• La cuestión de fondo es que los trabajadores no eran solamente oprimidos, sino indirectamente explotados. A través del control del Estado, la burocracia decidía por sí sola los objetivos y las condiciones de la producción, sobre la cual además imponía una fuerte punción para financiar sus altos salarios y sus privilegios. Además, los trabajadores del Este comparaban su situación material a la de sus homólogos en Europa occidental, que ellos consideraban mejor que la propia en la mayoría de los planos.
Jean Philipe Divés, Revolution Permanente, Francia, 23/11/19

De la caída del Muro de Berlín, el 9 de noviembre de 1989, a la disolución oficial de la URSS, el 26 de diciembre de 1991, los regímenes del “bloque soviético” se fueron derrumbando uno a uno como un castillo de naipes. ¿Cómo explicar este fenómeno, así como los procesos de restauración capitalista que ha desencadenado, y que han marchado a su término sin encontrar grandes resistencias?

 

Al final de la Segunda Guerra Mundial, después de un breve período (1945-47) de gobiernos de unidad nacional que mantuvieron una apariencia de cierto pluralismo político, los países liberados y luego ocupados por las tropas soviéticas -Polonia, Hungría, Checoslovaquia, Bulgaria y Rumania, así como la parte oriental de Alemania- vivieron un proceso rápido de “asimilación estructural” a la URSS. El Kremlin extendió su influencia, constituyéndose un “glacis” que fortificó su bastión de cara a los estados capitalistas europeos y su protector estadounidense[1].

A imagen y semejanza de la URSS y bajo su entero control, se pusieron en pie regímenes de partido único y se estatizó la economía luego de la expropiación del capital privado. Una nueva burocracia “comunista”, privilegiada y parasitaria, concentraba en sus manos tanto el poder político como la dirección y gestión de la economía. En el curso de los primeros años, y por un tiempo variable según cada país, los nuevos regímenes se beneficiaron de un apoyo popular real. La estatización estuvo acompañada en efecto por una política de industrialización y de urbanización que mejoró, en comparación con las condiciones previas a la guerra, el nivel de vida de las mayorías, comenzando por las clases obreras en crecimiento numérico[2].

De esta forma, en los llamados “Estados Socialistas” a los trabajadores se les concedieron conquistas reales, comenzando por el derecho al trabajo, a la educación y a la salud, mientras que la brecha entre salarios permaneció medianamente moderada. Más que en los salarios, al menos en los primeros tiempos, la situación de privilegio de las nuevas “nomenklaturas” pasaba por ventajas “en especies”: acceso a comercios especiales y centros vacacionales más solicitados, a alojamientos y centros asistenciales de mejor calidad, etc. Por otro lado, la URSS se beneficiaba de su aura de “Patria del Socialismo”, que su rol central en la victoria contra el nazismo había, por un tiempo, reforzado.

Opresión política y social, ineficacia económica de la gestión burocrática

Sin embargo, los factores de crisis y descontento no tardaron en manifestarse, en dos planos diferentes.

En primer lugar, los de abajo confrontaban con el autoritarismo de las instituciones del Estado y de las direcciones empresariales, que fijaban las normas y los objetivos de producción de la manera más arbitraria, sin ningún elemento de control por parte de los trabajadores y muchas veces por fuera de toda lógica. Los trabajadores no tenían, por cierto, ninguna necesidad de ser consultados, ya que “el poder de los trabajadores” era ejercido “por su representante legítimo”, el partido estalinista con su burocracia de Estado…Por demás, todas las sociedades del Este se encontraban encuadradas, siguiendo el ejemplo de la URSS, en una camisa de fuerza de privación de todas las libertades democráticas, especialmente las políticas y sindicales, y confrontados por una represión violenta de la policía política cada vez que sus reivindicaciones, cualesquiera que fueran, sobrepasaban un cierto limite juzgado tolerable.

En segundo lugar, después de la fase de expansión facilitada por las necesidades de la reconstrucción de posguerra, por las políticas de industrialización así como por la puesta en pie de la planificación, los países del Este vieron su tasa de crecimiento sensiblemente reducida. En el transcurso de los años 70, todos los indicadores económicos (productividad, PBI per cápita, taza de mortalidad infantil, cantidad de teléfonos y automóviles por habitante, etc.) señalaban un retraso con respecto a los países capitalistas desarrollados, e incluso, a veces, a los países llamados “en vías de desarrollo”. Muy rápidamente se manifestó la ineficacia de la gestión burocrática de la economía, con sus consecuencias en términos de rigidez y conservadurismo, apatía, indiferencia y conformismo, corrupción generalizada, robos en los lugares de trabajo y mercado negro, despilfarros y escasez.

Esta realidad, ocultada con saña en los discursos públicos de la burocracia, era conocida en el seno de su aparato dirigente. Una frase en boga bajo el gobierno de Kruschev(1953-1964), que Francois Fejtö cita en su obra de 1992 El Fin de las Democracias Populares: “¿Cuál es el estado de la economía capitalista? -Se dirige hacia su perdición. ¿Cuál es nuestro objetivo? -Alcanzarla y sobrepasarla”. La desilusión y el cinismo que esto engendraba eran parte de sus mismas bases, como se nota a partir de la frase popular que circulaba en todo el bloque del Este: “Nosotros hacemos como que trabajamos y ellos hacen como que nos pagan”.

Hace falta tal vez recordar una reflexión de Trotsky (en su texto de 1937, “Una vez más: La Unión Soviética y su defensa”): “La burocracia soviética tiene todos los vicios de una clase poseedora sin ninguna de sus “virtudes” (estabilidad orgánica, diversas normas morales, etc.)”. El capitalismo es cruel y destructivo desde muchos puntos de vista pero tiene su lógica, fundada en la explotación, la concurrencia y la ganancia del mercado – así como la capacidad de imponerse no solamente por la represión sino buscando el consentimiento de los explotados. Así también tendría, evidentemente, su lógica la organización económica, política y social en la cual los trabajadores, junto con los demás sectores populares, decidieran ellos mismos, en el marco de una confrontación libre y pública de ideas así como de los partidos y organizaciones que las lleven adelante, lo que hace falta producir y cómo producirlo según el interés del conjunto de la sociedad. El modo de gestión burocrática estalinista, al contrario, no responde a ninguna lógica, ni intrínseca ni histórica: inorgánico, es un sistema bastardo, inestable, en definitiva aberrante y en ese sentido, como las condiciones de su derrumbe en Europa del Este lo han demostrado, “transitorio”.

