Un 12 de marzo de 1945, hace 76 años, moría Ana Frank en el campo de concentración de Bergen Belsen en manos de la bestia nazi. Tenía apenas 15 años.

Leer su diario es palpar directamente con los nervios toda la humanidad detrás de la más inmensa catástrofe que haya habido. Cada línea es un testimonio increíblemente vivo de una vida, de millones de vidas, truncadas por el capitalismo imperialista en su peor manifestación histórica.

“Querida Kitty” la escribía día a día al cuaderno que sus padres le habían regalado, desde el escondite en Ámsterdam en el que vivía junto a su familia y cuatro personas más.

La ciudad había sido ocupada por los nazis en 1940, cuando ella apenas tenía 10 años. En la empresa de su padre pudieron esconderse en “la casa de atrás”. Su ascendencia judía los había convertido en sujetos de persecución, escarnio y muerte.

“Me parece que lo mejor de todo es que, lo que pienso y siento, al menos lo puedo escribir, de lo contrario, me asfixiaría completamente”.

Una joven y pequeña persona, con frases como esa, supo ser el emblema mundial de toda la individualidad detrás de los fríos números del Holocausto, de cada vida cortada de cuajo con sus experiencias, sus miedos, sus amores y sus deseos.

“No veo la miseria que hay, sino la belleza que aún queda” escribió en medio de las bombas, la destrucción y las masacres del fascismo.

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