Primera Guerra Mundial: la traición de la socialdemocracia alemana

El 4 de agosto de 1914 fue uno de los más fatídicos días de la historia: comenzada la masacre de la Primera Guerra Mundial, la socialdemocracia alemana -la más importante organización obrera socialista del mundo- votaba los créditos de guerra del gobierno alemán. Reproducimos un fragmento de la encendida denuncia de Rosa Luxemburgo: "La crisis de la socialdemocracia alemana", el Folleto Junius.

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Introducción

Desde hace tiempo se reconoce el 4 de agosto de 1914 como una de las fechas más negras en la historia del movimiento socialista internacional. […] Cuando los ejércitos de Alemania, Austria y Francia y los zaristas ya estaban en marcha, el Reichstag (parlamento) se reunió para discutir y aprobar los fondos necesarios para la guerra del Káiser. Con frases encendidas de condena, no del capitalismo alemán y del militarismo prusiano sino del enemigo zarista, el conjunto del bloque socialdemócrata del Reichstag, de más de cien diputados, votó a favor del presupuesto de guerra y la “defensa de la patria”.

Siguiendo las huellas del PSD -esa joya de la Segunda Internacional, el partido de la autoridad revolucionaria indiscutida, a la que todos consideraban modelo de internacionalismo proletario- la mayoría de los socialdemócratas franceses e ingleses también votaron el apoyo a sus respectivos gobiernos. Sólo en Rusia, Serbia, Polonia, Italia, Bulgaria y Estados Unidos la mayoría de los partidos socialdemócratas se negó a rendirse ante la ola de chovinismo y la histeria patriótica de la guerra. […]

Un mes más tarde, el 10 de setiembre, dos diarios suizos publicaron la noticia de que en Alemania había socialdemócratas que se oponían a la política oficial del partido. El comunicado llevaba las firmas de Karl Liebknecht, Franz Mehring, Clara Zetkin y Rosa Luxemburgo.[…]

El trabajo de organizar una tendencia sólida, coherente, procedía con suma lentitud. En la primavera de 1915 apareció el primer número de Die Internationale, que fue inmediatamente prohibido por el gobierno. […] Recién en el día de Año Nuevo de 1916, casi un año y medio después del comienzo de la guerra, delegados provenientes de toda Alemania se reunieron secretamente en el bufete de Liebknecht para crear el Gruppe Internationale, que aprobó las “Tesis sobre las tareas de la socialdemocracia internacional” como programa y el Folleto Junius como primera declaración política. El Gruppe Internationale tomó el nombre de Liga Espartaco en noviembre de 1918 y fue el núcleo inicial del Partido Comunista Alemán, fundado a fines de diciembre del mismo año. […]

Por supuesto que el gobierno alemán quería a toda costa silenciar a sus críticos revolucionarios y logró enviar a la mayoría de ellos a prisión. Cuando comenzó la guerra Rosa Luxemburgo ya había sido sentenciada a un año de cárcel por un discurso antibélico pronunciado a principios de 1914. […] Mientras cumplía la sentencia redactó lo que posteriormente se conoció con el nombre de Folleto Junius. Lo terminó en abril de 1915 y consiguió sacarlo de la prisión, pero dificultades de orden técnico, la falta de una imprenta y otros problemas, impedirían su publicación hasta abril de 1916. […]

Rosa Luxemburgo fue liberada en enero de 1916 y permaneció en libertad durante seis meses. Fue arrestada nuevamente en julio de 1916 y encarcelada sin juicio hasta que la primera oleada de la Revolución Alemana la liberó en noviembre de 1918. […]

El verdadero título del folleto de Rosa fue “La crisis de la socialdemocracia alemana” y lo firmó con el seudónimo Junius. […].

Mary Alice Water

Periodista y dirigente del SWP de Estados Unidos en los setenta

(Fragmento)

 

La crisis de la social democracia alemana

I

La escena ha cambiado totalmente. La marcha de 6 semanas sobre París se ha convertido en un drama mundial. El asesinato en masa se ha convertido en una tarea monótona, pero la solución final no parece estar más cerca. El capitalismo ha quedado atrapado en su propia trampa y no puede exorcisar el espíritu que ha invocado.