Hasta que entró en crisis abierta en los años 80, la URSS no fue otra cosa que el escenario de las revueltas localizadas, de las cuales pocas llegaron al Oeste (para reabsorberlas, el método burocrático estalinista fue fusilar a los dirigentes, satisfaciendo poco y nada las reivindicaciones). La principal razón es que el Estado soviético había conocido, a fines de 1920 y durante la década de 1930, una verdadera contrarrevolución burocrática, cuyas consecuencias fueron tanto terribles como duraderas. Esta contrarrevolución se llevó a cabo cobrándose millones de muertos, obreros, campesinos e intelectuales. Tuvo que proceder a la eliminación física de casi toda la vieja guardia bolchevique de 1917, comenzando por la Oposición de Izquierda[3], y más en general de toda disidencia real o potencial en el seno del partido, que se continuó llamando “comunista”. Impuso una neutralización hiper autoritaria de la clase obrera y nuevas formas de opresión – con reminiscencias zaristas- de cara a las nacionalidades no rusas.

Pero los países del Este Europeo no habían atravesado ellos mismos esta experiencia. Al mismo tiempo, al contrario de sus esperanzas iniciales, rápidamente se desarrolló el sentimiento de que las declaraciones oficiales sobre el socialismo y el poder de los trabajadores no eran sino pura habladuría, y que en realidad la sociedad estaba dividida entre “ellos” – los gobernantes y sus agentes- y “nosotros” – los trabajadores y el pueblo. Esto explica los movimientos reivindicativos, las plataformas de oposición política, pero también las grandes revueltas y verdaderas revoluciones dirigidas contra las burocracias gobernantes y contra la tutela opresiva de la URSS; que se sucedieron en el curso de la segunda mitad del siglo XX.

Berlín oriental en 1953, el comienzo de las revoluciones antiburocráticas

La primer gran explosión se produjo el 16 de junio de 1953 en Berlín del Este, tres meses después de la muerte de Stalin y mientras su efímero sucesor, Beria, anunciaba la amnistía para un millón de prisioneros soviéticos. Obreros de la construcción berlineses fueron los primeros en reaccionar a una directiva gubernamental de la República Democrática Alemana (RDA; fundada en octubre de 1949), que imponía un aumento del 10% de los ritmos de trabajo. Exigían la anulación de la medida, una fuerte baja de precios, la renuncia del gobierno y elecciones libres. Al ministro de industria, que intentando calmarlos les decía “Camaradas, yo soy un obrero y un comunista como ustedes” le respondían “Ya no lo eres, los verdaderos comunistas somos nosotros”.

El 17 de junio, una multitud de 60 mil personas ataca los puestos de policía, incendia los locales de la Stasi (policía política del régimen), así como las redacciones de los diarios. El movimiento se extiende a las principales ciudades de la RDA. 300 mil obreros detienen su trabajo, comités de huelga se forman a lo largo de todo el país. En Leipzig, los manifestantes desarman a la policía e incendian el pabellón de la amistad germano-soviética. Las huelgas alcanzan cerca de 250 localidades en todo el Este de Alemania. Los manifestantes reclaman la renuncia del gobierno del SED (Partido Socialista unificado de Alemania, el partido estalinista en Alemania oriental) y su reemplazo por “un gobierno obrero metalúrgico transitorio”, a raíz del rol central de los obreros de la industria pesada en la movilización.

La dirección de la SED hace entonces un llamado a las tropas soviéticas, que ingresan a Berlín con más de 20 mil soldados y centenares de tanques. Una cincuentena de manifestantes es asesinada y varios centenares heridos. A pesar de la represión, el movimiento continúa hasta el 23 de junio. Habría más de 230 mil encarcelamientos y 42 condenas a muerte. Luego de esta derrota, entre 1953 y la caída del Muro en 1989, tres millones de alemanes orientales, sobre una población de 17 millones, entre ellos muchos de los mejor calificados y los más jóvenes, se escaparían de la RDA para regresar a la República Federal Alemana, igualmente fundada en 1949.

Mientras que el régimen oriental denunciaba “una tentativa de Golpe de Estado, apoyada por agentes occidentales en vistas de modificar el regimen de la RDA”, los gobernantes del Oeste, que buscaban evitar a toda costa un efecto contagio y el cuestionamiento de un statu-quo internacional precario, mantuvieron un silencio aturdidor. Como única reacción, el canciller federal de Alemania occidental, Konrad Adenauer, hace un llamado “a los hombres y mujeres que hoy en Berlín demandan ser liberados de la opresión y la miseria, a no dejarse llevar por provocadores a actos que podrían poner en peligro sus vidas y su libertad”. 

Polonia y Hungría, 1956

Las jornadas de Polonia comienzan el 26 de junio con la sublevación de 15 mil obreros de la usina Cegielski, en Poznan, una de las principales ciudades industriales del país. Como tres años antes en Berlín oriental, los trabajadores protestaban contra las carencias, los bajos salarios, la carestía de vida. Las huelgas y las manifestaciones se transformaron en insurrección cuando los trabajadores tomaron por asalto la cárcel de la ciudad, liberando a sus detenidos y tomando las armas que allí encontraron, antes de saquear los locales de la dirección del partido y de la seguridad de Estado. El gobierno envía la tropa y los tanques, que disparan. Los muertos se contaron por decenas y los heridos de a cientos.

Indignado por esta represión, todo el país entra en ebullición. La prensa se libera. La dirección del partido único se divide entre “estalinistas” y “reformistas”. Obreros y estudiantes denuncian “los burgueses rojos” y “la dictadura sobre el proletariado”, reclaman la disolución de la policía política, elecciones libres, un “socialismo democrático”. Los tanques del Kremlin se despliegan en vista de una intervención militar. Los consejos obreros que se habían formado ocupan y vigilan las usinas.

