• Este complejo británico se ocupó de popularizar al suspenso y la trama psicológica a la vez que innovar en la técnica cinematográfica.

Por Sol Atta

 No hay terror en el disparo de un arma, sino en la anticipación de éste

Dales placer, el mismo que consiguen al despertarse de una pesadilla

A cuarenta años de la muerte de Alfred Hitchcock, su obra está más vigente que nunca: incluso podemos ser testigos de la resurrección del cineasta en plena cuarentena, viendo desfilar su inconfundible perfil por varios canales de televisión. Y es que este complejo británico se ocupó de popularizar al suspenso y la trama psicológica a la vez que innovar en la técnica cinematográfica, logrando que sus películas encuentren un lugar de privilegio en las pantallas grandes y pequeñas de todas las clases sociales y edades, así como en los libros de estudio más prestigiosos.

Se trata de una de las figuras más influyentes del siglo XX que empezó en el ambiente desde su juventud, trabajando como rotulista de películas mudas para luego se convertirse en guionista, director artístico, ayudante de dirección y finalmente director de su primer film, El jardín de la alegría (1925). Desarrolló su mirada extensamente, recorriendo la era silente del cine, la sonora, la pantalla en blanco y negro y la proyección a color; pasó por los ajustados presupuestos durante sus primeros años en Inglaterra y llegó a los millonarios financiamientos en su último periodo en Hollywood. En todos los casos, se dedicó a irrumpir en el paradigma establecido, ampliando el repertorio técnico y temático de las imágenes en movimiento. Innovó también con métodos de edición y experimentación tecnológica como el VistaVision y el 3D, produciendo nuevos encuadres que ayudaron a subvertir las restricciones impuestas por la censura.

Fue pionero en construir desde la mirada de una persona a partir de la posición de la cámara, haciendo que abracemos el voyeurismo. También fue un enorme montajista, que sabía cómo llevar de la ansiedad al miedo o de la empatía al rechazo en pocos segundos y generando un nivel de atención y tensión por momentos insoportables. Siendo su punto flojo las tramas, que para él carecían de importancia en tanto ponía el foco en “el viaje, la experiencia”, le dio nombre a los “McGuffin”: giros argumentales violentos que servían como recurso para hacer avanzar la acción sin cambiar sustancialmente la trama en sí. Podríamos decir también que fue el primero en incursionar en el concepto de marketing cinematográfico, imponiendo su propio perfil como logo, a la vez que fue probablemente el primer director de prestigio que hizo televisión seriamente. Generó sus propios tráilers llenos de humor, gracia y sin sentido, mostrando el concepto de “gancho” en su forma más entrañable. Se dedicó a experimentar con el sonido en su última película muda y en su primer película sonora -que es la misma, Chantaje -, extremó la duración de los planos en su primera experiencia en colores, e incursionó en el «auto remake» con El hombre que sabía demasiado.

En contraposición a toda esta disrupción vanguardista, sin embargo, no podemos dejar de mencionar que lejos de cuestionar la podredumbre patriarcal de su época, la reprodujo al 100%. Algo que se refleja ineludiblemente en toda su obra, donde los personajes femeninos no sólo ocupan siempre el lugar de víctima y objeto sexual, sino que además responden estrictamente al estereotipo de belleza y personalidad más conservador imaginable.

Es interesante el hecho de que su consagración como “El Maestro del Suspenso” no fue tal hasta los años 50, cuando la revista francesa Cahiers du cinéma (Cuadernos del cine, fundada por André Bazin, Jacques Doniol-Valcroeze, Joseph-Marie Lo Duca y François Truffaut, entre otros) empieza a elaborar y difundir teoría a partir de sus obras. En palabras de Rhomer, Chabrol y Truffaut, el director destacaba por su habilidad de mostrar “una visión del mundo tan compleja como homogénea capaz de controlar a la audiencia a merced de sus intenciones”. Hasta ese momento, no se lo consideraba siquiera un artista, sino simplemente un director “pochoclero” que hacía películas de miedo. De hecho la disputa sobre su apreciación no se empezó a saldar hasta los años 60, cuando Truffault sacó un libro al respecto. Hasta entonces, mientras los críticos europeos defendían que en su cine tenían lugar las preocupaciones y sueños más obsesivos de un artista, para la prensa norteamericana solamente se trataba de un exitoso realizador popular que, en el mejor de los casos, dominaba el género del suspenso.

Ahora, indudablemente, su filmografía es una referencia no sólo de las imágenes en movimiento en particular sino del arte moderno en general. Logró definir un estilo propio lleno de símbolos y características inigualables que sirven de referente para los cineastas contemporáneos; un paradójico universo estético que ha sido estudiado por diferentes corrientes del pensamiento occidental. Desde la tradición cartesiana/kantiana/lacaniana, elaborada hoy por Slavoj Žižek, Hitchcock es un cineasta cuyas películas ofrecen las interpretaciones más estimulantes. Desde la tradición spinozista/bergsoniana/nietzscheana, desarrollada por Gilles Deleuze, Hitchcock despliega una serie de relaciones mentales sobre la inmanencia del pensamiento y la pulsión de nuestros rizomáticos deseos.

El hecho es que, configurando una obra que ofrece múltiples interpretaciones, pasando de ser considerado un entertainer a ser valorado como un distinguido artista, El Maestro sigue presente en la cultura como uno de los nombres fundamentales de la geografía audiovisual, combinando la frescura hollywoodense con la estatura artística-autoral de sus pares europeos, resultando en un cine que mezcla acción y reflexión con formas de narración paramétricas.

DEJAR UN COMENTARIO

Ingresar comentario
Ingrese su nombre