Ha pasado el primer defirió. Pasaron los tiempos de las manifestaciones patrióticas en la calle, de la persecución de automóviles de aspecto sospechoso, los telegramas falsos, de los pozos de agua envenenados con el germen del cólera. Ya terminó la época de las historias fantásticas de estudiantes rusos que arrojan bombas desde los puentes de Berlín, o de franceses que sobrevuelan Nuremberg; se acabaron los días en que el populacho cometía excesos al salir a cazar espías, de las multitudes cantando, de los cafés con coros patrióticos; no más turbas violentas, prestas a denunciar, a perseguir mujeres, a llegar hasta el frenesí del delirio ante cada rumor; se ha disipado la atmósfera del asesinato ritual, el aire de Kishinev, que hacía que el vigilante de la esquina fuera el único representante que quedaba de la dignidad humana[i].

El espectáculo ha terminado. El telón ha descendido sobre los trenes colmados de reservistas, que parten en medio de la alegre vocinglería de muchachas entusiastas. Ya no vemos sus rostros risueños, sonriendo alegremente desde las ventanillas del tren a una población hambrienta de guerra. Trotan silenciosamente por las calles, con los atados al hombro. Y el público, con rostro preocupado, vuelve al quehacer diario.

En la atmósfera de desilusión de la pálida luz del día resuena otro coro: el severo graznar de los gavilanes y las risas de las hienas del campo de batalla. Diez mil tiendas, garantizadas según las instrucciones, cien mil kilos de tocino, cacao en polvo, sustituto del café, pagadero contra entrega. Metralla, instrucción militar, bolsas de municiones, agencias matrimoniales para las viudas de guerra, cinturones de cuero, órdenes de guerra: sólo se tendrán en cuenta las propuestas serias. Y la carne de cañón que subió a los trenes en agosto y setiembre se pudre en los campos de batalla de Bélgica y los Vosgos mientras las ganancias crecen como yuyos entre los muertos.

Los negocios florecen sobre las ruinas. Las ciudades se convierten en escombros, países enteros en desiertos, aldeas en cementerios, naciones enteras en mendigos, iglesias en establos. Los derechos del pueblo, las alianzas, los tratados, las palabras santas, las más grandes autoridades, están hechos pedazos; cada soberano por la gracia de Dios recibe el mote de estúpido, de desgraciado y desagradecido por parte de su primo del otro lado de la frontera; cada canciller califica a sus colegas de los países enemigos de criminales desesperados; cada gobierno mira a los demás como si fueran el ángel malo de su pueblo, digno tan sólo del desprecio del mundo. El hambre campea en Venecia, en Lisboa, en Moscú, en Singapur; la peste en Rusia, la miseria y la desesperación en todas partes.

Avergonzada, deshonrada, nadando en sangre y chorreando mugre: así vemos a la sociedad capitalista. No como la vemos siempre, desempeñando papeles de paz y rectitud, orden, filosofía, ética, sino como bestia vociferante, orgía de anarquía, vaho pestilente, devastadora de la cultura y la humanidad: así se nos aparece en toda su horrorosa crudeza.

Y en medio de esta orgía, ha sucedido una tragedia mundial: la socialdemocracia alemana ha capitulado. Cerrar los ojos ante este hecho, tratar de ocultarlo, sería lo más necio, lo más peligroso que el proletariado internacional puede hacer: “El demócrata (o sea, la clase media revolucionaria) —escribe Carlos Marx— sale del pozo más vergonzoso tan inmaculado como cuando entró inocentemente en él. Con su confianza en la victoria fortalecida, tiene más que nunca la plena certeza de que él y su partido no necesitan principios nuevos, que los acontecimientos y las circunstancias se deben ajustar a él.” Tan gigantescos como sus problemas son sus errores. Ningún plan firmemente elaborado, ningún ritual ortodoxo válido para todos los tiempos le muestra el camino a seguir. La experiencia histórica es su único maestro, su Via Doloroso hacia la libertad está jalonada no sólo de sufrimientos inenarrables, sino también de incontables errores. La meta del viaje, la liberación definitiva, depende por entero del proletariado, de si éste aprende de sus propios errores. La autocrítica, la crítica cruel e implacable que va hasta la raíz del mal, es vida y aliento para el proletariado. La catástrofe a la que el mundo ha arrojado al proletariado socialista es una desgracia sin precedentes para la humanidad. Pero el socialismo está perdido únicamente si el proletariado es incapaz de medir la envergadura de la catástrofe y se niega a comprender sus lecciones.