La dirección comunista decide entonces volver a convocar a un dirigente eliminado en 1947, el “centrista” (estalinista moderado, podríamos decir) Wladislaw Gomulka. Nombrado cabeza del partido, logra unificar lo esencial detrás suyo, luego convence a Kruschev, por entonces a la cabeza de la URSS, de su capacidad de canalizar la revolución al costo de dar concesiones menores, que afectaran la forma del régimen pero no su carácter. La guerra, que probablemente hubiera fracturado la armada polaca y hubiera visto una gran parte de sus fuerzas resistir a las tropas soviéticas en nombre de la defensa de la independencia nacional, pudo así ser evitada. La amenaza de los tanques soviéticos sirvió sin embargo para hacer enfilar a la población. Se siguió de un proceso de normalización burocrática, desembocando en un cuadro que quedara de todas maneras menos asfixiante que en otros lugares del Este.

Gomulka seguirá ocupando su puesto hasta 1970, cuando deberá renunciar a su turno luego de las huelgas insurreccionales de los astileros navales de Gdansk y de Szczecin (conocidos por el nombre de “motines del Báltico”), desencadenados contra un aumento de precios y allí también ferozmente reprimidos- con al menos 40 muertos y cerca de 1000 heridos.

En Hungría, donde el descontento crecía, el golpe de lanzada de la revolución se dio el 23 de octubre de 1956, cuando estudiantes llamaron a una manifestación en la capital, Budapest, en solidaridad con el movimiento polaco. La misma sufrió la represión policial, lo que desencadenó como antes la movilización de masas. Prácticamente toda la población se reencuentra en las calles, reclamando elecciones libres, pluralismo político, una reforma del sistema económico, la retirada de las tropas soviéticas. La estatua de Stalin y los símbolos del poder son destruidos, la revuelta se extiende a otras ciudades del país. Miembros de la policía política son apaleadas, detenidas, ejecutadas. El gobierno huye de Budapest para refugiarse detrás de las tropas soviéticas, con lo cual las unidades presentes en la capital intervienen. Pero la armada húngara les hace frente y distribuye armas a la insurrección. Las tropas del Kremlin son obligadas a retirarse.

El 28 de octubre, el partido único vuelve a llamar como primer ministro al reformista Imre Nagy, que había ocupado este puesto de 1953 a 1955, antes de haber sido forzado a renunciar. Pero contrariamente a Gomulka en Polonia, Nagy no logra controlar la situación. Su llamado a la población para que vuelva a sus casas y cese la manifestación es ignorado. Se forman consejos obreros en las usinas y reivindican su control, los comités revolucionarios contestan a las autoridades municipales, aparecen los partidos políticos. Bajo la presión de las calles, Imre Nagy anuncia la salida del Pacto de Varsovia (la alianza militar del bloque del Este) y declara la independencia y la neutralidad de Hungría, demandando la protección de la ONU.

El 4 de noviembre comienza la segunda intervención soviética, esta vez masiva y mejor organizada. Los combates en las calles se continúan durante una semana, dejando 3000 muertos del bando de la insurrección y 700 entre las tropas soviéticas, que retoman finalmente el control de Budapest y del país.  200.000 húngaros escapan hacia Austria – y, a partir de ahí, a otros Estados occidentales. El régimen burocrático restablece su barrera de plomo. Detenido por los soviéticos, Imre Nagy es condenado a muerte y ejecutado en junio de 1958.

Checoslovaquia, 1968

En este país, el desencadenante vino de arriba, cuando el 5 de enero de 1968 Alexander Dubcek, un perfecto apparatchik devenido en reformista, es puesto a la cabeza del Partido comunista… por orden del principal dirigente de la URSS, Leonid Brejnev, inquieto por la amenaza del descrédito hacia la dirección del régimen checoslovaco. Dubcek defiende una liberalización del régimen hacia lo que llama “un socialismo con rostro humano” y proclama la libertad de prensa, de expresión, de reunión y de circulación. Una nueva Constitución reconoce la igualdad de las naciones checa y eslovaca en el seno de una república federal. Una reforma económica se da por objetivo acrecentar la autonomía de las empresas y reforzar los mecanismos del mercado.

Pero Dubcek se ve rápidamente desbordado por el movimiento que él mismo a despertado. Los trabajadores y la población se amparan en las primeras libertades democráticas y se proponen expandirlas, sobre todo en el plano político. Es así que se forman una cantidad de clubes políticos, mientras que el partido socialdemócrata checo, integrado a la fuerza al PC en 1948, anuncia su reconstitución. Y como doce años antes en Polonia y en Hungría, los consejos obreros se constituyen en las empresas y reclaman reformas económicas y sociales, no para restablecer el capitalismo sino para imponer un control de los trabajadores y de la población sobre la economía y más en general sobre la marcha del país.

Preocupado por la libertad de expresión en los medios y los comienzos del pluralismo político, el poder soviético intenta, sin resultados, negociaciones con las nuevas autoridades de Praga para intentar poner término a esas modificaciones, o como mínimo para limitarlas. El 21 de agosto de 1968, los ejércitos de 5 países del Pacto de Varsovia (la URSS, Hungría, Polonia, Bulgaria y la RDA) invaden Checoslovaquia y, como en otros lugares, restablecen la barrera de plomo burocrática estalinista. A pesar de las tentativas de resistencia, que se siguieron durante varios meses, Dubcek -que no será destituido de su puesto hasta abril de 1969, antes de ser ejecutado en 1970, colabora con la ocupación. Se siguieron diez años de “normalización”, en el curso de los cuales la represión de la oposición, bien real, tomaría formas menos violentas que en el pasado.

