• El 10 de abril de 1919, hace 102 años, caía asesinado el líder revolucionario campesino Emiliano Zapata.

Federico Dertaube

“Si un supuesto del trabajo asalariado y una de las condiciones históricas del capital es el trabajo libre… otro supuesto es la separación del trabajo libre con respecto a las condiciones objetivas de su realización, con respecto al medio de trabajo y del material de trabajo. Por lo tanto, ante todo, separación del trabajador con respecto a la tierra…”

Grundrisse, Karl Marx

 

En diciembre de 1914, las capitales europeas se habían convertido en cuarteles militares masivos, en fuentes de reserva de carne humana para las masacres de la Primera Guerra Mundial. Hasta las más avanzadas “democracias” estaban sometidas a la bota militarista del imperialismo. El movimiento obrero revolucionario parecía simplemente no existir.

En contraste, la capital mexicana estaba rodeada por dos enormes ejércitos campesinos que controlaban de hecho el país. Dos campesinos se sacaron una fotografía ocupando el sillón presidencial: Pancho Villa y Emiliano Zapata. Salidos del pueblo llano, se convertirían en esos años en su emblema. Bigotes amplios, sombreros anchos, municiones a modo de bandas presidenciales, rasgos mestizos, fusiles en mano: sus propias figuras eran símbolo de un pueblo entero sublevado.

Un brillante periodista supo resumir el contenido de esa revolución registrando un diálogo que sostuvo con un oficial de ese verdadero ejército popular:

“- ¿Por qué pelean ustedes? -pregunté.

Juan Sánchez, el que cargaba la bandera, me miró de manera curiosa.

– Pues, es bueno pelear; ¡no se tiene que trabajar en las minas …!”

Ese periodista, llamado John Reed, se convertiría después en el mejor cronista de la revolución del siglo, la rusa.

Ese breve intercambio resume perfectamente quiénes eran los protagonistas de esas jornadas históricas. Culturalmente indígenas, de tradición y modo de vida campesino, con sus vidas y sus aspiraciones vinculadas a las tierras; las masas que llegaron a ocupar la capital del país eran campesinos en transición a convertirse en proletarios modernos.

La mayoría de la población mexicana vivía todavía por esos años en sus comunidades rurales, su modo de vida era todavía mayoritariamente rural. Sus tierras habían sido expropiadas masivamente por la fuerza y estaban en manos de los hacendados, los grandes terratenientes. La mano usurpadora había sido el régimen dictatorial de Porfirio Díaz, cuyas muchas décadas en el poder son aún recordadas como el “porfiriato”.

Los miembros de las comunidades, sometidos a la autoridad de las Haciendas, se veían ya obligados para sobrevivir a vender su fuerza de trabajo por un salario. Lo hacían aún de modo accesorio, ocasional. Su vida y su trabajo seguía siendo la tierra. Su aspiración: recuperar las tierras de las haciendas. Sus tradiciones de lucha venían de ya casi un siglo con esa aspiración, que sin embargo era cada vez más y más lejana.

Emiliano Zapata, nacido en una Hacienda en el Estado de Morelos en 1879, pasó la mayor parte de su vida siendo uno de esos campesinos que paulatinamente iban engrosando las filas de la clase obrera. Su vida es un resumen de la de las masas en lucha que llegó a liderar: fue labrador primero, arriero después, peón, soldado raso obligado a participar del ejército.

Tempranamente se destacó como dirigente campesino. Lideró pequeñas rebeliones y repartos de tierras en los pueblos de las zonas rurales del sur del país, haciéndose un nombre por su valentía entre los suyos, engrosando la lista de enemigos del régimen que lo catalogó penalmente de “bandolero”. En su niñez había presenciado el robo de tierras de los hacendados contra los campesinos indefensos.

En el año 1910, una franja de la clase capitalista creyó necesario terminar de una vez con el porfiriato. Encabezados por Francisco I. Madero, presentaron el “Plan de San Luis” y denunciaron el fraude electoral de ese mismo año. La presión popular desatada obligó a Porfirio Díaz, un dictador eterno, al vergonzoso exilio.

