• Los explotados y oprimidos entran en escena en el corazón del capitalismo mundial.

Por Federico Dertaube

“Todo lo sólido se desvanece en el aire”

Karl Marx

 

En el quinto día de movilizaciones masivas consecutivas en Estados Unidos, con el desafío de masas en la calle a los toques de queda y la represión y la radicalización inmensa de la movilización en repudio al asesinato de George Floyd, podemos decir que ha comenzado una rebelión popular como no se ha visto allí en más de cuatro décadas.

Podríamos estar en puertas del mayor ascenso de la lucha de clases en Estados Unidos desde la década de los 60’.

Si las rebeliones como consecuencia del capitalismo voraz se daban centralmente en el tercer mundo, ahora lo que hay de tercer mundo en la principal potencia mundial se abre paso en Minneapolis, Nueva York, Los Angeles y todas las grandes ciudades llenas de trabajadores negros, latinos, inmigrantes…

Es ineludible pensarlo: estamos frente a un hecho histórico, uno de esos acontecimientos que marcan un antes y un después. Las cosas no podrán ser como antes, la historia acaba de dar vuelta una página.

El asesinato de George Floyd fue la chispa que encendió la pradera, y la pradera es inmensa.

Estados Unidos viene de décadas de regresión neoliberal, de azote brutal de la opresión racial y nacional, de retrocesos en las conquistas de los trabajadores, precarización laboral y aumento de la explotación. Con la pandemia, se suman ahora decenas de millones de despidos. Sobre la base de ese orden interno es que Estados Unidos se sigue sosteniendo como primera potencia mundial. Ese infame orden es el que ha sido puesto en jaque por la movilización.

Para agravar las cosas, el gobierno fascistoide, descaradamente imperialista y racista de Trump ha descargado de manera artera y genocida la crisis de la pandemia sobre las masas populares: con más de cien mil muertos, Estados Unidos se lleva el primer puesto en el podio de las catástrofes del Coronavirus. La insoportable loza de opresión tradicional sobre los oprimidos ha centuplicado su peso por la pandemia.

El segregacionismo y la opresión racial en los Estados Unidos, que se presenta aun hoy a sí mismo como el país de la libertad y las oportunidades, es una realidad que día a día parece ser parte necesaria de la vida para millones. Las cotidianas humillaciones y sufrimientos de millones de personas tienen un arraigo tan profundo en las relaciones sociales capitalistas del imperialismo norteamericano que por momentos hasta pareciera no existir. La opresión racista se expresa en todos los índices sociales: la proporción de negros pobres, el porcentaje de gente de color en las cárceles, los números de muertos por la pandemia, los abusos y asesinatos policiales en las calles de la ciudad de todos los días. Pero detrás de los números y las estadísticas, hay millones de oprimidos sufrientes que acumulan odio por esta vida arrastrada día tras día. Ese odio es el que acaba de estallar.

A la opresión racial histórica se le ha sumado la inmensa crisis económica, que es ya la más grande desde la Gran Depresión, el derrumbe de las condiciones de vida de amplias masas, la extensión casi sin precedentes de la desocupación en apenas unos meses, las miles y miles de muertes evitables por Coronavirus y, no menos importante, la provocación de que un descarado racista y reaccionario como Trump esté en la Casa Blanca.

La rebelión es un inmenso alegato contra el capitalismo estadounidense del siglo XXI, con su descarada y desnuda opresión racial y social, y las masas en lucha en estas horas se convierten en juez y fiscal de los crímenes de los que son víctimas.

La rebeldía venía levando en los incipientes movimientos de lucha y cuestionamiento de la juventud y los oprimidos de los últimos años: el movimiento Black Lives Matters, las movilizaciones del movimiento de mujeres, las luchas de los jóvenes trabajadores precarizados, la simpatía que despertó la campaña de Sanders.

Ya era un hecho histórico que en Estados Unidos creciera entre las nuevas generaciones las simpatías por el “socialismo”, aunque fuera uno todavía informe y sin organización propia. La campaña de Bernie Sanders logró su principal impulso sobre ese fermento caliente entre las nuevas generaciones, más allá de que no ha constituido un partido propio y capituló a Biden recientemente. Evidentemente, amplias franjas de sus simpatizantes no veían como perspectiva ganar las internas demócratas. A su vez, más allá de su reformismo, el crecimiento de los DSA (demócratas socialistas de América), que pasaron en algunos años de algunos cientos de miembros a decenas de miles, expresa la creciente radicalización de amplias franjas de la juventud explotada y oprimida.

Todavía es prematuro para sacar todas las conclusiones del alcance de los acontecimientos: hay que hacer un seguimiento hora a hora del curso de la rebelión y rodearla de solidaridad internacionalista. Mucho de las futuras luchas en el resto del mundo pueden estar poniéndose en juego en estos días en los Estados Unidos.

El de Estados Unidos es tal vez el régimen político más estable del mundo entero. No hay tradiciones fuertes de resolver los problemas del curso del país por fuera de los canales de contención de su democracia imperialista, de los aparatos demócrata y republicano. Por eso no hay aún una consigna, una perspectiva común de la movilización que le de un horizonte inmediato claro.

La perspectiva tiene que ser ¡Fuera Donald Trump!

Ese descarado agente de lo más alto de las clases dominantes de los Estados Unidos, ese negacionista responsable de una política genocida frente a la pandemia, ese racista e imperialista descarado no puede estar un minuto más al frente del gobierno.

Sumando a franjas de trabajadores organizados, al movimiento de mujeres, a la juventud radicalizada, el triunfo de la rebelión puede volcar la balanza de la lucha de clases en favor de los explotados y oprimidos como hace muchas décadas no se ve. De concretarse esta perspectiva, si se le impone una verdadera derrota al régimen político estadounidense, podría darse un giro generalizado a la izquierda en la situación mundial, abriendo nuevos horizontes a las rebeliones de todo el mundo.

Parafraseando a Marx, podemos decir que la enfermedad del organismo capitalista comienza por sus miembros, y que se vuelve mortal cuando llega al corazón. Hace muchas décadas que Estados Unidos es la principal columna del edificio capitalista: su erosión y debilitamiento interesa a las amplias masas de todo el planeta.

Hay que construir un gran movimiento de masas con la perspectiva de echar a Donald Trump. De lograrlo, se puede abrir un nuevo capítulo en la historia de las luchas de los explotados y oprimidos de todo el mundo.

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