Polonia, 1980-81

El último gran movimiento de contenido emancipador fue el que conmocionó a Polonia a partir de agosto de 1980. La huelga con ocupación de 170.000 obreros de los astilleros de Gdnask – contra el despido de un dirigente obrero y una fuerte alza de precios-, comenzó el 14 de agosto. Fue seguida de otros movimientos en el país y esta crisis forzó la dimisión del jefe del partido único, Edward Gierek, quien había sucedido a Gomulka en 1970. Pero sobre todo, a través de los acuerdos de Gdansk firmados entre el gobierno polaco y el comité de huelga interfábrica de esa ciudad, lograron por primera vez en el bloque del Este la legalización de un sindicato libre y autogestionado, que tomó el nombre de Solidarnosc (“Solidaridad”).

Solidaridad reunía cerca de 10 millones de adherentes, cerca de un 30% de la población del país y tres veces la cantidad de afiliados al POUP (partido llamado comunista en Polonia), ya que cientos de miles se unieron desde otros lugares en los meses siguientes. Este deviene muy rápidamente, más allá de las reivindicaciones obreras, el vector de lucha por las libertades democráticas y por la independencia nacional respecto a la URSS.

El nuevo sindicato, que es a la vez mucho más que un sindicato, se encuentra bajo dos influencias, contradictorias pero que no confrontan abiertamente: por un lado, la de los trabajadores que buscan la autogestión de las empresas y de la economía, dentro de un sistema que sea auténticamente socialista; y por otra parte, la reaccionaria y abierta de hecho a la restauración capitalista, de la pujante Iglesia Católica polaca, de la cual había surgido la nueva cabeza del Vaticano, Juan Pablo II. Esta última tiene en Lech Walesa, presidente y principal figura del sindicato, un defensor de primer orden.

El primer congreso de Solidarnosc, que se abre el 5 de septiembre de 1981 con la presencia de cerca de 1000 delegados, pone esta contradicción en evidencia. Comienza con una misa celebrada por el cardenal y archiduque de Varsovia, jefe de la Iglesia Católica polaca, Jozep Glamp, durante la cual los participantes rezan de rodillas. Al mismo tiempo, la resolución adoptada por el Congreso demanda “la puesta en marcha de una reforma autogestiva y democrática a todos los niveles de gestión, y la instauración de un nuevo orden social y económico mediante la planificación, la autogestión y el mercado”. La economía deberá estar basada sobre “la empresa social, manejada por los obreros, representados por un consejo de trabajadores por vía de concurso y responsable también frente a este consejo”. La resolución exigía igualmente “la socialización de la planificación” y afirmaba el objetivo de “una auténtica autogestión de los trabajadores, que constituya la base de la República autogestionada”.

Mientras que la URSS dudaba ante una invasión militar y el POUP se encontraba demasiado debilitado y dividido para tomar la iniciativa, fue la armada quien se hace con el poder a través de un golpe de Estado el 13 de diciembre de 1981. Se instaura el estado de sitio, Solidarnosc es prohibido y sus actividades reprimidas. Sus dirigentes y cerca de 6000 militantes son encarcelados.

Las primeras liberaciones se dan después de un año, entre ellas la de Lech Walesa, quien se convierte en el primer presidente de la Polonia post- estalinista, en 1990. Pero esto se dará bajo otras condiciones, y sin nada que se le parezca a al movimiento obrero y combativo de masas de 1980-81. En Polonia y alrededores, la contrarrevolución burocrática no había detenido su marcha en materia de reformas de mercado y hacia la liberalización política, pero también había tenido éxito al conjurar el fantasma de las revoluciones obreras que abrían las puertas a un socialismo auténtico.

Gorbachov, la glasnost y la perestroika abren la vía a la restauración capitalista

Por su poder económico y militar, su extensión geográfica y la talla de su población, que además tenía un rasgo multinacional y multicultural, las contradicciones que atravesaban todo el bloque del Este se expresaban más agudamente en la URSS, así como las protestas habían sido y seguían siendo más fuerte y salvajemente acalladas que en otros lugares. A cambio, todo lo que pudiera producirse dentro de “la patria socialista” tenía repercusiones inmediatas en los países del glacis.

Los años del estancamiento brezhneviano (1964-82) vieron un sensible aumento del atraso económico de la URSS con respecto a los países capitalistas centrales. A fines de los 70, su PBI global, muy lejano del de los Estados Unidos, fue “alcanzado y sobrepasado” no sólo por Japón, sino también por Alemania occidental[4]. La URSS se muestra además incapaz de soportar la carrera armamentista impuesta por EEUU. Mientras que aquellos dedicaban a su presupuesto militar el 8% de su PBI, esta proporción era más del doble para la URSS. Luego de la invasión, a fines de 1979, de Afganistán, el Kremlin se encuentra enfrascado en una guerra costosa y sangrienta, que no podrá terminar sino con una derrota, en 1989.

Es en este contexto que luego de un cuarto intermedio (1982-85) de los secretarios generales Andropov y Tchernenko, los jefes de la burocracia de Estado deciden poner a la cabeza del partido a su miembro más joven (54 años) y considerado el más capacitado. Mikhail Gorbachov debe entonces afrontar, en un contexto de urgencia cada vez más acuciante, la clausura de un ciclo ante el cual sus predecesores, así como los dirigentes de otros países del Este, habían fracasado: introducir reformas capaces de revitalizar la economía y la sociedad, manteniendo el poder y los privilegios de la burocracia. Introducir cambios solamente “homeopáticos” (la opción elegida por todos los regímenes burocráticos antes de 1980) no implicaba ninguna modificación significativa en el plano económico, mientras que un giro al mercado demasiado marcado podría volver frágil el poder de la burocracia, incluso llegar a cuestionarlo.

Bajo este plan, Gorbachov procede, con prudencia al principio, por pequeños toques: La glasnost (“publicidad” o “transparencia”), instituida en 1986, tiene como fin asegurar la burocracia de Estado haciéndola salir de su apatía, de su rutina, superando su resistencia a todo cambio real. Los resultados fueron pobres, mientras que la liberalización política que acompaña la glasnost– incluyendo, en cierta medida, una libertad de expresión de la prensa, así como compromisos sobre los derechos humanos- sigue siendo limitada.

