• Las huelgas de Minneapolis y Toledo abrieron paso a la tercera ola huelguística de 1936-1937, que significó definitivamente la organización masiva de la clase obrera yanqui y el resurgir de la CIO como central sindical industrial masiva.

Marcelo Buitrago

“MINNEAPOLIS, MIENTRAS ESTÉ AQUÍ, NO SE CONVERTIRÁ EN LA MOSCÚ DE AMÉRICA”

V. ANDERSON, PROCURADOR DE LOS ESTADOS UNIDOS

 

 

El asesinato de George Floyd en Minneapolis ubicó a esta ciudad en el escenario mundial al desatarse un verdadero levantamiento antirracista que se extendió por todos los Estados Unidos.

Sin embargo, hace  más de 80 años fue escenario de otro levantamiento, de carácter muy diferente, que expresó el emergente de una nueva generación de la clase obrera yanqui que conquistó el derecho a la sindicalización masiva, mejores salarios y condiciones de trabajo  a través de violentas luchas.

Después de una década de derrotas y reveses en la década de 1920 y principios de la década de 1930, la situación de los  trabajadores era de un retroceso generalizado. El desempleo masivo de la Gran Depresión fue aprovechado por las patronales para imponer el descenso general de los salarios, la extensión de la jornada laboral e impedir la sindicalización. El trabajo organizado estaba representado por el conservador sindicalismo por oficio de la Federación Estadounidense del Trabajo (AFL), que no agrupaba sino a una pequeña minoría de la clase obrera. Pero para 1933, primer año del gobierno de Roosevelt, la bronca  acumulada  explotó en campañas de sindicalización militante en todo el país, que terminaron en derrotas, con líderes sindicales incapaces de enfrentar la “mediación” gubernamental por un lado y la violenta represión policial violenta por otro.

1934, con la reanimación industrial,  fue escenario de una segunda oleada de huelgas, esta vez con un resultado muy distinto. En su primavera, el país fue sacudido por la exitosa huelga de la Auto-Lite en Toledo, luego de la “Batalla de Toledo” entre los huelguistas y la Guardia Nacional. Esta huelga había traído a escena nuevos elementos: la intervención de un agrupamiento  político (Workers Party) que dirigió la huelga a través de la  “Liga de Desocupados” (de hecho los muertos del conflicto eran desocupados) y la irrupción de los piquetes masivos.

La huelga de los camioneros (Teamsters), que le siguió en  Minneapolis, elevó aún más el nivel de conflicto porque se tuvo que enfrentar al conjunto de la patronal de la ciudad. La Alianza Ciudadana se ufanaba de garantizar una “ciudad abierta” para los negocios, de sindicatos ultra débiles, salarios miserables y jornadas interminables. Sin embargo, para su lamento, una serie de eventos le dieron un giro total a la situación.

Una huelga del carbón triunfante de 1933, donde trabajan militantes de la entonces Liga Comunista de América, fue el primer aviso que estimuló la organización de los camioneros y sus ayudantes, una de las la principales  actividades de la ciudad. Es así que los militantes  de la LCA se embarcaron en la sindicalización al local Teamster 574, una débil organización de la AFL con menos de 200 afiliados, contando con un accidente, golpe de suerte o como se quiera llamar: el principal dirigente Bill Brown aceptó gustoso el fortalecimiento de lo que era una cáscara vacía para construir una organización de lucha. Es así que para abril de 1934 el sindicato ya contaba con 3.000 afiliados, cuando en mayo, para sorpresa de la patronal, la huelga explotó con un nivel de organización que los sorprendió más aún: establecieron un hospital de emergencia con médicos y enfermeros propios, para que los heridos no cayeran en poder de la policía y“piquetes móviles”, con una flota de transporte centralizada en garajes para salir al cruce de los carneros. La patronal y la policía intentaron derrotar la huelga por la violencia, armando un cuerpo parapolicial de 2.000 “comisarios especiales”  que, junto a la policía,  pensaban que iban a correr a los huelguistas a palos del Mercado de la ciudad. El incidente pasó a la historia como “la batalla de la corrida de los comisarios” que huyeron dejando esta vez, los represores, los caídos de su lado.

Después de sólo 6 días se llegó a un acuerdo: el reconocimiento por primera vez en la ciudad de un sindicato para negociar salarios y condiciones de trabajo: una victoria parcial que fue atacada por ultraizquierda por el Partido Comunista, acusando al trotskismo por “reformista”. Este ataque fue respondido en The Militant, la prensa de la entonces LCA, partiendo de reconocer que la clase obrera de conjunto aún se encontraba desorganizada y atomizada, y con la primer batalla de lograr el reconocimiento del sindicato ganada, no había que sobrevalorar la fuerza y correr el peligro de la desmoralización y la derrota: el sindicato había comenzado a forjar su dirección, reclutar nuevos miembros, afiliando a todo aquel que tuviera la más mínima relación con el transporte, no sólo el oficio, llegando a los 5.000 afiliados de los 200 iniciales, y finalmente formar sus cuadros.

Al poco tiempo quedó claro quién se había equivocado con el acuerdo: la patronal reconoció su error y volvió sobre sus pasos para enseñarla a la clase obrera de Minneapolis que allí los sindicatos no podían existir.

Ahora, para preparar la batalla decisiva, los Teamster convocaron también a toda la clase obrera de la ciudad y a sus sindicatos a pronunciarse en su apoyo, llevando adelante un masivo  acto en el Auditorio de la Ciudad, una importante muestra de solidaridad obrera y de naciente militancia.

