• París gobernada por el proletariado.

Hippolyte Prosper-Olivier Lissagaray

Hippolyte Prosper-Olivier Lissagaray (1838-1901) fue un publicista y periodista francés. Inicialmente de ideología republicana progresista y enemigo del Segundo Imperio Francés, luego de la insurrección obrera del 18 de marzo de 1871 se convirtió en miembro dirigente de la Comuna de París. Luego de esa experiencia se convirtió en socialista revolucionario y llegó a ser amigo y confidente político de Karl Marx. Su principal obra – La Historia de la Comuna, 1871 – fue escrita ya con las concepciones del marxismo. Presentamos su capítulo 16.

Luego de la caída del Segundo Imperio Francés por la derrota en la guerra con Prusia, la burguesía (encabezada por Thiers) se hace cargo del poder. La clase obrera de París los obligó a proclamar la República.

El nuevo gobierno miraba con temor el creciente poder de la Guardia Nacional de París. Ésta era una vieja fuerza civil armada, independiente de la policía y el ejército, que había nacido con la Revolución Francesa de 1879. Hasta 1871 había servido a los intereses de la clase capitalista, pero ese año su mayoría había pasado de ser pequeño burguesa a estar compuesta mayormente por jóvenes proletarios. Así, sus mandos electos, su Comité Central, pasó a tener una fuerte influencia socialista.

Thiers intentó desarmar a la Guardia Nacional, lo que desató la respuesta de la clase obrera de París, que se adueñó de la ciudad. El gobierno y la burguesía huyeron a Versalles.

En esta sección de su libro, Lissagaray expone los límites de la dirección de la Comuna de París, sus temores a avanzar sobre Versalles y adueñarse del Banco de Francia; lo que acabaría en su derrota en manos de las tropas burguesas versallesas.

 

Capítulo XVI. Los grandes recursos de la Comuna. Las debilidades de su Consejo. El Comité Central. Decreto sobre los rehenes. La Banca.

Al cabo de setenta días de armisticio, París reanuda él solo la lucha por Francia. Ya no es únicamente el territorio lo que se disputa, sino las bases mismas de la nación. Vencedor, su triunfo no será estéril como los de los campos de batalla; razas renovadas continuarán la obra del edificio social comenzada por él. Si resulta vencido, las libertades se extinguirán; la burguesía trenzará de hierro sus látigos, una generación bajará a la tumba.

París, tan bueno, tan fraternal, no tiembla ante esta lucha entre franceses. La idea cubre a los batallones con sus amplias alas. Van con la frente levantada, con los ojos brillantes, con un gesto de orgullo. Si el burgués se niega a luchar y dice: “Tengo familia”, el trabajador responde: “Pues yo combato por mis hijos”.

Por tercera vez desde el 18 de marzo, la ciudad no tiene más que un aliento. Los despachos oficiales, los periodistas a sueldo sentados ante la mesa en Versalles, describen a París como el pandemónium de todos los malvados de Europa. Las mujeres honradas no se atreven a aventurarse por las calles: un millón quinientas mil personas oprimidas por veinte mil malvados, hacían votos ardientes por el triunfo de Versalles. La verdad es que el viajero que se arriesgase a recorrer París se encontraba con que las calles y los bulevares estaban tranquilos y llevaban su existencia ordinaria. Estos saqueadores no habían saqueado más que la guillotina, solemnemente quemada ante la alcaldía del distrito XI. De todos los barrios se alzaba el mismo murmullo de execración contra los asesinatos de prisioneros y las innobles escenas de Versalles. Y cualquiera que llegase indignado contra París, al ver aquella tranquilidad, aquella unión de los corazones, aquellos heridos que gritaban: “¡Viva la Comuna!”, aquellos batallones entusiastas, aquel monte Valérien escupiendo muerte, aquellos hombres viviendo como hermanos, sentía sus ojos húmedos, un estremecimiento recorría su piel y contraía en pocas horas la enfermedad parisiense.

Era una fiebre de fe, de abnegación, de esperanza, sobre todo. ¿Qué rebelión estuvo armada de esta suerte? No se trata ya, como en junio del 48, de unos desesperados, reducidos a cargar sus fusiles, detrás de un montón de piedras, con postas o con pedruscos. La Comuna del 71, mucho mejor armada que la del 93, cuenta con más de sesenta mil hombres aguerridos, millares de fusiles, mil doscientos cañones, cinco fuertes, un cerco de fortificación cubierto por Montmartre, Belleville, el Panteón, municiones para varios años, millones de francos si quiere. ¿Qué le falta para vencer? Un poco de instinto revolucionario. No hay nadie en el Hôtel-de- Ville que no se vanaglorie de poseer ese instinto.