Desde su llegada al puesto de secretario general, Gorbachov toma por el contrario iniciativas fuertes en materia de política exterior. Sus esfuerzos con el fin de reducir las tensiones y llegar a una verdadera “convivencia pacífica” con los Estados Unidos, ahora presididos por Reagan, encuentran una primera parada con los acuerdos de Washington, por los cuales los dos “grandes” se comprometen a reducir en un 50% sus arsenales nucleares. Al mismo tiempo, supuestamente por “buena fe” pero motivado realmente por razones financieras, Gorbachov reduce o abandona el sostén tradicional de la URSS a los movimientos de liberación nacional así como a los gobiernos “amigos”. El fin de la ayuda económica y militar soviética marca también el fin de la “revolución sandinista” en Nicaragua.

A mediados de 1987, Gorbachov complementa la glasnost con la perestroika (la “reestructuración”), un plan de introducción de mecanismos de mercado que incluían: la autonomía financiera de las empresas, donde las prestaciones del Estado así como los salarios pasarían a depender de los resultados y de la calidad de los productos, junto con el desarrollo de elementos de competencia, la autorización y llamamiento al emprendedurismo, la libertad concedida a los ciudadanos de formar cooperativas de producción encuadradas como “pequeñas empresas”, la devolución de la tierra (que permanecía como propiedad estatal) a campesinos bajo la forma de arrendamientos a largo plazo, de hasta 50 años.

El objetivo declarado era el de constituir una “economía socialista de mercado”. Pero lo que en verdad era un proyecto “burocrático de mercado”, fracasa. En vez de una mejora, desencadena el caos, que se extiende progresivamente a toda la URSS con enfrentamientos dentro de la propia burocracia.

Luego de las contrarrevoluciones de 1920 y 1930, acompañada por la usurpación y transmutación de las ideas de la revolución de octubre, la burocracia estalinista sufrió cada vez más frente a una gran contradicción. Ella gozaba por su situación privilegiada (y muy privilegiada tratándose de las altas esferas) del acaparamiento, a través de su control del Estado, de una parte sustancial del producto social, es decir, del sudor y la sangre de los trabajadores. Pero este margen de explotación era indirecto, inorgánico, parasitario. Las altas burocracias podían vivir como grandes burgueses pero no pudieron, a diferencia de los capitalistas, poseer sus propias empresas ni hacer heredera a su descendencia.

Es esta barrera, este límite que Gorbachov contribuye, probablemente sin quererlo, a hacer saltar y a sobrepasar. A partir de 1989, y mientras que la baja en el nivel de vida de la población la lleva a desear y sostener los cambios, los dirigentes de empresas y los burócratas más calificados empiezan a pensar seriamente a transformarse en capitalistas. Un proceso que se desarrolla desde principio de los años 1990, luego de la caída de Gorbachov y la disolución de la URSS.

Pero a partir de estos eventos, la evolución en el seno de la antigua “Patria Socialista” tienen efectos directos y considerables sobre las “democracias populares” del Este europeo, donde se evapora el miedo a nuevas intervenciones soviéticas frente a posibles reformas. Uno atrás del otro, los regímenes burocráticos van cediendo su lugar.

Caída en dominó

A veces de forma pacífica y desde arriba, bajo el impulso de las mismas burocracias dirigentes, otras a costa de convulsiones y enfrentamientos más o menos severos, todos los “socialismos reales” en Europa se derrumbaron entre 1989 y 1991.

Desde febrero de 1989, el Partido socialista obrero de Hungría (nombre oficial del PC local), que había entramado negociaciones con la oposición, propone abandonar su “rol dirigente” y organizar el pasaje al multipartidismo en el marco de elecciones libres. El 2 de mayo, el gobierno anuncia la apertura de su frontera con Austria. El 6 de octubre, el PC decide transformarse en partido socialdemócrata. El 18, el parlamento adopta las reformas que el partido había propuesto a principio de año. Entre marzo y abril de 1990, el Forum democrático (oposición) gana las primeras elecciones libres.

En Polonia también, las negociaciones entre el gobierno y la oposición comienzan bien temprano, en el marco de una “mesa redonda” reunida en diciembre de 1988. El 4 de junio se dan elecciones “parcialmente democráticas”, que comprometen un tercio de la cámara de diputados (los otros dos tercios son reservados al POUP y sus organizaciones satélites), así como la totalidad del Senado. La coalición liderada por Solidarnosc logra una victoria aplastante, que conquista 161 diputados y 99 de 100 senadores. En nombre de la mayoría, el general Jaruzelski logra resultar electo por el parlamento como presidente de la República. Inmediatamente después, nombra como primer ministro un consejero de Walesa, Tadeusz Mazowiechi, que toma la dirección de un gobierno de unidad nacional asociando a la oposición y los representantes del régimen pasado. El PC polaco se disuelve en enero de 1990, dando lugar a no una sino dos formaciones que se reivindican socialdemócratas.

En el verano de 1989, cerca de 20 mil ciudadanos de RDA aprovechan la apertura de fronteras húngaras para pasar al Oeste. El gobierno de Berlín oriental renuncia el 7 de noviembre y el muro cae dos días más tarde. El buró político y el comité central del partido de la burocracia, el SED, renuncian el 3 de diciembre. El 9, un congreso extraordinario de este partido renueva profundamente sus instancias dirigentes y cambia su nombre por el “Partido del socialismo democrático”- que será más tarde el principal componente fundador de Die Linke. Los conservadores (con la CDU -Derecha Demócrata Cristiana- del Este a la cabeza) gana las elecciones en febrero de 1990. El 23 de agosto de 1990, la Cámara del pueblo (Cámara de diputados) vota la integración de la RDA a la República Federal de Alemania, que se hace efectiva el 3 de octubre.

