Don’t Look Up: una metáfora del capitalismo y su lógica depredatoria

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  • Refleja la tendencia hacia el “ultracapitalismo”, es decir, la mercantilización y afán de ganancias sin límites del capitalismo actual.

Victor Artavia

“Don’t Look Up” (2021) es una película estadounidense dirigida por Adam McKay. Bajo el formato de una comedia apocalíptica, plantea/sugiere discusiones interesantes de la actualidad.

Primero, refleja la tendencia hacia el “ultracapitalismo”, término acuñado para expresar la mercantilización y afán de ganancias sin límites del capitalismo actual; en la película es un meteorito que un burgués pretende capitalizar aunque ponga en riesgo la vida en el planeta, pero eso no dista mucho de la creciente privatización del agua en varios países, la cual comenzó a cotizarse en varias bolsas de valores, mercantilizando un recurso fundamental para la vida humana (ojo con eso, es un tema serio en un futuro cercano).

Segundo, da cuentas del negacionismo en boga, un elemento reaccionario que niega la evidencia científica, el cual combina teorías conspirativas, fundamentalismo religioso y otras visiones de mundo anti-modernas. Actualmente lo vemos con los movimientos anti-vacunas o el terraplanismo. Pero también se explica por los intereses de las grandes corporaciones y gobiernos; por ejemplo, las petroleras que financian “investigaciones” para refutar el calentamiento global y presentarlo como algo natural (este fue el argumento de Trump), similar a como hicieron las tabacaleras en el pasado para asegurar que la nicotina no era perjudicial.

Tercero, la película establece una crítica a los de arriba, a los gobiernos y los grandes empresarios que, en afán de sus intereses, no tienen reparo en poner en riesgo la vida de todo el planeta. Ejemplos de eso abundan, pero quiero destacar un caso particular: la mercantilización de las vacunas contra el Covid y su distribución bajo criterios de mercado, nos impide afrontar -me refiero a la humanidad- de forma exitosa la pandemia en curso. La variante omicrón desnudó esa realidad, pues surgió como una mutación del virus en África, el continente con menos acceso a la vacuna, dinámica que pareciera se va repetir, porque es una mercancía en manos de las grandes farmacéuticas. Así, el desarrollo científico (una conquista humana) pierde potencialidad ante la voracidad del gran capital, que la somete a los intereses de una minoría de parásitos burgueses (eso son, viven del trabajo ajeno).

Todo lo anterior, hace de la película un fenómeno interesante, pues introduce ese tipo de discusiones a gran escala. El meteorito puede ser interpretado como una metáfora del capitalismo y su lógica depredatoria en todas las escalas.

Ahora bien, tiene ciertos puntos para la crítica. Por momentos, la sátira se torna muy sobrecargada, pero eso se entiende por la tradición de la comedia anglosajona (el director fue guionista de “Saturday Night Live”).

Más importante, la película tiene un límite político: es una crítica a la actualidad desde la visión del progresismo arraigado en Hollywood, cuya expresión más radical es un discurso anti-corporativo que, aunque tiene elementos progresivos cuando los asumen sectores de la juventud en las luchas ambientales, también es cierto que carece de perspectivas para cambiar la realidad de forma radical. Al ser una crítica desde el progresismo y no desde el anticapitalismo, tiene un final apocalíptico, que, en el fondo, denota el pesimismo resultante de no poder imaginar un mundo sobre bases sociales diferentes. En ese sentido, me recordó la frase de Fredric Jameson, según la cual hoy parece “más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo”.

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