El “Plan” de Madero prometía tímidamente un nuevo reparto de tierras para ganarse el apoyo popular. Zapata y los suyos tomaron literalmente esa promesa y se levantaron en armas. Sublevando un pueblo tras otro, en poco tiempo llegó a dominar varios estados del sur mexicano. Cuando Madero y la burguesía quisieron dar por terminada su “revolución”, se chocaron con la obstinación de la revolución campesina. Zapata no entregaría las armas, no se rendiría hasta concretarse el reparto de tierras.

Fue él quien le dio un programa, una bandera, a la revolución de masas con su “Plan de Ayala”. Sus aspiraciones se resumieron en su consigna “la tierra para quien la trabaja”.

El débil gobierno “revolucionario” de Madero fue destituido por el golpe reaccionario del militar porfirista Huerta: la burguesía creía que era momento de abandonar los compromisos y aplastar definitivamente la revolución campesina.

Su fracaso fue más que estrepitoso. Al Ejército del sur se le sumó la División del Norte, encabezada por Pancho Villa. En la batalla de Zacatecas, el ejército burgués mexicano fue aplastado por los campesinos en armas. En diciembre de 1914, éstos entraban en la capital mientras las “gentes cultas” huían despavoridas.

Pero ni Zapata ni Villa aspiraban a tomar el control de los mecanismos de gobierno, los ferrocarriles, las comunicaciones, los transportes… su única aspiración era que las tierras de las Haciendas pasaran a manos de las comunidades democráticamente organizadas de los pueblos rurales. La fuente de su triunfo inicial fue su condena histórica.

Abandonaron la ciudad capital y la dejaron en manos del nuevo gobierno burgués de Venustiano Carranza. La burguesía, que parecía definitivamente derrotada, se rearmó y retomó los hilos del poder con ese gobierno. Pese a su enorme potencial revolucionario, los ejércitos campesinos nada podían hacer frente al avance de la historia si no se transformaban en una fuerza social de poder, capaz de administrar los hilos del control de las fuerzas de producción del capitalismo contemporáneo.

Anticapitalistas de hecho, los campesinos zapatistas fueron un episodio de la conformación del capitalismo mexicano. Las comunidades campesinas continuaron en su disolución, las masas indígenas rurales fueron migrando crecientemente a las ciudades, los revolucionarios de 1910 y su descendencia dejaron sus vidas campesinas para convertirse en obreros.

La expansión de las haciendas se consumó hasta sus últimas consecuencias, los campesinos vieron sus tierras enajenadas, millones de ellos migraron. La derrota de la revolución de 1910 terminó de abrir las puertas a las relaciones sociales de producción capitalistas en su forma plena y definitiva, transformó a la mayoría de la población en obreros asalariados.

Hoy, el 76% de los mexicanos vive en las ciudades. De una población económicamente activa de unos 53 millones, apenas 6 trabajan en el campo, 12 lo hacen en la industria y las minas, 36 en otras ramas del capitalismo urbano. La vida tradicional campesina indígena ha quedado definitivamente disuelta. Millones de ellos migran a la potencia del norte en busca de un futuro menos miserable; allí los espera la persecución, la discriminación y la explotación capitalista brutal. El capitalismo mexicano (y estadounidense) consolidado a lo largo del siglo XX no podía depararles otra cosa.

Sin embargo, el zapatismo fue la última gran revolución campesina de la amplia tradición de lucha mexicana. Sus tradiciones, sus héroes, su historia merecen seguir siendo recordadas: fue también la primera gran gesta obrera revolucionaria, aunque dirigida por el programa y las tradiciones del campesino. Y no fue una sublevación y protesta cualquiera, fue una que demostró que la clase dominante puede ser derribada.

Zapata tiene un nombre bien ganado en la historia de las luchas de los oprimidos contra la explotación capitalista. Contar su historia debe ser para sacar conclusiones que sirvan para nuestro siglo.

Emiliano Zapata murió emboscado un 10 de abril de 1919, hace 102 años. El centro de las luchas de los explotados pasaría en las décadas siguientes a las grandes ciudades, pero su rostro seguiría siendo un símbolo de las luchas del porvenir. Así lo sigue siendo.

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