En Checoslovaquia, por el contrario, el régimen se distinguió durante la mayor parte de 1989 por su inmovilismo. Es el ejemplo de los países vecinos que pone poco a poco en movimiento a la sociedad. La primera manifestación de masas, severamente reprimida, fue organizada el 17 de noviembre en Praga por los estudiantes de la ciudad, que hicieron huelga al día siguiente. El Forum cívico, con el dramaturgo Vaclac Havel a la cabeza, fue formado el 19 de noviembre. Las manifestaciones se vuelven más amplias y una huelga general se desarrolla el 27 de noviembre con amplio apoyo. El primer ministro renuncia, los “reformistas” se imponen en el seno del PC y un gobierno de unión nacional se pone en pie siguiendo el modelo polaco. Alexandre Dubcek, de regreso, toma la presidencia de la Asamblea Federal (reagrupando los diputados checos y eslovacos), que al día siguiente elige a Vaclav Havel como presidente de la República.

Se contagió también Bulgaria, donde bajo la presión de Gorbachov el jefe del PC y presidente del país, Todor Jivkov, renuncia el 10 de noviembre de 1989- al mismo tiempo que la caída del muro de Berlín. Jivkov había previamente multiplicado las proclamas de cierre, llevando adelante una política de estigmatización y expulsión a la minoría turca, de cara a “unificar” detrás suyo la población con bases xenófobas y racistas. Después de su renuncia, una primera manifestación de masas tuvo lugar el 18 de noviembre en la ciudad de Sofía, frente al edificio de la Asamblea nacional. Las protestas se extienden y el régimen comienza a retroceder. El PC abandona oficialmente su “rol dirigente” y el pluri partidismo se impone en los hechos. En febrero de 1990, el partido renuncia al “marxismo-leninismo” y se transforma en Partido Socialista. El principal dirigente de la coalición de oposición es elegido presidente de la República el 1 de agosto siguiente.

En Rumania, donde la situación económica se venía degradando de forma acelerada, el Conducator Nicolae Ceausescu se mantiene en una posición irreductible. El 16 de diciembre, luego de la represión de una protesta pacífica, organizada contra una medida de expulsión hacia un representante de la minoría húngara, la ciudad de Timisoara se alza. Es durante días el escenario de enfrentamientos violentos, que traen un importante número de víctimas[5]. Un ala del partido comunista y de la burocracia de Estado, organizada clandestinamente en un Frente de Salud Nacional, estaba en proceso de preparar un golpe de Estado, un proyecto probablemente conocido y hasta apoyado por Gorbachov. Frente a la aceleración de los acontecimientos, decide pasar inmediatamente a la acción.

El 21 de diciembre, al retorno de su viaje por el extranjero, Ceausescu intenta retomar el control. Demanda a la Seguridad del Estado organizar “una reunión de masas”, transmitida por la televisión del Estado. Pero la manifestación en apoyo se convierte rápidamente en una protesta contra él. Por la noche, la población sale masivamente a la calle y al día siguiente, Ceausescu emprende la huida. Es rápidamente detenido y al término de una farsa de proceso, que es filmada y retransmitida en directo, él y su esposa son condenados a muerte por “genocidio” e inmediatamente ejecutados, el 25 de diciembre, también en directo por televisión. El día siguiente al que sería mal llamado “revolución rumana”, el Frente de Salud Nacional anuncia su rechazo al “socialismo científico” y su adhesión a la democracia occidental. En 1990, restablece las primeras elecciones libres y su principal dirigente, el aparatchikIon Illescu- por otra parte, actualmente juzgado en Rumania por “crímenes contra la humanidad”- se convierte en presidente de la República.

La transición es mucho más difícil en Yugoslavia, donde la burocracia post-titista se divide por el reparto de la torta según líneas de fractura nacionales. La agresividad del aparato del partido serbio, que hace todo lo posible por preservar su posición privilegiada y dominante en el seno del Estado, apoyándose en la armada nacional que controla, conduce a la guerra. De 1991 a 1995, y luego de 1998 a 2001, la ex-Yugoslavia es el escenario de una seguidilla y entrelazamiento de conflictos armados, agravados por las intervenciones imperialistas.

En cuanto a Albania, el país más pobre de los antiguos Estados “comunistas”, continúa el movimiento a partir de 1991, ya que frente al descontento popular, a la huida y el exilio de numerosos albaneses así como enfrentamientos sangrientos en numerosas ciudades del país, el partido ultra-estalinista fundado por Enver Hoxha autoriza el multipartidismo y termina por unirse él también a la socialdemocracia.

En la URSS, lejos de redireccionar la economía de Estado, la política de reformas de Gorbachov abre la caja de Pandora a reivindicaciones y pedidos de todo tipo. Durante todo este período, la crisis no cesa de profundizarse y poco a poco, se instala el caos. La cuestión nacional, que se corresponde con una cuestión bien real aunque los segmentos nacionales de la burocracia la utilicen para su beneficio, ocupa el primer plano. Una tras otra, las repúblicas de la URSS declaran su soberanía y su independencia, comenzando por los tres países bálticos que se encontraban integrados a la URSS desde junio de 1940, luego de la invasión de tropas rusas desencadenada por el pacto germano-soviético. El giro decisivo se da luego de la elección por sufragio universal, el 12 de junio de 1991, de Boris Yeltsin para la presidencia de la Federación de Rusia. Anteriormente aliado de Gorbachov, Yeltsin se convierte en el abanderado del liberalismo – económico y político- así como del apoyo público de los nacionalismos que desgarraban a la Unión. Al mismo tiempo, la Federación de Rusia se declara soberana, mientras que Yeltsin renuncia un mes más tarde al partido comunista.

El 19 de agosto, el entorno de Gorbachov- quien estaba en ese momento de vacaciones- organiza un golpe de Estado pretendiendo volver a la situación anterior y frenar las reformas. Yeltsin contribuye a deshacer el golpe posicionándose a la cabeza de la movilización popular que le responde. El 8 de diciembre de 1991, los dirigentes de las repúblicas de Rusia, de Bielorrusia y Ucrania, anuncian el fin de la URSS y su reemplazo por una Comunidad de Estados Independientes, una forma de unión voluntaria y más bien laxa. Doce de las quince repúblicas de Rusia se unen, pero esta estructura quedará vacía de contenido[6]. Gorbachov renuncia el 25 de diciembre de sus puestos como presidente de la URSS y de secretario general del PCUS – en verdad, ambos habían dejado de existir – y luego entrega a Yeltsin los códigos nucleares. Reunido el 26 de diciembre, el “Soviet Supremo” proclama la disolución de la URSS y la independencia de cada una de sus repúblicas. El 31 de diciembre, la ONU reconoce una disposición esencial de acuerdo de la creación de la CEI, reservando para Rusia las prerrogativas, derechos y deberes de la URSS.

