Por Guillermo Pessoa

Frente al Parlamento catalán, un adolescente participa de una manifestación mientras lleva una remera con la cara del Che. La imagen podría repetirse (y de hecho, es así) en la plaza Tahir de El Cairo o en la de Mayo de Buenos Aires. Lo que expresa esa vestimenta, es el deseo (y la práctica) para que el mundo cambie. Incluso, para los más formados, ese cambio debe ser en sentido socialista e internacionalista.

Coincidimos, desde ya, en considerar al Che un luchador revolucionario. Quizás por eso mismo, su accionar, sus estrategias políticas necesitan de un balance histórico, teórico y político, que no tendrá el objetivo del anticuario que “diseca” el pasado con un mero fin erudito (en el peor sentido del término); sino que es necesario para preparar más y mejor las luchas por el socialismo que nos plantea el siglo XXI. En esta nota dicho balance, como no podrá ser de otra manera, será sucinto, provisorio y no abordará todas las aristas que el revolucionario rosarino tiene, pero sí las que consideramos esenciales.

Un poco de historia…

En agosto de 1967 o aún antes, la CIA envía dos agentes para sumarse a la caza de las fuerzas guevaristas que se hallan en Bolivia, con la complicidad y el guiño de las fuerzas armadas de ese país latinoamericano. El 8 de octubre fueron sorprendidos en la Quebrada del Churo.​ El Che ordenó dividir el grupo en dos, enviando a los enfermos delante y quedándose con el resto a enfrentarse a las tropas del gobierno.

Al día siguiente por la mañana el gobierno de Bolivia anunció que Ernesto Guevara había muerto en combate el día anterior. Simultáneamente llegaron el coronel Joaquín Zenteno Anaya y el agente de la CIA Félix Rodríguez. Poco después del mediodía el presidente Barrientos dio la orden de ejecutar al Che. Fue el agente Rodríguez quien recibió la orden de fusilar a Guevara y quien la transmitió a los oficiales bolivianos, así como fue él también quien le comunicó al Che que sería fusilado. La tarde del 9 de octubre de 1967, el cuerpo de Guevara fue llevado en helicóptero a Vallegrande y fue colocado en el lavadero del hospital Nuestro Señor de Malta, donde permaneció en exhibición pública durante ese día y todo el día siguiente, introduciéndosele gran cantidad de formaldehído para evitar la descomposición. Finalmente, el 12 de julio de 1997 los restos fueron llevados a Cuba, donde fueron recibidos por una multitud para ser sepultados en Santa Clara en el Memorial de Ernesto Guevara donde se encuentran actualmente los restos de la mayoría de los guerrilleros que le acompañaron en su expedición.

En estos días el recuerdo de ese vil asesinato (y la imagen del cadáver del Che) recorrió los noticieros televisivos y múltiples redes sociales. Sirva también para no olvidar la larga lista de crímenes y desapariciones sobre luchadores populares que el imperialismo y sus cómplices nativos, desarrollaron a lo largo del siglo XX y en especial en las décadas de los sesenta y setenta.

Una escuela revolucionaria

Recordemos lo obvio: Guevara tuvo un heroísmo y una honestidad revolucionaria realmente admirables. Dirigente principal de la revolución más importante que tuvo nuestro continente en el siglo pasado, vivió una coyuntura en donde la “coexistencia pacífica” predicada por la burocracia de la URSS, lo tuvo como un crítico implacable. Su famoso discurso de 1965, aquel de “hacer uno, dos, tres Vietnam” no sólo iba en contra de aquella estrategia, sino que, asimismo, en un correcto análisis internacionalista, dejaba entender que el aislamiento de Cuba terminaría resultando mortal. Para ello (y aquí otro mérito del argentino) no depositaba ni un gramo de confianza, y así lo hizo saber, en ninguna de las burguesías “nacionales” (locales, en verdad) de los países periféricos, socias menores de los diversos imperialismos existentes. Todo ello entonces, forma parte del acervo teórico y práctico del socialismo revolucionario.