Están en juego los últimos cuarenta y cinco años de historia del movimiento obrero. La situación actual es un cierre de cuentas, un resumen del debe y el haber de medio siglo de trabajo. En la tumba de la Comuna de París yace enterrada la primera fase del movimiento obrero europeo y la Primera Internacional. En lugar de tas revoluciones, motines y barricadas espontáneas, después de los cuales el proletariado volvía a caer en la pasividad, apareció la lucha diaria y sistemática, la utilización del parlamentarismo burgués, la organización de masas, la unión férrea de la lucha económica con la política, de los ideales socialistas con la defensa tenaz de los intereses más inmediatos. Por primera vez el conocimiento científico guiaba la causa de la emancipación del proletariado. En lugar de sectas y escuelas, de empresas y experimentos utópicos en cada país, total y absolutamente separados unos de otros, tenemos una base teórica uniforme e internacional que une a las naciones. Las obras teóricas de Marx fueron para la clase obrera de todo el mundo una brújula para fijar su táctica horas tras hora, en busca de la única meta inmutable.

El portador, el defensor, el protector del nuevo método fue la socialdemocracia alemana. La guerra de 1870 y la derrota de la Comuna de París habían trasladado el centro de gravedad del movimiento obrero europeo a Alemania. Así como Francia fue el país clásico de la primera etapa de la lucha de clase del proletariado, así como París fue el corazón, roto y ensangrentado, de la clase obrera europea, la clase obrera alemana se convirtió en vanguardia de la segunda etapa. Con incontables sacrificios, en forma de trabajo agitativo, ha construido la organización más fuerte, la organización modelo del proletariado, ha creado la prensa mayor, ha desarrollado los métodos más efectivos de educación y propaganda. Ha reunido bajo sus banderas a las masas trabajadoras más numerosas, y ha elegido los bloques más grandes a los parlamentos nacionales.

En general se reconoce que la socialdemocracia alemana es la encarnación más pura del socialismo marxista. Ha adquirido y utilizado un gran prestigio como maestra y dirigente de la Segunda Internacional. En su famoso prólogo a Las luchas de clases en Francia de Marx, Federico Engels escribió: “Pero, ocurra lo que ocurriere en otros países, la socialdemocracia alemana tiene una posición especial, y con ello, por el momento al menos, una tarea especial también. Los dos millones de electores que envía a las urnas, junto con los jóvenes y mujeres que están tras de ellos y no tienen voto, forman la masa más numerosa y más compacta, la ‘fuerza de choque’ decisiva del ejército proletario mundial.”[ii] Como dijo el Wiener Arbeiterzeitung del 5 de agosto de 1914, la socialdemocracia alemana era la joya de las organizaciones del proletariado consciente. Las socialdemocracias de Francia, Italia y Bélgica, los movimientos obreros de Holanda, Escandinavia, Suiza y Estados Unidos, seguían ilusionados sus pasos. Las naciones eslavas, los rusos y los socialdemócratas de los Balcanes contemplaban al movimiento alemán con admiración infinita, casi ciega. En la Segunda Internacional la socialdemocracia alemana era sin duda el factor decisivo. En cada congreso, en cada plenario del Buró Socialista Internacional, todo dependía de la posición del grupo alemán.

Especialmente en la lucha contra la guerra y el militarismo, la posición de la socialdemocracia ha sido siempre decisiva. Bastaba un “los alemanes no lo podemos aceptar” para determinar la orientación de la internacional. Con ciega confianza se sometía a la dirección de la muy admirada y poderosa socialdemocracia alemana. Era el orgullo de todos los socialistas, el terror de las clases dominantes de todos los países.