¿Por qué este desenlace y no otro?

Es el momento de responder a la pregunta: ¿Por qué la crisis terminal del bloque del Este llevó en todas partes a la restauración capitalista, y no a revoluciones obreras antiburocráticas, abriendo la vía al socialismo auténtico? Es decir, a la “revolución política” que Trotsky había preconizado y defendido durante 1930. Dos grandes factores entran en línea de consideración, uno interno al bloque del Este y el otro proveniente de la evolución de la situación internacional.

En primer lugar, las revoluciones democráticas y socialistas llevadas adelante por la clase obrera de los países del Este fueron severamente derrotadas, la violencia de la contrarrevolución y de la represión burocráticas previas llevó, en la mayoría de los casos (siendo Polonia excepción en parte) a cortar el hilo de continuidad histórica para las generaciones posteriores. Las aspiraciones de un socialismo “democrático” o “autogestivo”, que estos grandes movimientos habían llevado adelante, aparecieron entonces como manifestaciones de una utopía irrealizable.

En la URRS, como se ha dicho más arriba, la contrarrevolución había intervenido más bien temprano, culminando probablemente con los juicios de Moscú de 1936-38. Es necesario constatar que desde esa fecha, la clase trabajadora no jugó ya un rol político independiente. En 1989 y luego en 1991, las huelgas masivas de mineros, especialmente en Ucrania y el sudoeste siberiano, no dieron lugar a ninguna expresión política ni político-sindical independiente, y terminaron por ser instrumentales a la política de las direcciones burocrático-nacionalistas, en particular la de Boris Yeltsin, que se convirtió en el principal artífice de la lucha contra la propiedad del Estado y por su privatización.

Este episodio, como más en general la pasividad de la clase obrera en diferentes países frente a la restauración capitalista impuesta por la caída de los “socialismos reales”, dan testimonio de que las formas de propiedad estatal en esos países se habían convertido en extrañas y hostiles a un gran número, sino a la mayoría de los trabajadores. La cuestión de fondo es que los trabajadores no eran solamente oprimidos, sino indirectamente explotados. A través del control del Estado, la burocracia decidía por sí sola los objetivos y las condiciones de la producción, sobre la cual además imponía una fuerte punción para financiar sus altos salarios y sus privilegios. Además, los trabajadores del Este comparaban su situación material a la de sus homólogos en Europa occidental, que ellos consideraban mejor que la propia en la mayoría de los planos.

Para tomar (en el “glacis”) o retomar (en la URSS) el poder, las clases obreras tendrían que haber llevado adelante verdaderas revoluciones, que hubieran arrancado no solamente las libertades democráticas sino operado una transformación radical de la sociedad, liquidando los privilegios y el poder político y económico de la burocracia. Pero los obstáculos eran considerables y la tarea se reveló demasiado ardua[7]. Para la burocracia estalinista (o post estalinista si tomamos este término después de 1953), por el contrario, el pasaje al capitalismo aparecía como un proceso cada vez más lógico, y casi natural. Sin contar que esta transición se beneficiaría del sostén de casi todos los otros estados, sobre todo las potencias capitalistas e imperialistas.

Las burocracias de la URSS y de los países del Este compartían con las burguesías occidentales los privilegios de la riqueza y del poder, pero les faltaba aquello que hubiera permitido estabilizar su situación y esperar un rendimiento permanente: la propiedad de las empresas y la capacidad de heredarla a sus familias. Esta aspiración de larga data llegó a realizarse – de modo certero- en el curso de los años 1990. El hecho de pasar de un modo de explotación bastardo e indirecto a un modo de explotación mucho más estable y orgánico, pero que en definitiva tenía por base siempre la explotación de la fuerza de trabajo y usurpación de su producto social, explica también el por qué, en la mayoría de los casos, esta transición operó de manera relativamente no violenta. Las excepciones se produjeron cuando las luchas inter burocráticas por el reparto de las privatizaciones y de los intereses esperados desembocaron en guerras, que tomaron la forma de enfrentamientos entre naciones o nacionalidades (en la ex Yugoslavia y dentro y entre ciertas repúblicas de la ex URSS[8]).

Desplegando y luego imponiendo sus políticas neoliberales (con la mundialización del capital y de la producción que los acompañaron), el capitalismo imperialista pasó globalmente a la contra ofensiva frente a un mundo del trabajo que se encontraba desarmado por las direcciones –“Socialistas” o “comunistas”- en las que había depositado su confianza. Por lo tanto, antes mismo de las grandes transformaciones, las clases obreras occidentales no constituyeron un punto de referencia para sus hermanas orientales, ya que tampoco podía quedar a sus ojos una perspectiva, antes vislumbrada, de un “socialismo no burocrático”. Y la identificación equivocada entre el socialismo y los regímenes de dominación burocrática se impuso a una escala de masas.

Efectos políticos inmediatos y durables… ¿hasta cuándo?

La restauración capitalista en la ex URSS y en Europa oriental no solamente abrió la puerta a un capital de nuevos y gigantescos mercados, sino que reforzó considerablemente el capitalismo imperialista en el plano político. Si no hubo nunca un “fin de la historia”, la propaganda sobre “el fin del socialismo”, más o menos identificado con el estalinismo, fue percibida por las grandes mayorías como correlato de una realidad.

Hasta hoy todavía, cuando el sistema capitalista ha entrado en un nuevo período de crisis, y que las revueltas o comienzos de revolución estallan en todo el mundo, esta perspectiva de transformación social sigue siendo minoritaria. Desde Chile hasta el Líbano y de Hong Kong a Haití, el combate por que la clase obrera tome la dirección de las movilizaciones y les imprima una dinámica socialista sigue complicada y sus resultados, inciertos.

