[1] Un caso flagrante de esto es lo que sucede con todos los países del Golfo Pérsico y otros, que reportan decenas de miles de contagios pero,en el caso de Bahrein, Qatar, Singapur o Kazajistán, sólo 20ó30 muertes en total, con una tasa de mortalidad de menos del 0,1%, inferior incluso a la de la gripe común, lo cual es manifiestamente absurdo; el promedio mundial es del 6,2%. Aquí no hay otra explicación que una subdeclaración de casos fatales, ya que no tiene sentido suponer que se “inventan” casos de coronavirus que en realidad no existen. Algo similar puede decirse del muy bajo (y muy poco explicable) 1% de mortalidad de Chile y Rusia, que no se replica en ninguno de los países vecinos ni puede deberse a un sistema de salud tan superior. En el otro extremo, aunque con una desviación mucho menor respecto del promedio, varios países de Europa occidental más que duplican esa tasa; en el caso de Bélgica, que encabeza la lista con una tasa de mortalidad superior al 16%, las autoridades sanitarias explicaron que, en caso de duda, asignan la muerte al coronavirus, cosa que no hace casi nadie.

[2] No consideramos aquí a Bolivia porque no está aún entre los 60 primeros países que son objeto de nuestro análisis, pero está a punto de entrar en esa lista (ya llegó al lugar 62) y viene con cifras muy malas.

[3] Aquí cabe puntualizar que las mayores ratios de crecimiento semanal (con cifras de casos que en muchísimos casos se multiplicaban por tres, cuatro, cinco y hasta siete en una sola semana) se dieron en la segunda quincena de marzo y la primera semana de abril. A partir de allí, salvo casos aislados durante abril –que fueron siempre en países “emergentes”, con la relativa excepción de Rusia–, esa tasa nunca llegó a la duplicación semanal de casos. Y en las últimas tres semanas, al menos entre los 60 países con más casos, nunca hubo más de 5 países que superaran una ratio semanal del 50%.

[4] Es relativamente mejor que los casos se den en un área geográfica más concentrada: el 82% de los casos (y el 77% de las muertes) corresponden a Capital y provincia de Buenos Aires; si se agregan sólo tres provincias (Chaco, Córdoba y Río Negro), las cifras respectivas son 93 y 95%. Pero es un magro consuelo cuando se piensa que justamente esa concentración de casos puede conducir a la saturación de la capacidad de los sistemas de salud.

[5] Un indicador de cómo el mensaje oficial puede pasar en cuestión de horas de la autocomplacencia ya no a la preocupación sino a la desesperación son las declaraciones de Sergio Berni, ministro de Seguridad bonaerense, que hizo esta nada tranquilizadora comparación: “Lo que nos toca vivir es como estar en el Titanic, el choque es inevitable”. ¿Acaso está abriendo el paraguas para el futuro discurso de “no se puede hacer nada”?

DEJAR UN COMENTARIO

Ingresar comentario
Ingrese su nombre