¿Y qué ocurrió en Alemania cuando sobrevino la gran crisis histórica? La peor caída, el peor cataclismo. En ningún lugar la organización proletaria se sometió tan dócilmente al imperialismo. En ningún lugar se soportó el estado de sitio con tanta sumisión. En ningún lugar se amordazó así a la prensa, se ahogó tanto a la opinión pública; en ningún lugar se abandonó tan totalmente la lucha política y sindical de la clase obrera como en Alemania.

Pero la socialdemocracia alemana no era solamente el organismo más fuerte de la Internacional. Era también su cerebro pensante. Por eso, el proceso de autoanálisis y apreciación debe comenzar en su propio movimiento, en su propio caso. Su honor la obliga a encabezar la lucha por el rescate del socialismo internacional, a iniciar la crítica implacable de sus propios errores.

Ningún otro partido, ninguna otra clase en la sociedad capitalista puede atreverse a reflejar sus errores, sus propias debilidades en el espejo de la razón para que todo el mundo los vea, porque el espejo reflejaría la suerte que la historia le tiene reservada. La clase obrera siempre puede mirar la verdad cara a cara, aunque esto signifique la más tremenda autoacusación, porque su debilidad no fue sino un error, y las leyes inexorables de la historia le dan fuerzas y aseguran su victoria final.

Esta crítica implacable no sólo es una necesidad fundamental, sino también uno de los máximos deberes de la clase obrera. Tenemos los mayores tesoros de la humanidad, y la clase obrera está destinada a ser su protector. Mientras la sociedad capitalista, avergonzada y deshonrada, corre en medio de la orgía sangrienta al encuentro de su destino, el proletariado internacional reunirá los preciados tesoros que fueron arrojados a las profundidades en el torbellino salvaje de la guerra mundial en un momento de confusión y debilidad.

Una cosa es cierta. Es una ilusión necia creer que basta con sobrevivir a la guerra, como un conejo se oculta bajo un arbusto hasta que pase la tormenta, para seguir alegremente su camino al paso acostumbrado cuando todo pasa. La guerra mundial ha cambiado las circunstancias de nuestra lucha, y sobre todo nos ha cambiado a nosotros. No es que hayan cambiado o se hayan minimizado las leyes del desarrollo capitalista o el conflicto entre el capital y el trabajo. Aún ahora, en medio de la guerra, las máscaras caen y las viejas caras que conocemos nos sonríen con sorna. Pero la evolución ha recibido el poderoso ímpetu del estallido del volcán imperialista. La enormidad de las tareas que se presentan ante el proletariado socialista en el futuro inmediato hacen que, en comparación, las luchas del pasado parezcan un delicioso idilio.

La guerra posee la misión histórica de darle un poderoso ímpetu a la causa de los trabajadores. Marx, cuyos ojos proféticos previeron tantos acontecimientos históricos mientras yacían en el vientre del futuro, escribe el siguiente párrafo significativo en Las luchas de clases en Francia: “En Francia, el pequeño burgués hace lo que normalmente debiera hacer el burgués industrial; el obrero hace lo que normalmente debiera ser la misión del pequeño burgués; y la misión del obrero, ¿quién la cumple? Nadie. Las tareas del obrero no se cumplen en Francia; sólo se proclaman. Su solución no puede ser alcanzada en ninguna parte dentro de las fronteras nacionales; la guerra de clases dentro de la sociedad francesa se convertirá en una guerra mundial entre naciones. La solución comenzará a partir del momento en que, a través de la guerra mundial, el proletariado sea empujado a dirigir al pueblo que domina el mercado mundial, a dirigir a Inglaterra. La revolución, que no encontrará aquí su término, sino su comienzo organizativo, no será una revolución de corto aliento. La actual generación se parece a los judíos que Moisés conducía por el desierto. No sólo tiene que conquistar un mundo nuevo, sino que tiene que perecer para dejar sitio a los hombres que estén a la altura del nuevo mundo.”[iii]

Esto fue escrito en 1850, cuando Inglaterra era el único país con un desarrollo capitalista, cuando el proletariado inglés era el mejor organizado y parecía destinado, por el desarrollo industrial de su país, a asumir la dirección del movimiento obrero internacional. Leamos Alemania donde dice Inglaterra, y las palabras de Carlos Marx se convierten en una profecía genial de la presente guerra mundial. Esta tiene la misión de llevar al proletariado alemán “a la dirección del pueblo y así crear el comienzo del gran conflicto internacional entre el capital y el trabajo por la supremacía política del mundo”.