Al comienzo de los años 1990, y constatando el proceso de restauración capitalista, muchos trotskistas esperaban y confiaban en que el derrumbe del bloque soviético produjera en términos relativamente breves otra consecuencia: el fin del estalinismo en tanto que su aparato mundial contrarrevolucionario tenía su centro en el Kremlin, que había sido desde decenios, internacionalmente y en gran número de países, el principal factor contrarrevolucionario en el seno de los sectores organizados y combativos del movimiento obrero, significaría en efecto la liberación de una capa de plomo burocrática, que permitiera a la clase trabajadora reconstruir, con la ayuda de los marxistas revolucionarios, una perspectiva de emancipación.

Fuerza constatar que esta esperanza y pronóstico no se ha realizado, al menos hasta el presente. Para tomar el caso de Francia, la última victoria de amplitud nacional llevada adelante por una movilización de trabajadores, amplia y combativa, se remonta a 1995 – a la ocasión de huelgas y manifestaciones, en parte auto organizadas, que nadie habría previsto ni osado siquiera vislumbrar algunos meses antes. Pero contrariamente a lo que muchos de entre nosotros esperábamos, el movimiento profundamente proletario de noviembre y diciembre no constituyó el preludio de un proceso de reconstrucción del movimiento obrero sobre nuevas bases de clase. En su lugar se desarrolló la ilusión antiliberal, de un retorno a un capitalismo regulado y “más humano”, acompañado de un renacimiento de falsas esperanzas electorales e institucionales que la “izquierda pluralista” que Jospin (1997-2002) encarnó brevemente. Hoy en día, choca constatar a qué punto, en condiciones bien diferentes, el mismo tipo de ilusiones puede manifestarse a través de las rebeliones en curso, sobre todo en Chile (pero también en otros lugares).

Las posibilidades de un recomienzo quedan entonces abiertas, aunque dos factores han venido a modificar la situación. En primer lugar, los efectos persistentes y redoblados de la crisis económica mundial abierta en 2008-2009, con el fantasma siempre presente de una réplica aún más grave. En segundo lugar, el descrédito que golpea en la mayoría de los países (con algunas raras excepciones, como la del Laborismo en el Reino Unido) a todas las direcciones y organizaciones reformistas, antiguas o nuevas, abiertamente ligadas al capitalismo o que mantienen un discurso crítico.

La reconstrucción de una perspectiva socialista y revolucionaria es un gran desafío de la nueva ola de movilizaciones que se desarrolla a escala internacional. En los albores de la batalla que se anuncia sobre las jubilaciones, el proletariado francés tendrá un rol que jugar.


 

[1]Los procesos fueron diferentes en el caso de Yugoslavia y de Albania, que fueron liberados de la ocupación alemana (la primera) e italiana (la segunda) no por las tropas soviéticas, sino por movimientos armados de liberación nacional dirigidos por los partidos comunistas locales. De este hecho, estos últimos consideraron disponer de una legitimidad propia y estaban poco dispuestos a aceptar la tutela del Kremlin. Los regímenes políticos, tipos de estado y de organización económica puestos en marcha en estos países fueron sin embargo similares a los del “glacis”. La dirección soviética rompió en 1948 con el partido yugoslavo, considerado demasiado independiente (antes de una semi reconciliación en 1955), luego en 1961 con su homólogo albanés, que había seguido a la URSS sin seguirla antes de ligarse a la dirección maoísta china.

[2]Nos constaría encontrar en este plano una diferencia cualitativa con la evolución que conocieron en el mismo momento los países imperialistas – en Europa, en gran parte gracias a las ayudas del plan Marshall-, donde los trabajadores también vieron mejorada su situación material. Así también, en el Reino Unido, el gobierno laborista creó en 1948 el Servicio de Salud Nacional, que garantizaba una salud gratuita para todos, tres años antes la Seguridad Social había sido fundada en Francia, etc. Recordemos también que hasta inicios de los años 1970, el desempleo fue en los países occidentales casi inexistente.

[3]Podemos hacer referencia en este aspecto a Pierre Broué, Trostky, París, Fayard, 1988, sobre todo de la tercer a la quinta parte, p399-936. Para lo que pudo subsistir, perdurar o recrearse en términos de oposición anti estalinista en la URSS en la inmediata posguerra, podremos también referirnos a “Comunistas contra Stalin. Masacre de una generación”, París, Fayard, 2003.

[4]La población japonesa representaba en ese momento un 45% de la de la URSS. Para Alemania, la proporción era menos de un cuarto.

[5]Grotescamente exagerado en los medios, sobre todo los occidentales, que evocaban entonces masacres de masas. Más tarde será establecido que le rumor propagado habría servido a una de las mayores falsificaciones y manipulaciones de la información jamás efectuadas.

[6]Los tres países bálticos, (Estonia, Letonia y Lituania) nunca fueron parte mientras que Georgia y Ucrania, que estuvieron o están en guerra con Rusia, la abandonaron en el curso de los años 2010 (mientras que Turkménistan pasó de estado miembro a estado “asociado”). Las instituciones dirigentes de la CEI, que sirvieron de marco de concertación y a veces de cooperación inter estatal, no se han vuelto a reunir hace años.

[7]Evidentemente, faltan también partidos revolucionarios marxistas suficientemente influyentes para dar cuerpo a una alternativa socialista y ayudar a las masas a orientarse dentro de los acontecimientos. Pero como esta realidad es mundial, e invariable desde casi un siglo, remarcarlo no amerita más que una nota al final del texto.

[8] El caso de China, así como el de Vietnam y Laos, es particular y meritaría ser estudiado seriamente ya que en esos países, las burocracias de Estado de tipo estalino condujeron a la restauración de restos de producción capitalistas, sin que se expresara en ese plano una verdadera resistencia, manteniendo las dictaduras de partido único y su control sobre la economía.

Traducción de Lula Levenson para Izquierda Web

DEJAR UN COMENTARIO

Ingresar comentario
Ingrese su nombre