Los problemas comienzan con el cómo y el quién llevarán a cabo esas tareas. Uno de sus errores fue generalizar en forma abstracta y por eso abusiva, la táctica de la “guerra de guerrillas” que había tenido éxito en el país centroamericano y también en China, de la mano de un dirigente que influyó mucho en el Che, como fue Mao Tse Tung 1 Trasladar mecánicamente esa experiencia a otros lugares de América y del continente africano fue realmente un error de táctica y (cuando ésta se generaliza) de estrategia, grave. Para que la crítica no sea anacrónica, digamos que el peso que tenía el maoísmo sobre la vanguardia en aquellos años era más que importante. La experiencia china consistió en una revolución inmensa, anticapitalista, con un fuerte peso del campesinado y una ausencia casi total de la clase trabajadora de la ciudad. En ella, como en el proceso cubano, la necesaria disciplina que requiere todo “partido ejército”, se traslada luego a la sociedad civil y al propio nuevo estado que acaba de surgir. Las instituciones de la clase obrera se anquilosan o directamente no existen (sindicatos, partidos, soviets o consejos). Este aspecto (y no es el único) lo diferencian de la revolución rusa, de la cual se cumplen 100 años también en este mes. Como ilustró en más de una oportunidad nuestra corriente, si en ésta la consigna de poder era Todo el poder a los soviets, en la cubana fue Comandante en Jefe Ordene. Revolución esta última, que sí tiene el mérito inmenso de haber expropiado a la burguesía y logrado la independencia real del imperialismo norteamericano. Conquistas que todo revolucionario tiene la ineludible obligación de defender.

El Che nunca pensó a la clase obrera como EL sujeto de la revolución socialista. Esa omisión en el Altiplano le costó muy caro. No halló la adhesión de sectores campesinos como su programa de “foco guerrillero” pretendía. Por supuesto que no se trata de ignorar o desdeñar el apoyo de éstos, pero siempre bajo la dirección del proletariado de la ciudad. Además Bolivia contaba con una clase obrera pujante y combativa como lo había demostrado en la revolución “expropiada” de 1952. Si esto no sucede, queda en mero vanguardismo y voluntarismo estéril… y trágico.

Esta mengua del Che, también se deja ver en la discusión que llevó a cabo hacia los años 1963/64 cuando era Ministro de Industrias cubano, en cuanto a la productividad del trabajo y el futuro de la economía “socialista”, haciendo alusión a los llamados “socialismos reales”. Si bien tuvo una posición correcta en cuanto a criticar los esbozos de “socialismo de mercado” que las burocracias europeas orientales y algún sector del Kremlin intentaban llevar a cabo, le contrapuso a dicho programa la mera planificación centralizada, que ya tenía problemas graves ante la existencia de la casta burocrática y por la total ausencia de democracia obrera en dicha economía. O sea que, en definitiva, dichos aspectos remiten a un problema político. Lo mismo en cuanto a su postura de “incentivos morales” a los trabajadores, pero siempre “obedeciendo” la línea general y sin una verdadera participación y control de éstos en la citada planificación estatal.

Balance abierto

Adelantamos que el artículo era sólo una aproximación a un balance que requiere de mayor extensión y profundidad. Nos atribuimos (humildemente) como corriente, el intento desde hace años de dar cuenta del mismo y realizar pasos importantes en ese sentido.

Podríamos finalizar pensando en ese adolescente, estudiante, trabajador, del comienzo de la nota, y señalar que la memoria y el recuerdo para los revolucionarios es un deber ineludible, como asimismo lo es, el aprender de sus errores y limitaciones. Sostenemos que no hay sustitucionismo que valga. Sólo habrá socialismo y un mundo mejor, cuando sea la propia clase trabajadora mundial la que se convenza de ello y tome realmente en sus manos los resortes de la economía y la política internacionales. Y ello constituirá la revolución socialista a nivel planetario, proyecto por el cual, en definitiva, el propio Che Guevara dio su vida.


1:  Ya Lenin afirmaba que la guerra de guerrillas es una táctica (sólo una entre muchas) que los revolucionarios se ven obligados a emplear. Si bien el tema es complejo, digamos que para que ésta triunfe debe “empalmar” con un movimiento de masas, sino aquel resulta imposible. Recordar el asalto a Moncada de 1953. El Movimiento 26 de Julio comandado por Fidel Castro, si bien recogió “voluntades obreras” en forma individual, no creó un lazo firme con la clase trabajadora cubana que era, sin duda, la más importante de Centroamérica y una de las principales de América Latina toda. Como escribía Roberto Ramírez, siguiendo a un experto historiador de la revolución  cubana (Sam Farber): Contra lo que suele creerse, la gran mayoría de los luchadores del Movimiento 26 de Julio y de los otros movimientos armados no estaban en “la sierra”, sino en el “llano”; es decir, en las ciudades. Y fue también en las ciudades donde se produjeron alrededor del 90 % de las bajas (…) el M26J que en las ciudades organizaba miles de luchadores clandestinos, pero al mismo tiempo era orgánicamente ajeno al movimiento obrero y a la clase trabajadora.  Para un desarrollo de dicha problemática, ver Cuba frente a una encrucijada. Roberto Ramírez. Revista SoB 22 Nov 2008

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