¿Es que alguna vez tuvimos una concepción distinta del papel a desempeñar por la clase obrera en la gran guerra mundial? ¿Acaso nos hemos olvidado cómo describíamos este inminente acontecimiento hace apenas unos años? “Entonces sobrevendrá la catástrofe. Toda Europa será convocada a las armas, y dieciséis a dieciocho millones de hombres, la flor de las naciones, armados con las mejores herramientas para el asesinato, librarán la guerra unos contra otros. Pero pienso que detrás de esta marcha se asoma la caída final. No somos nosotros sino ellos quienes lo realizarán. Están llevando las cosas al extremo, nos dirigen derecho a la catástrofe. Cosecharán lo que han sembrado. Estamos ante el Götterdämmerung[iv]  del mundo burgués. Podéis estar seguros de ello. Se lo ve venir.” Así habló Bebel[v],  vocero de nuestro bloque en el Reichstag, sobre la cuestión de Marruecos.

Una hoja oficial publicada por el partido, Imperialismo y socialismo, distribuida en cientos de miles de ejemplares hace unos pocos años, termina con las siguientes palabras: “Así, la lucha contra el militarismo es cada vez más una lucha decisiva entre el capital y el trabajo. ¡Guerra, precios elevados: capitalismo; paz, felicidad para todos: socialismo! La opción es vuestra. La historia se apresura a llegar al desenlace. El proletariado debe bregar incansablemente por cumplir su misión mundial, debe fortalecer el poder de su organización y la claridad de su comprensión. Entonces, pase lo que pase, si logra mediante el ejercicio de su poder salvar a la humanidad de las horribles crueldades de la guerra mundial, o si el capitalismo vuelve atrás en la historia y muere como nació, en la sangre y la violencia, el momento histórico encontrará a la clase obrera preparada, y la preparación lo es todo.”

La guía oficial para el votante socialista de 1911, año de la última elección parlamentaria, contiene en la página 42 el siguiente comentario sobre la guerra que se avecinaba: “¿Osan nuestros gobernantes y clases dominantes exigir semejante horror al pueblo? ¿No cundirá en todo él país un clamor de furia, de horror, de indignación que llevará al pueblo a poner fin a este asesinato? No preguntarán, tal vez, ‘¿Para quién y para qué? ¿Acaso somos locos para que se nos trate así, o para que aceptemos semejante trato?’ Quien estudie con objetividad las posibilidades de una gran guerra mundial europea no puede arribar a otra conclusión.

“La próxima guerra europea será un juego de va banque como el mundo nunca ha visto. Será, probablemente, la última guerra.”

Con esas palabras los socialistas ganaron sus ciento diez escaños en el Reichstag.

Cuando en el verano de 1911 el Panther hizo un breve viaje a Agadir, y el ruidoso clamor de los imperialistas alemanes precipitó a Europa hacia una guerra mundial[vi], una reunión internacional, celebrada el 4 de agosto en Londres, aprobó la siguiente resolución:

“Por la presente, los delegados de las organizaciones obreras de Alemania, España, Inglaterra, Holanda y Francia, se proclaman dispuestos a oponerse a toda declaración de guerra con todos los medios a SU disposición. Cada una de las nacionalidades aquí representadas se compromete, de acuerdo con las resoluciones aprobadas en sus respectivos congresos nacionales e internacionales, a oponerse a las maniobras criminales de las clases dominantes.”

Pero cuando el Congreso Internacional por la Paz se reunió en noviembre de 1912 en Basilea[vii], cuando la inmensa columna de delegados obreros penetró en la Catedral, el presentimiento de que se avecinaba la hora fatal los hizo temblar, y la heroica resolución se hizo carne en todos.