La huelga estalló el 16 de julio y duró 5 semanas. Ni la imposición de la Ley Marcial, ni la lluvia de amenazas por la prensa de los voceros del gobierno y sus mediadores, ni el arresto de cientos de piqueteadores y los principales dirigentes, ni la expulsión de los dirigentes de la LCA a la vecina ciudad de St. Paul, y ni siquiera el asesinato de dos huelguistas a manos de las balas  policiales  el 20 de julio, el “viernes sangriento”, provocando también nada menos que 67 heridos, pudieron quebrar la huelga que culminó en un triunfo histórico.

Los militantes trotskistas no tenían ningún cargo oficial en el sindicato  (los obtuvieron en las elecciones siguientes) pero dirigieron la huelga junto al mencionado Brown a través de un Comité de Organización, capaz de garantizar los piquetes masivos y las asambleas hasta las que incluso fueron llevados mediadores del gobierno de las que huían espantados.

Los aportes del trotskismo

James Cannon, el principal dirigente trotskista de la entonces Liga Comunista de America, antecesor del SWP, Partido Socialista de los Trabajadores fundado el 1 de enero de 1938, da cuenta de cinco aportes específicos partidarios a ese conflicto: el primero y novedoso la organización de la huelga hasta el último detalle (hospitales, piquetes, comida, estrategia de negociación, apoyo legal). El segundo, la concepción clasista de que no se puede ganar nada de la patronal a menos que se tenga la voluntad de pelear por ello y la fuerza para tomarlo.

El tercero, el enfrentamiento a la pérfida política oficial de enviar mediadores a los conflictos que se presentaban como “amigos” de los obreros para terminar “aconsejando” la rendición “porque más no se puede hacer”, desconfiando de ellos y esta vez, de nuevo como novedad, desgastándolos. Es así que los mediadores iban pasando unos tras otros sorprendidos por sus nuevos fracasos. La estrategia de la huelga era la lucha, no la mediación, sin desconocerla y maniobrar la, algo que parece obvio pero no lo era para la gran mayoría de los dirigentes huelguistas entonces (y ahora, agregaremos, aunque por otros motivos). Este fue el cuarto aporte.

El quinto aporte fue otra novedad en el movimiento obrero: la publicación de un  diario de la huelga, el “Organizador Diario”,  que llegó a repartir más de 10.000 ejemplares, informando todas las novedades, las perspectivas, y la posición del sindicato, como un arma para enfrentar a la prensa burguesa y sus intentos desmoralizadores, pero sobre todo, jugando un rol de educador, informando la situación del movimiento obrero. Así el “organizador” fue “el arma más grande del arsenal de la huelga, la más decisiva. Sin el Organizador no se habría ganado la huelga”.

Todas estas contribuciones fueron llevadas adelante en armonía entre el equipo enviado por el Comité Nacional, y los dirigentes de la huelga: Cannon estuvo desde mayo, y en julio se volcaron cuadros de la dirección para más apoyo. “Las huelgas modernas requieren una dirección política… el antiguo movimiento sindical que acostumbraba negociar con la patronal sin interferencia del gobierno, pertenece al museo. El moderno movimiento obrero debe ser dirigido políticamente porque está siempre confrontado al gobierno, y más en el caso de un presidente ‘amigo de los trabajadores’ como Roosevelt.” Yasí “un dirigente sindical, en tiempos de huelga, bajo el peso de y el stress de miles de detalles   que presionan y que rechaza la idea del consejo político en la lucha contra la patronal y su gobierno, sus mecanismos, trampas y presión es ciego, sordo y mudo”.

Otro de los puntos que vino a romper la tradición fue la participación de las mujeres en la huelga con un “Auxilio de Mujeres”. Aquí se equivoca Haverty-Stacke, autora del destacado libro “Trotskistas en  Juicio” en su evaluación,fuera de las circunstancias concretas, del rol de las mujeres“En el movimiento obrero en Minneapolis mientras que el activismo de las mujeres varió desde la ayuda auxiliar en el manejo de piquetes hasta la dotación de personal esencial de cocineras de la  huelga, hospitales improvisados y centros de recaudación de fondos, su participación fue ‘vista básicamente como de apoyo’ y las mujeres fueron ‘excluidas de participar en toma de decisiones’.”

Al revés, hubo primero que superar la resistencia inicial de muchos miembros del sindicato en una fuerza laboral completamente masculina; los líderes de la huelga contrarrestaron esto con una «creación explícita, consciente y exitosa de un contingente organizado de mujeres de la clase trabajadora que apoyan a la fuerza laboral masculina de la industria camionera».Farrell Dobbs, uno de los  dirigente de la huelga,  explicó la importancia de involucrar a las esposas en el movimiento: «en lugar de corroer su moral por las dificultades financieras que enfrentarían durante la huelga», las mujeres deberían ser «arrastradas al meollo de la batalla donde podrían aprender el sindicalismo» a través de la participación de primera mano «(Bryan Palmer).

Las huelgas de Minneapolis y Toledo abrieron paso a la tercera ola huelguística de 1936-1937, que significó definitivamente la organización masiva de la clase obrera yanqui y el resurgir de la CIO como central sindical industrial masiva.

Han pasado muchos años y la clase obrera yanqui es otra, y el mundo también. Tiene una bajísima tasa de sindicalización en el ámbito privado, ha sufrido retrocesos, pérdidas y precarización, y es la que está sufriendo con más gravedad la pandemia y la discriminación racial. Pero el levantamiento histórico que está sacudiendo Estados Unidos abre nuevas perspectivas  para los oprimidos. En el camino de su levantamiento, para mejor enfrentar a sus enemigos, el gobierno y la patronal, deberá llevar la mirada atrás, no para copiar sino para recuperar sus mejores tradiciones de organización y combate. El capítulo de Minneapolis sin duda merece ser reconocido.

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