El día 4, el Comité Central, envalentonado por la derrota, reclama la administración de la urbe y el derecho de reorganizar la guardia nacional. La Comuna se lamenta de su obstinación en aferrarse al poder y, unos instantes después, acepta que el Comité se encargue de la administración. Más aún, ruega a Bergeret, que acaba de llegar, que informe detalladamente respecto a la situación militar. “Bergeret hace fríamente su elogio, pone la derrota a cuenta de los “retrasos enojosos”, y “se retira”, saludado por los aplausos unánimes de la Asamblea”. Así se expresa el acta, inédita hasta hoy, como las de las dieciséis primeras sesiones.

La Comuna no sólo no amonesta a los autores de la salida, sino que “les deja en plena libertad para dirigir las operaciones militares, tan lejos de disgustarles como de debilitar su autoridad”. Y sin embargo, su incuria, su incapacidad habían sido mortales. La Comuna comprendió indudablemente que la responsable era ella y que, para ser justa, hubiera tenido que acusarse también a sí misma.

Creyó arreglarlo todo ratificando la elección de Cluseret como delegado de Guerra. Desde el 19 de marzo, Cluseret había acosado al Comité Central, buscando un generalato, ofreciendo planes de batalla contra los alcaldes. Despedido, se había aferrado a la comisión ejecutiva, que, a pesar de Lefrançais, unió a Cluseret a los generales, en la noche del 2 de abril. En aquel momento sonaba el toque de llamada para la funesta salida. Cluseret vio a los generales, los dejó que se comprometieran, y al día siguiente denunció su “chiquillada”. ¡A este publicista militar, sin más prenda que la condecoración ganada en las barricadas de junio, le encargaban de defender la Revolución los socialistas del 71! Como Trochu, traía su plan, y de igual suerte que se lo había prometido a los lyoneses, prometió a la Comuna poner en pie de guerra, en veinte o veinticinco días, un ejército capaz de tomar la ofensiva.

Esta elección no disgustó demasiado al Comité Central. Habíase instalado éste en la calle del Entrepót, detrás de la Aduana, cerca de su cuna, y el 3 respondía al ataque de Versalles con una proclama:

“Trabajadores, no os engañéis, ha llegado la gran lucha. El parasitismo y el trabajo, la explotación y la producción se hallan en pugna. Si estáis hartos de vegetar en la ignorancia y de consumiros en la miseria, si queréis que vuestros hijos sean hombres que obtengan el fruto de su trabajo, y no que pertenezcan a la especie de los animales amaestrados para el taller y el combate; si no queréis que vuestras hijas, a las que no podéis educar y vigilar a vuestro gusto, sean instrumentos de placer en brazos de la aristocracia del dinero; si queréis, en fin, el reinado de la Justicia, sed inteligentes, ¡en pie!”

El Comité Central declaraba en otro pasquín que no apetecía ningún poder político; el poder, en tiempos de revolución, va por sí mismo a aquel que la define. El Hôtel-de-Ville no había sabido explicar aún qué era la Comuna, y todo su bagaje político consistía en dos decretos lanzados al viento. El Comité Central, en cambio, no había cesado de indicar con toda claridad el carácter de esta lucha que había pasado a ser social, y, desgarrando la decoración política, ponía al desnudo, detrás de este conflicto en torno a las libertades municipales, la cuestión del proletariado.

La Comuna podía aprovechar en esta nueva lección, apuntar, a ser preciso, al manifiesto, y luego, apoyándose en las protestas del Comité, obligar a éste a disolverse y distribuir sus miembros entre los diferentes servicios. Pero se contentó con decir pestes del Comité.

Decreto sobre los rehenes

Y, sin embargo, si alguna vez se creyó enérgica la Comuna, fue precisamente ese día. El salvajismo versalles, el asesinato de los prisioneros, de Flourens y de Duval, habían exasperado a los más ecuánimes. Allí estaban, tres días antes, llenos de vida, aquellos bravos compañeros que eran a la par amigos y hermanos. Su sitio vacío parecía clamar venganza. Pues bien, ya que Versalles hacía esa guerra salvaje, se respondería a ella ojo por ojo, diente por diente. Por otra parte, si la Comuna no hacía algo, el pueblo, según se aseguraba, se vengaría de un modo más terrible. El día 4, Vaillant pidió que, para responder a los asesinatos de Versalles, la Comuna se acordase de que tenía rehenes y devolviese un golpe por otro. El 5, Delescluze presentó un proyecto, y se decretó por unanimidad que todo reo de complicidad con Versalles sería juzgado en un plazo de cuarenta y ocho horas y, si se le reconocía culpable, sería retenido como rehén. La ejecución por Versalles de los defensores de la Comuna iría seguida de la de los rehenes en número triple, decía el decreto; en número igual o doble, decía la proclama.