Víctor Adler[viii], frío y escéptico, exclamó: “Camaradas, es sumamente importante que aquí, en la fuente común de nuestro poder, todos y cada uno de los presentes, derive de aquí la fuerza para hacer en su país todo lo que pueda, por todos los medios y formas de que disponga, para oponerse al crimen de la guerra, y si lo logramos, si realmente impedimos el estallido de la guerra, que sea ésta la piedra basal de nuestra victoria próxima. Ese es el espíritu que anima a nuestra Internacional.

“Y si el asesinato y la destrucción arrasan toda la Europa civilizada, esta idea provoca nuestro horror e indignación, y los gritos de protesta brotan de nuestro corazón. Y preguntamos: ¿acaso los proletarios de hoy son ovejas que se dejan llevar mansa y calladamente al matadero?”

Troelstra[ix] habló en nombre de las naciones pequeñas, y también de los belgas: “Con su sangre y con todo lo que posee, el proletariado de los países pequeños jura su adhesión a la Internacional en todas las medidas que ésta resuelva para impedir la guerra. Y reiteramos que esperamos, cuando las clases dominantes de las naciones poderosas llamen a los hijos del proletariado a las armas para saciar su apetito de poder y la codicia de sus dirigentes a costa de la sangre y las tierras de los pueblos pequeños, esperamos que los hijos del proletariado, bajo la influencia poderosa de sus padres proletarios y de la prensa proletaria, lo pensarán tres veces antes de venir a dañarnos a nosotros, sus amigos, al servicio de los enemigos de la cultura.”

Leído el manifiesto antibélico del Buró Internacional,[x] Jaurés[xi], en su discurso de cierre, dijo: “¡La Internacional representa las fuerzas morales del mundo! Cuando suene la hora trágica, cuando debamos sacrificamos, esto nos apuntalará y fortalecerá. ¡Declaramos, no con ligereza sino desde el fondo de nuestros corazones, que estamos dispuestos a afrontar todos los sacrificios!”

Fue como el juramento de Ruetli. El mundo dirigió su vista a la Catedral de Basilea, donde las campanas, lenta y solemnemente, doblaban por la gran lucha entre los ejércitos del capital y el trabajo.

El 3 de setiembre de 1912, el diputado socialdemócrata David habló en el Reichstag: “Fue el momento más hermoso de mi vida. Lo afirmo aquí. Cuando las campanas de la Catedral doblaron para la gran columna de socialdemócratas internacionalistas, cuando las banderas rojas flamearon en la nave en torno al altar, cuando el gran órgano hizo resonar su mensaje de paz para saludar a los emisarios del pueblo, me produjo una impresión que jamás olvidaré […]

“Todos ustedes deben comprender lo que ha pasado aquí. Las masas han dejado de ser un rebaño sin voluntad ni conciencia. Es un hecho nuevo en la historia universal. Hasta ahora las masas han seguido ciegamente a aquéllos a quienes les interesa la guerra, a los que conducen a los pueblos a la matanza masiva. Esto se acabará. Las masas han dejado de ser los instrumentos, los soldados de los que hacen sus ganancias con la guerra.”

El 26 de julio de 1914, una semana antes del estallido de la guerra, la prensa partidaria alemana dijo: “No somos títeres; luchamos con todas nuestras fuerzas contra un sistema que convierte a los hombres en instrumentos impotentes del destino ciego, contra este capitalismo que se apresta a transformar a Europa, sedienta de paz, en un sangriento campo de batalla. Si la destrucción prosigue, si la resuelta voluntad de paz del proletariado alemán e internacional, que se expresará en el curso de los próximos días en grandes manifestaciones, se demuestra incapaz de impedir la guerra mundial, ésta será, al menos, la última guerra, el Götterdämmerung del capitalismo.”

El 13 de julio de 1914, el órgano central de la socialdemocracia alemana proclamó: “El proletariado socialista rechaza toda responsabilidad por los acontecimientos precipitados por una clase dominante ciega y al borde de la locura. Sabemos que para nosotros surgirá una nueva vida de las ruinas. Pero la responsabilidad recae sobre los gobernantes actuales.

”¡Para ellos, se trata de su existencia misma!

”¡Es el juicio final de la historia mundial!”

Y entonces llegó el espantoso, el increíble 4 de agosto de 1914.

¿Era necesario que ocurriera? Un acontecimiento de tamaña importancia no puede ser un mero accidente. Debe obedecer a profundas causas objetivas. Pero quizás esas causas se encuentren en los errores de la dirección proletaria, la propia socialdemocracia, en el hecho de que nuestra disposición para la lucha ha flaqueado, de que nuestro coraje y nuestras convicciones nos han abandonado. El socialismo científico nos enseñó a reconocer las leyes objetivas del desarrollo histórico. El hombre no hace la historia por propia voluntad, pero la hace de todos modos. El proletariado depende en su acción del grado alcanzado por la evolución social. Pero la evolución social no es algo aparte del proletariado; es a la vez su fuerza motriz y su causa, tanto como su producto y su efecto. Y aunque no podemos saltear una etapa en nuestro proceso histórico, así como un hombre no puede saltar por encima de su propia sombra, está en nuestro poder el acelerarlo o retardarlo.

El socialismo es el primer movimiento popular del mundo que se ha impuesto una meta y ha puesto en la vida social del hombre un pensamiento consciente, un plan elaborado, la libre voluntad de la humanidad. Por eso Federico Engels llama a la victoria final del proletariado socialista el salto de la humanidad del reino animal al reino de la libertad. Este paso también está ligado por leyes históricas inalterables a los miles de peldaños de la escalera del pasado, con su avance lento y tortuoso. Pero jamás se logrará si la chispa de la voluntad consciente de las masas no surge de las circunstancias materiales que son fruto del desarrollo anterior. El socialismo no caerá como maná del cielo. Sólo se lo ganará en una larga cadena de poderosas luchas en las que el proletariado, dirigido por la socialdemocracia, aprenderá a manejar el timón de la sociedad para convertirse de víctima impotente de la historia en su guía consciente.

Federico Engels dijo una vez: “La sociedad capitalista se halla ante un dilema: avance al socialismo o regresión a la barbarie”. ¿Qué significa “regresión a la barbarie” en la etapa actual de la civilización europea? Hemos leído y citado estas palabras con ligereza, sin poder concebir su terrible significado. En este momento basta mirar a nuestro alrededor para comprender qué significa la regresión a la barbarie en la sociedad capitalista. Esta guerra mundial es una regresión a la barbarie. El triunfo del imperialismo conduce a la destrucción de la cultura, esporádicamente si se trata de una guerra moderna, para siempre si el periodo de guerras mundiales que se acaba de iniciar puede seguir su maldito curso hasta las últimas consecuencias. Así nos encontramos, hoy tal como lo profetizó Engels hace una generación, ante la terrible opción: o triunfa el imperialismo y provoca la destrucción de toda cultura y, como en la antigua Roma, la despoblación, desolación, degeneración, un inmenso cementerio; o triunfa el socialismo, es decir, la lucha consciente del proletariado internacional contra el imperialismo, sus métodos, sus guerras. Tal es el dilema de la historia universal, su alternativa de hierro, su balanza temblando en el punto de equilibrio, aguardando la decisión del proletariado. De ella depende el futuro de la cultura y la humanidad. En esta guerra ha triunfado el imperialismo. Su espada brutal y asesina ha precipitado la balanza, con sobrecogedora brutalidad, a las profundidades del abismo de la vergüenza y la miseria. Si el proletariado aprende a partir de esta guerra y en esta guerra a esforzarse, a sacudir el yugo de las clases dominantes, a convertirse en dueño de su destino, la vergüenza y la miseria no habrán sido en vano.

La clase obrera moderna debe pagar un alto precio por cada avance en su misión histórica. El camino al Gólgota de su liberación de clase está plagado de sacrificios espantosos. Los combatientes de Junio, las víctimas de la Comuna, los mártires de la Revolución Rusa[xii]: una lista interminable de fantasmas sangrantes. Han caído en el campo del honor, como dijo Marx refiriéndose a los héroes de la Comuna, para ocupar para siempre su lugar en el gran corazón de la clase obrera. Ahora millones de proletarios están cayendo en el campo del deshonor, del fratricidio, de la autodestrucción, con la canción del esclavo en sus labios. Ni eso se nos ha perdonado. Somos como los judíos que Moisés llevó por el desierto. Pero no estamos perdidos y la victoria será nuestra si no nos hemos olvidado cómo se aprende. Y si los dirigentes modernos del proletariado no saben cómo se aprende, caerán para “dejar lugar para los que sean más capaces de enfrentar los problemas del mundo nuevo”.