Estas variaciones delataban la turbación de los espíritus. Los periódicos burgueses gritaron contra semejante abominación, y Thiers, el que fusilaba sin sentencia, denunció la ferocidad de la Comuna. En el fondo, todo este mundo se reía para sus adentros. Los reaccionarios más destacados habían huido hacía tiempo. No quedaban en París más que los peces chicos y algunos rezagados, que Versalles sabría sacrificar, si era necesario. “¡Los rehenes! ¡Los rehenes! ¡Tanto peor para ellos!” Así decía el dulce Barthélemy Saint-Hilaire a todo el que le hablaba de una posible jornada en las prisiones. La Comuna, en su ciega indignación, no veía los verdaderos rehenes que saltaban a la vista: la Banca, el Registro y los Dominios, la Caja de depósitos y consignaciones, etc. Con ello, tenían en su poder las glándulas genitales de Versalles; podían reírse de su experiencia, de sus cañones. Sin exponer un solo hombre, la Comuna no tenía más que decirle: “Transige, o mueres”.

Pero los elegidos el 26 no eran quiénes para esa osadía. El Comité Central había cometido el error garrafal de dejar marcharse al ejército versalles; la Comuna cometió otra torpeza, cien veces más grave. Todas las insurrecciones serias han empezado por apoderarse del nervio del enemigo: la caja. La Comuna ha sido la única que se negó a hacerlo. Abolió el presupuesto del clero, que estaba en Versalles, y se quedó en éxtasis ante la caja de la gran burguesía, que tenía al alcance de la mano.

La Comuna y la Banca

Escena de alta comicidad, si fuera lícito reírse de una negligencia que tanta sangre ha hecho correr. Desde el 19 de marzo, los mangoneadores de la Banca esperaban todas las mañanas la incautación de su caja. No había manera de pensar en trasladarla a Versalles, a menos de disponer de cien furgones y de un cuerpo de ejército. El 23, Rouland, gobernador del Banco, no esperó a más y desapareció. Le sustituyó el subgobernador, De Ploeuc. Ya en la primera entrevista con los delegados del Hôtel-de-Ville, se dio cuenta de su timidez, batalló, pareció reflexionar, soltó el dinero escudo a escudo. Lo cómico del caso es que regateaba a París el dinero del mismísimo París, un saldo acreedor de nueve millones cuatrocientos mil francos, depositado en el Banco. De esta manera maniobró hasta el 28 de marzo. El Banco atesoraba: 77 millones en numerario; 166 millones en billetes de zanco, 46 en cartera, 899 millones; valores en garantía, 120 millones; en lingotes, 11 millones; alhajas en depósito, 7 millones; títulos depositados, 900 millones; o sea, en total, 2.180 millones. Ochocientos millones en billetes, que no esperaban más que el sello del cajero, sello bien fácil de poner. La Comuna tenía, pues, cerca de 3.000 millones en su mano; de ellos, 1.000 millones líquidos; de sobra para comprar mil veces a todos los Galliffets y altos funcionarios de Versalles. Como rehenes, los 90.000 depósitos en títulos y los 2.000 millones en circulación, cuya prenda se encontraba en la calle Vrillière.

El 30 de marzo, Beslay, delegado por la Comuna, se presentó ante el tabernáculo. Había querido retirarse después de su discurso de apertura, encontrándose demasiado viejo para servir de algo en una lucha como ésta; pero permaneció en su puesto, a instancias de todos sus colegas. De Ploeuc, para recibirle, había puesto en pie de guerra sus cuatrocientos empleados, armados de fusiles sin cartuchos. Beslay, que le conocía mucho, le pidió que atendiese a las necesidades que significaban los sueldos. De Ploeuc habló de defenderse. “Pero, bueno -dijo Beslay-, si para evitar la efusión de sangre, la Comuna nombra un gobernador… -¿Un gobernador? ¡Jamás! -dijo De Ploeuc-. Un delegado, y si ese delegado fuera usted, podríamos entendernos”. Y pasando al tono patético: “¡Vamos, señor Beslay, ayúdeme a salvar esto; se trata de la fortuna de su país, de la fortuna de Francia!”

Beslay, conmovidísimo, fue aquella misma noche a la Comuna a repetir el argumento, tanto más cuanto que se creía ducho en cuestiones de hacienda: “El Banca de Francia es la fortuna del país; sin él no hay industria, no hay comercio. Si lo violáis, todos sus billetes darán en quiebra”. Estas necedades circularon por el Hôtel-de-Ville. Los proudhonianos del Consejo, olvidando que su maestro había puesto la supresión del Banco al frente de su programa revolucionario, apoyaban al “tío” Beslay. La fortaleza capitalista no tenía en Versalles defensores más encarnizados. Si, en todo caso, se hubiera dicho:

“¡Ocupemos, por lo menos, el Banco!” La Comuna no tuvo ni siquiera ese arranque, y se contentó con comisionar a Beslay. De Ploeuc le recibió con los brazos abiertos, le instaló en el despacho más próximo al suyo, le convenció, inclusive, de que durmiese en el Banco, y desde ese momento, respiró.

La Comuna se reveló desde la primera semana débil para con los autores de la salida; poco enérgica en sus decretos respecto al Comité Central y al Banco, en la elección de su delegado de Guerra, sin plan militar, discutiendo a tontas y a locas. Los irreconciliables que se quedaron después de la fuga de los liberales comprendieron adónde iba a parar todo aquello. Y como no tenían ganas de ser mártires, dimitieron.

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