 


[i] Se refiere a los rumores oficiales y semioficiales que circulaban a principios de agosto para justificar la declaración de guerra: que las tropas rusas habían penetrado en Alemania, que los ejércitos franceses habían bombardeado Nuremberg, que un médico francés había envenenado los pozos en Montsigny, que dos franceses habían sido muertos al intentar volar un túnel ferroviario. “Aire de Kishinev” simboliza una atmósfera de pogromo. [N. ed. norteamericana.]

[ii]  Citado de Federico Engels, prólogo a Las luchas de clases en Francia, Carlos Marx, Buenos Aires, Polémica, p. 33.

[iii] Carlos Marx, op. cit., p. 142.

[iv] Götterdämmerung: literalmente ocaso de los dioses. Título de la cuarta y última ópera de la tetralogía El anillo de los Nibelungos de Wagner; simboliza un estado de decadencia y disolución acompañado de tremenda violencia y caos.

[v]  Auguste Bebel (1840-1913): uno de los fundadores y dirigentes del Partido Social Demócrata Alemán y la Segunda Internacional. Fue sentenciado a prisión junto con W. Liebknecht por traición (ver nota 43). Autor de La mujer y el socialismo. Adversario de las tendencias revisionistas.

[vi] En julio de 1911 el crucero de guerra alemán Panther salió rumbo a Agadir, en Marruecos, para “proteger los intereses alemanes”, es decir, para conseguir minas de hierro para las fábricas de acero Mannesmann. La guerra estuvo a punto de estallar entre Francia y Alemania, pero ante la amenaza de intervención británica, Alemania se retiró. En el Tratado de Berlín, noviembre de 1911 Alemania recibió una parte del Camerún, y abandonó sus pretensiones en Marruecos. [N. ed. Norteamericana]

[vii] El Congreso de Paz de Basilea, Suiza, se reunió en la Catedral de esa ciudad el 24 y 25 de noviembre de 1912. La causa inmediata era el temor de una guerra europea, puesto que Montenegro le había declarado la guerra a Turquía en octubre, provocando un problema en los Balcanes. Fue ésta la última reunión general de la Segunda Internacional antes de la guerra, y su importancia reside en que por primera vez una conferencia de paz socialista reconoció que había pasado la época de las guerras nacionales en Europa y de ahí en más todas las guerras serían imperialistas. [N. ed. norteamericana]

[viii] Victor Adler (1852-1918): fundador y dirigente de la socialdemocracia austríaca, miembro de la dirección de la Segunda Internacional. Defensista durante la guerra.

[ix] Pieter Jelles Troelstra (1860-1932): dirigente de la socialdemocracia holandesa; miembro de la dirección de la Segunda Internacional; defensista durante la guerra.

[x]  El Buró Socialista Internacional, creado en 1900, era el centro de la Segunda Internacional. Su sede estaba en Bruselas.

[xi] Jean Jaurés (1859-1914): máximo dirigente del socialismo francés. Fundó el periódico L’Humanité en 1890. Después del caso Dreyfus (ver nota 104), Jaurés formó un bloque de socialistas y radicales para apoyar a Millerand (ver nota 152 y tomo I de este libro) en el gobierno burgués. Gran adversario del militarismo y la guerra. Asesinado el 31 de julio de 1914, el asesino fue absuelto por patriota.

[xii] La Revolución Rusa de 1905 surgió del descontento creado por la guerra ruso-japonesa y el despotismo zarista. Comenzó en enero con la masacre de una manifestación pacífica, el “Domingo sangriento”, y desató una oleada de huelgas que culminaron en la formación de un comienzo de poder dual en los soviets (el más importante el de Petersburgo). Fue aplastada en diciembre del mismo año.

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